SINOPSIS
Alguien huye cargado de belleza y temores. Una voz atraviesa el bosque petrificado de una ciudad cualquiera, hasta hallar su propio encierro. La canción del antílope propone una turbadora metamorfosis, un -como quiso Rimbaud- desarreglo ordenado de los sentidos. El libro comienza en una máscara, en la identificación con una criatura amenazada que se niega a extinguirse; desarrolla un itinerario deslumbrado y doloroso que va desde lo exterior a lo íntimo; y concluye en una breve canción. Cifra múltiple del miedo, la huida o la cacería del deseo, este misterioso antílope canta las revelaciones de quien ha aprendido que «solamente las cosas, los objetos pequeños de la casa,/ su absorbida belleza, el pulso que transmiten,/ su acaso extravagante sencillez,/ te gobiernan y son cuanto conoces».
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Se abre la veda, antílope. Un camastro baldío
tu horizonte.
Irás muy pronto en busca de instrumentos
con que golpear el roto
tambor de las preguntas
sin respuesta. Entre los automóviles
intentas protegerte de este
viento filoso
que hace temblar, girar el arañado plato de la luna.
Han abierto
la veda; la catedral castiga las campanas.
Sus ecos permanecen en las
mentes
de quienes se han perdido entre las luces
de una ciudad que brilla como
un sanatorio de emergencias.
*
La leve guillotina de un minuto que cae
recorta una fracción de
luz enrojecida.
No habrá noche. Tampoco aves oscuras.
Será siempre esta hora
paciente, indefinida.
Sólo las cosas, los objetos pequeños
de la casa,
su absorbida belleza, el pulso que transmiten,
su acaso extravagante sencillez,
te gobiernan y son cuanto tú sabes.
Te aplicas a olvidar y lo consigues.
No escucharás el sueño
que perfore tu sien
como una avispa.
*
El talante del día, tan ocioso, invita más
a estar
que a ser. El viento lleva hojas, quisiera barajarlas,
a algunas las aquieta,
a otras las escoge
para un vuelo fugaz hasta el cristal de una puerta
cerrada.
El silencio desmiente el movimiento.
Dormirías tal vez, si no fuera
cansado
dejar de abrir los ojos para que se te colmen...
Algo hay de oro gastado
en cualquier día
y en toda paz, otoño: el tiempo es la belleza
resistiendo,
a punto de marcharse, en fuga ya.
Un hilo iluminado transita por tu acera.
Se van de ti las hojas, oscurece.
*
Te pesan las costillas y la nuca
y te pesan las horas, el aire trepa
y cae por dentro de tu pecho,
se crece en espiral, tu mano imprime surcos
en la piel arenosa...
No te estás extinguiendo, estás tan
vivo
que has comprendido el hueco de la pérdida.
volcado por el gesto de un soldado al que asombra
la música de sangre
de su propia metralla,
así pierdes el odio y queda a tus espaldas,
entre el fango.
Tus costillas, antílope, esconden un reloj:
te preguntas quién
pudo darle cuerda. |