(AUTORRETRATO)
Ojeroso, pesado, bañado en humo ajeno,
con
esa torpe compostura que sostiene el hábito;
una magnífica pereza lamiéndole
los pies.
Excedido, en su piel habitan los roedores,
la demora en sus ojos,
en la voz el invierno.
Todo en él es así, muy poca cosa.
Ahí tenéis, bastardo y tambaleándose,
recién
nacido,
al hijo de la tarde.
(EDÉN)
Entre los mil hedores
de cáscaras añejas, de mal roídos
huesos
y astillas de cristal amanecido,
entre la araña inmóvil de la mugre
o el vuelo sordo de
un insecto,
sobre una cima irregular,
respirando abyección
y devolviendo música en su aliento,
la malherida rosa azul de siete
pétalos
durmiendo.
(PASIÓN)
El sol se ha desgastado en las paredes
y uno no sabe adónde ir
a buscar la luz,
qué cuerpos, qué licores
podrían convencerla.
¿Pero y si el hábito
no es ese monstruo lento, previsible
que poco a poco delata sus facciones
en el espejo ciego de la tarde?
¿Y si acaso no basta con un tiro
para quebrar su imagen
justo antes de que asome la cabeza?
Qué entonces si el cansancio
es el origen de las cosas.
No desearía parecer vulgar
(o aún peor: sincero) si pregunto
a quiénes muerdo ahora, qué licores,
qué venas no están
secas antes de congelarse,
a ver señores uno dice
dónde es que habita (o yace fusilado)
el delirio,
y vayamos a adorarlo.
Lo digo más que nada
porque me acaba de mirar (dudo que casualmente)
un hada triste y suculenta
con ojos lúcidos y senos de banquete
(perdonen la asonancia, es que
me turbo)
y entonces preguntaba más que nada
para saber si acaso aún existía
eso que en libros he leído
tantas veces.
(LA NOCHE ENTRE PARÉNTESIS)
La noche entre paréntesis
y su adictivo roce
bastaron para hacerme conocer
el ansia elemental,
latidos de unas ropas,
la rápida tristeza de una vela,
música lánguida, un rincón
el peso y la medida del
olvido.
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