| CAPÍTULO 1 DE LA VIDA EN LAS VENTANAS | |
| © Espasa-Calpe, Madrid, 2002 | |
Ayer resucité. No estuvo mal. No hay grandes cosas que hacer, los domingos. Mi madre acaba de llegar y ni siquiera me ha mirado. Vete a saber qué ha hecho con su dignidad de madre. Por mi parte, admito que jamás he aspirado a la dignidad del hijo: para amar a los padres, primero hay que desear que ellos te amen. No espero que me llames (serviría de poco, suelo estar conectado a Internet y se me olvida escuchar los mensajes del contestador automático), aunque sí siento curiosidad: ¿qué haces con tu vida, Marina? Dirás que estás ocupadísima con tus oposiciones. Lo comprendo, de veras, lo comprendo. Aun así, me permito recordarte que es de buena educación responder de vez en cuando los correos. La otra noche vi un anuncio que me dejó pasmado: un hombre y una mujer iban de la mano por encima del mar. No quiero decir que volaran; sencillamente caminaban como tú o yo, sólo que ellos lo hacían sobre el agua. Lo que más me impresionó fue que al fondo, a los lados, en el cielo, por todas partes había un color blanco. ¡Un color blanco y nada más! Dos amantes habían conseguido el milagro de andar entre las olas y, sin embargo, no tenían horizonte hacia el que dirigirse. Idioteces.Me voy. Mi madre parece menos sonámbula que de costumbre y pronto estará lista la cena. Detesto las comidas con mi madre. De vez en cuando vuelve en sí y me pregunta cómo estoy, qué hago, con quién voy, esa clase de amabilidades que terminan en por qué no te buscas un trabajo de una vez, ya que no vas a tomarte en serio los estudios. ¡Tomarme en serio los estudios! Prefiero ser inútil que carne de cañón. Pero tú, Marina, repasas tus manuales sin descanso. ¿Estará escrito en ellos la buenaventura? Aunque no tengas demasiado tiempo libre, tal vez podría hacerte una visita. A mí me gustaba ir a tu casa. Lo mejor, sin duda, era el balcón. Las vistas eran una mierda -oh, mis disculpas- y sin embargo allí estaban tus flores, un día me dijiste que jazmines y galanes de noche y algunos pensamientos. En primavera daba gusto asomarse a aquel balcón. Era como entrar en la habitación de los aromas. Ya sé. Pensarás que lo que a mí me gustaba era acabar desnudos contra los azulejos. Pero créeme: lo que a mí me fascinaba era el perfume, una mezcla sin nombre que podría identificar entre cien jardines diferentes. Será porque aquí en casa sólo tenemos dos macetas patéticas secándose, o porque a estas horas un tanto oscurecidas me pongo a divagar, o yo qué sé. El único problema es que las vistas eran una mierda. Me voy. Te llamo. No. Mejor te escribo. Contéstame si puedes. Localizarte en el móvil es, por cierto, una quimera: siempre se me aparece ese buzón de voz. ¿Has pensado qué cosa más extraña es un buzón con voces? Mi madre está gritando; si no se comporta como es debido, se quedará sin postre. Te escribo mañana o pasado. Hasta entonces, Net http://www.? |