CAPÍTULO 2 DE UNA VEZ ARGENTINA

© Anagrama, Barcelona, 2003

SINOPSIS

Si en cualquier vida hay varias novelas ocultas, ¿cuántas vidas se ocultan en una novela? Una vez Argentina cuenta la historia sentimental y política de una familia venida de todas partes, y de un país con una cultura migratoria o errante que empieza a ser la de nuestro mundo. En el principio fueron Jacobo, nacido en la Rusia de los zares, huido a Buenos Aires y casado con una joven lituana llamada Lidia, o René, un escultor francés que no se arrodillaba ante nadie, y su esposa Louise Blanche, quienes dejaron Francia para acabar en una remota población del norte argentino. Mitad personajes y mitad vidas olvidadas, de esos antepasado fundadores desciende, varias generaciones más tarde, el joven narrador de la novela. Narrador que, desde la lucidez que otorga la distancia y el uso de una lengua que siendo la misma es otra, recorre un árbol genealógico poblado de ternura, ofreciéndonos un relato personal de la construcción de la Argentina contemporánea (desde Yrigoyen a Menem, pasando por el peronismo o la pesadilla de las dictaduras), de sus recuerdos de infancia y de su propia iniciación como escritor. Las historias van cruzándose, entrelazándose y dejando ecos, como en un sistema de cajas chinas o un juego de espejos a lo largo de un siglo. Combinando elegía, tragedia y humor, el autor despliega ante nuestros ojos un territorio tan real como fantástico, tan extraño como propio. Una vez Argentina es una novela política, un relato de aprendizaje y un poema de amor a los ausentes.

 

Cuando nací, mis ojos estaban muy abiertos y no tuve a bien llorar. Era un mediodía de enero de 1977; fecha que, en términos aritméticos, podría ser cercana. Hombre desconfiado, el médico me alzó entre sus brazos y me examinó al trasluz, como si en vez de mí se tratara de una gruesa hoja de papel. Yo le respondí con otra mirada, quiero suponer que divertida. Seguía sin llorar como era debido. El médico dudaba entre zarandearme un poco o desentenderse del asunto. Le preguntó a mi madre cuál iba a ser mi nombre. Andrés -respondió ella-, ¿algún problema, doctor Riquelme? No sé -dijo el doctor, estudiándome como con espanto-, el bebé parece normal, pero no llora: sólo me mira. ¿Y eso es grave, doctor? Más o menos, señora; digamos que, si el nene se acostumbra a mirar mucho, entonces va a tener que aprender a llorar.

El doctor Riquelme me encontraba demasiado plácido, teniendo en cuenta las circunstancias. Era preciso que mis pulmones dieran señales de funcionar correctamente. Como él no estaba dispuesto a emplear la violencia, comenzó a hablarme en un susurro comprensivo: Andrés, Andresito, ¿por qué no llorás, eh? Un poquito, digo. Nada más un poquito. Dale, llorá. Dale. Mi madre nos contemplaba conmovida: aquella fue, sin duda, mi primera conversación de hombre a hombre. Señora -anunció de pronto el médico-, este bebé no llora y tiene que llorar ya mismo, ¿entiende? ¿Y qué hacemos?, se preocupó mi madre. El doctor Riquelme, que tal vez se disponía a hacerle a mi madre la misma pregunta, le lanzó un gesto feroz a la partera y a continuación me levantó a la altura de su frente, encarándose conmigo. Se encontró con dos ojos redondos y distraídos. Yo seguía obstinado en guardar silencio. Entonces el doctor Riquelme no tuvo más remedio que gritarme: ¡Llorá, carajo, la reputa que te parió! Al instante, las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos grises de gato miope.

Junto a la camilla, entre las piernas aún abiertas de mi madre, la partera observó en voz alta:

-Es así, nomás. Este chico va a ser hijo del rigor.