Ayer resucité. No estuvo mal. No hay grandes cosas que hacer,
los domingos.
Mi madre acaba de llegar y ni siquiera me ha mirado. Vete a saber qué ha
hecho con su dignidad de madre. Por mi parte, admito que jamás he aspirado
a la dignidad del hijo: para amar a los padres, primero hay que desear que
ellos te amen.
No espero que me llames (serviría de poco, suelo estar conectado a Internet
y se me olvida escuchar los mensajes del contestador automático), aunque
sí siento curiosidad: ¿qué haces con tu vida, Marina?
Dirás que estás ocupadísima con tus oposiciones. Lo comprendo,
de veras, lo comprendo. Aun así, me permito recordarte que es de buena
educación responder de vez en cuando los correos.
La otra noche vi un anuncio que me dejó pasmado: un hombre y una mujer
iban de la mano por encima del mar. No quiero decir que volaran; sencillamente
caminaban como tú o yo, sólo que ellos lo hacían sobre
el agua. Lo que más me impresionó fue que al fondo, a los lados,
en el cielo, por todas partes había un color blanco. ¡Un color
blanco y nada más! Dos amantes habían conseguido el milagro de
andar entre las olas y, sin embargo, no tenían horizonte hacia el que
dirigirse.
Idioteces.
Me voy. Mi madre parece menos sonámbula que de costumbre y pronto estará lista
la cena. Detesto las comidas con mi madre. De vez en cuando vuelve en sí y
me pregunta cómo estoy, qué hago, con quién voy, esa clase
de amabilidades que terminan en por qué no te buscas un trabajo de una
vez, ya que no vas a tomarte en serio los estudios. ¡Tomarme en serio
los estudios! Prefiero ser inútil que carne de cañón.
Pero tú, Marina, repasas tus manuales sin descanso. ¿Estará escrito
en ellos la buenaventura? Aunque no tengas demasiado tiempo libre, tal vez
podría hacerte una visita. A mí me gustaba ir a tu casa. Lo mejor,
sin duda, era el balcón. Las vistas eran una mierda -oh, mis disculpas-
y sin embargo allí estaban tus flores, un día me dijiste que
jazmines y galanes de noche y algunos pensamientos. En primavera daba gusto
asomarse a aquel balcón. Era como entrar en la habitación de
los aromas.
Ya sé. Pensarás que lo que a mí me gustaba era acabar
desnudos contra los azulejos. Pero créeme: lo que a mí me fascinaba
era el perfume, una mezcla sin nombre que podría identificar entre cien
jardines diferentes. Será porque aquí en casa sólo tenemos
dos macetas patéticas secándose, o porque a estas horas un tanto
oscurecidas me pongo a divagar, o yo qué sé. El único
problema es que las vistas eran una mierda.
Me voy. Te llamo. No. Mejor te escribo. Contéstame si puedes. Localizarte
en el móvil es, por cierto, una quimera: siempre se me aparece ese buzón
de voz. ¿Has pensado qué cosa más extraña es un
buzón con voces?
Mi madre está gritando; si no se comporta como es debido, se quedará sin
postre. Te escribo mañana o pasado.
Hasta entonces,
Net
http://www.?
Conéctate con nosotros.
Consigue tu e-mail gratis.
|