POEMAS DE MÍSTICA ABAJO

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© Acantilado, Barcelona, 2008

 

(ODA A LA SALUD )

Sentado en el columpio de la hierba
al viento del verano, sé que existo.
Lo sé junto al reflejo de las ondas
y el celeste rumor de una piscina:
contemplo este papel que me asegura
con etimologías y guarismos
que el fugaz personaje que es mi cuerpo
se empeña en resistir. Yo le doy gracias
por disculparme la temeridad,
los derroches del joven rico en vida
que exprime la naranja de la sangre
como si su precaria fortaleza
en lugar de un regalo fuese un mérito.

Agradezco, salud, la armonía del alma
con la carne, su pacto temporal,
el incierto equilibrio –dilatado
como en cámara lenta– que permite
correr y conmoverse, deslizar un capricho
entre dos reflexiones, el amar la palabra
y el amar sin palabras, el temor
de malgastarlo todo en una carretera
y el extraño derecho de arriesgarlo.

La salud, que ilumina lo veloz y lo quieto,
la cosquilla y la idea, el músculo y la música,
el malestar, el goce, la costumbre
de quebrar el espejo
y sumergirme
hasta el fondo vivaz de esta piscina
donde un papel repleto de guarismos
ha caído arrugado entre la hierba.

 

(PLEGARIA DEL QUE ATERRIZA)

Cielo, yo que no creo que en ti floten mensajes
y que leo en el alma (y digo alma)
cómo nada más alto nos protege
que el placer, la conciencia y la alegría,
yo te prometo, cielo, si aterrizamos sanos
que guardaré este miedo que hace temblar mi pulso
mientras escribo en manos de la furia del aire.
Lo guardaré, si llego, no para fabular
razones superiores ni para desafiarlas
sino por recordarte siempre, cielo,
liso, llano y azul como ahora te alcanzo,
hermoso, intrascendente, un simple gas que agita
la luz y me conmueve
como sólo un viajero transitorio,
como sólo un mortal puede saberlo.

 

(LA DULCE CUCHARADA)

Es lo que necesito para hablar.
No el hecho: la inminencia.
No el vuelo del gran pájaro
sino un roce de ala.

La palabra dibuja
la meta sin el límite.
En su persecución interminable
el casi me seduce, me transporta.

Tengo ganas de casi para siempre.
De restarle a lo exacto la dulce cucharada.

 

(MUJER LEYENDO)

Admirar es el verbo
que dice en su doblez
lo que despierta en mí tu quieta pose.
Esa misma doblez está en tus pechos
porque elevas el libro y lo sostienes
juntando bien los brazos, plegando la atención.
Me tienta imaginar el personaje
al que estás abrazando, en qué adjetivos
prefieres detenerte. Me entretengo
calculando la pausa, la cadencia
con que pasas las páginas: sonrío
al comprobar que eres una lectora lenta,
con rodeos de asombro o de pregunta.
Quién pudiera de ti recibir esos ojos
con el mismo deseo, con idéntica hondura.
Eres lo que hace falta. Belleza meditando.
Carne con su temblor y su sintaxis.
Ese lugar en que la inteligencia
y la sensualidad se hacen un nudo.

 

(OTROS HOMBRES)

Un propósito urgente:
redescubrir el cuerpo que omitimos
mientras nos ocupábamos de poseer los otros.
No basta con mirar a las mujeres
con un ojo distinto, es la hora
de adelantarse al borde del espejo
y tocarnos curiosos
como un agua primera y matutina.
No concluirá la luna su mudanza
sin que el sol modifique sus costumbres.

Lloramos con torpeza, somos débiles.
Ansiamos dar placer y recibirlo,
aprender a nombrar la carne propia
modesta y masculina.
¿No sería viril saber cantarle
a la espalda encorvada que soporta
este saco de piedras en herencia?
¿Y los pies? Ah, los pies:
¿no son también hermosos
a su modo cuadrado y poco grácil,
preparados por firmes para dar
un paso hacia la duda?

 

(ACOPIO NUEVO)

Una fuerza distinta que recicle
todo lo que he perdido.

¿Creo en la ontología?
Unas ganas de ser, en eso creo.
En esta rabia útil,
vendaval de bolsillo
que transporto a otra casa
de leves materiales.

Amor por lo que vive, si supieras
qué fácil es perderte
sabrías cuánto ansío conservarte.