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TRES CAPÍTULOS DE UNA VEZ ARGENTINA |
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© Anagrama, Barcelona, 2003 2 Cuando nací, mis ojos estaban muy abiertos y no tuve a bien llorar. Era un mediodía de enero de 1977; fecha que, en términos aritméticos, podría ser cercana. Hombre desconfiado, el médico me alzó entre sus brazos y me examinó al trasluz, como si en vez de mí se tratara de una gruesa hoja de papel. Yo le respondí con otra mirada, quiero suponer que divertida. Seguía sin llorar como era debido. El médico dudaba entre zarandearme un poco o desentenderse del asunto. Le preguntó a mi madre cuál iba a ser mi nombre. Andrés -respondió ella-, ¿algún problema, doctor Riquelme? No sé -dijo el doctor, estudiándome como con espanto-, el bebé parece normal, pero no llora: sólo me mira. ¿Y eso es grave, doctor? Más o menos, señora; digamos que, si el nene se acostumbra a mirar mucho, entonces va a tener que aprender a llorar. El doctor Riquelme me encontraba demasiado plácido, teniendo en cuenta las circunstancias. Era preciso que mis pulmones dieran señales de funcionar correctamente. Como él no estaba dispuesto a emplear la violencia, comenzó a hablarme en un susurro comprensivo: Andrés, Andresito, ¿por qué no llorás, eh? Un poquito, digo. Nada más un poquito. Dale, llorá. Dale. Mi madre nos contemplaba conmovida: aquella fue, sin duda, mi primera conversación de hombre a hombre. Señora -anunció de pronto el médico-, este bebé no llora y tiene que llorar ya mismo, ¿entiende? ¿Y qué hacemos?, se preocupó mi madre. El doctor Riquelme, que tal vez se disponía a hacerle a mi madre la misma pregunta, le lanzó un gesto feroz a la partera y a continuación me levantó a la altura de su frente, encarándose conmigo. Se encontró con dos ojos redondos y distraídos. Yo seguía obstinado en guardar silencio. Entonces el doctor Riquelme no tuvo más remedio que gritarme: ¡Llorá, carajo, la reputa que te parió! Al instante, las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos grises de gato miope. Junto a la camilla, entre las piernas aún abiertas de mi madre, la partera observó en voz alta: -Es así, nomás. Este chico va a ser hijo del rigor. 6 OBISPO DE BOURGES: Le exijo que rectifique ahora mismo. Arrodíllese y pida perdón. RENÉ EL ESCULTOR: Si no me arrodillo ante Dios, padre, mucho menos pienso arrodillarme ante un hombre como usted. Así es como ha contado Blanca la historia del destierro de mi tatarabuelo René, que tuvo que abandonar Francia y exiliarse en Caucete, entre las apretadas montañas de la provincia de San Juan. Sospecho, sin embargo, que este solemne diálogo tiene más de frase célebre que de anécdota verídica. De hecho, mucho me temo que esa disputa entre mi tatarabuelo y el obispo de Bourges la he leído ya en tres o cuatro libros de muy diversa procedencia. Tanto da. Lo importante es saber que el rebelde René esculpía por encargo de las autoridades, que estaba felizmente casado, que logró impacientar al poder eclesiástico, que consideró inaceptable cierta orden recibida, y que juzgó prudente abandonar su pueblo natal junto con su esposa e hijos. La travesía no fue fácil. La joven pareja sabía que su vida debería comenzar de cero, pero no imaginó hasta qué punto sería así. Algún fanático podrá opinar incluso que el admirable apóstata que fue René padeció, de algún modo, la cólera divina: durante un tortuoso viaje en barco a través del Atlántico, sus dos pequeños hijos cayeron mortalmente enfermos y más tarde, al llegar a San Juan, al pie de la cordillera, el matrimonio vio cómo una veloz inundación se llevaba consigo lo poco que aún poseía. Intentando salvar algo de la voracidad del torrente, René sufrió una hernia. Es de suponer que de allí en adelante esta dolencia le impidió ejercer su oficio normalmente. Desposeídos, entonces, y me permito añadir que aterrados, René y su esposa se trasladaron a Buenos Aires. Allí vieron nacer a tres nuevos hijos, sus hijos de la tierra nueva. Entre ellos mi bisabuela Juliette, madre de mi abuela Blanca. La esposa de René se llamaba Louise Blanche y era, por definirla en cuatro palabras, una mujer extremadamente pulcra. Pese a pasar más de media vida en Argentina, jamás dejó de añorar su tierra; o al menos ese paraíso imaginario que ella fue forjando, sin poder regresar nunca, bajo el nombre cada vez más lejano de Bourges. Con acento francés: burshe. Siempre dispuesta a mantener sus orígenes, mi tatarabuela Louise Blanche llamaba a los niños con un curioso apelativo que era mezcla de largos aprendizajes autóctonos y orgullosas reminiscencias forasteras: m'hijit . Confundía de manera contumaz la mantequilla con la sucre y, en definitiva, hablaba un perfecto castellano extranjero. Su delicada piel no soportaba las costuras interiores de la ropa, razón por la que, hasta el día de su muerte, lució todas sus prendas del revés. Otro hábito suyo que suscitaba comentarios entre los vecinos era el de no tocar jamás el dinero: igual que una heredera venida a menos, versallescamente, antes de salir Louise Blanche envolvía los billetes en papeles traslúcidos de carta, y así era como los entregaba en el mercado, vestida del revés y hecha una dame. Según su propio testimonio, lo que más añoró siempre de su tierra natal fue la fragancia única de sus flores, en especial el aroma de las rosas y las violetas, imposibles de comparar con los groseros tallos que crecían más al sur. He dicho delicada, pero también glotona. Mi tatarabuela francesa fue el colmo de las contradicciones en materia de gustos; lo cual, bien pensado, es la mayor de las coherencias. Sólo en asuntos digestivos soslayaba Louise Blanche las sutilezas. Para ser concisos, digamos que cagaba con verdadera elocuencia. Sus deposiciones resultaban literalmente descomunales a los ojos de un hombre tan sensible a los volúmenes como René, quien no dejaba de exclamar cada vez que acudía a desatascar el retrete: Ah, chérie! Ne me parle pas de violettes! Su esposa, en tales bretes, acertaba a componer una sonrisita traviesa y desaparecía de allí tarareando una milonga. Por más que Louise Blanche nunca llegara a sentirse argentina, no puedo dejar de añadir que la peculiaridad de sus costumbres encajaba muy bien con la idiosincrasia nacional: una suerte de esnobismo trágico unida a cierta inclinación por la escatología. Lo que sigue es mucho menos divertido. Unos años después, Louise Blanche perdió a René, víctima prematura de un infarto. Ella debió entonces criar sola a sus tres hijos y procurarles el sustento. Tuvo que emplearse en numerosas labores, a cuál más extenuante. Sus dedos aprensivos tuvieron que aprender a tocar toda clase de materias. Siguió vistiéndose del revés, pero ya sin rastro de coquetería. Su cara se talló, su espalda fue encorvándose por el exceso de trabajo y por la carga de un luto silencioso. Su mirada fue velándose lenta, sin escándalo. El nombre de René no volvió a ser mencionado. Desde el primer día de su viudez y para el resto de sus días, como anota escuetamente mi abuela, Louis Blanche «quedó marcada para siempre y no conoció más la alegría de vivir». Tal vez no haya epitafio más terrible. 8 Los policías entraban en los cafés. Pedían documentos, interrogaban, de vez en cuando arrestaban. Entre el susto y la sorpresa, los clientes observaban los movimientos exactos de aquellos hombres que tan bien parecían conocer su trabajo. Muchos se sentían, pese a todo, seguros: el país venía del desorden, de las bombas subversivas, y un poco de autoridad firme tampoco vendría mal. El asunto era no haber hecho nada, no estar haciendo nada, no pretender hacer nada. Había que concentrarse en eso, en que se notase claramente, sólo había que mostrar una honesta dedicación a la nada, abismarse en la taza de café, en la taza caliente, remover con evidente calma el líquido espeso y negro, esperar a que el azúcar se diluyera bien y proseguir con la conversación en un tono de voz normal, más bien bajo, normal. Otros clientes no estaban tan seguros. Uno de los agentes se acercó a su mesa. Hizo un rápido saludo con dos dedos en la sien derecha y, con perfecta cortesía, pronunció -Yo no sé, señorita, lo que lleva ahí adentro. En otros países, en otras cafeterías, aquello no habría sonado exactamente como una orden inapelable; pero mi madre sabía que lo era. Se apresuró a colocarse el estuche sobre las rodillas. Por si acaso. -A ver, señorita, déme. Mi madre conocía de memoria la liturgia. Con tono convencido pero cauto, le rogaba al agente que no dañase el estuche. No lo toque, por favor, no me lo toque, y en esa petición había una parte de instintiva protección de su instrumento y otra parte de puro asco sensorial: cómo soportar que aquel sujeto tocase con sus propias manos, con sus propios dedos, el violín de su vida. El agente comenzaba a impacientarse, pero entonces mi madre agitaba un poco la cabellera azabache, larguísima, suspiraba y empezaba a decirle vea, agente, y abría muy despacio el estuche y le explicaba en qué consistía su profesión, dónde era su trabajo, por qué ella no podía separarse de su estuche, vea, agente, y le describía la delicadeza de aquella pieza de artesanía, un violín alemán, del siglo dieciocho, agente, imagínese, y el sujeto no sabía si ponerse expeditivo o si sentarse un rato para escuchar mejor la clase inesperada de aquella señorita, y mi madre le enseñaba, una por una, las cuerdas de repuesto, éstas son un poco más gruesas porque suenan más graves, pero éstas son finitas, no, son cuerdas, nada más que cuerdas, ¿ve, mi agente?, y esto de acá es un bolsillito, nomás para guardar la goma y el lápiz y esas cosas, ¿se da cuenta?, son útiles necesarios para mi trabajo, no tienen importancia, ¿lo abro?, bueno, bueno, tranquilo, esto de acá es un diapasón, un diapasón, sí, para dar el la, ¿cómo la qué?, no, mi agente, yo le explico: esto es un aparato muy sencillo que produce siempre la misma nota, un la, un la natural, así afinamos todos, ¿me explico?, claro, exactamente, ¡no, por favor, adentro del violín no hay nada!, mi agente, le suplico, no se puede, entienda, del siglo dieciocho, así es, agente, gracias, y esto de acá son las clavijas, ¡no, no se aprietan!, se giran solamente, vea... Y así pasaba la tarde, empezaba septiembre y acudía el buen tiempo, el cielo no insistía tan nuboso y los camareros volvían a circular entre las mesas, las conversaciones se reanudaban como siempre, normales, más bien bajas, también en la mesa de mi madre, que acababa de darle una clase de música a un policía. El Ford Falcon estacionado en la puerta arrancaba. El café se había enfriado y había que llamar de nuevo al camarero. (…) |
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