(PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO)
Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil
velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá ya habrás
hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más
noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
-no está el mundo como para
negarse-,
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo
amargo, o que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula,
y llegada la hora quiero
que escribas mar
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando por vez primera cruces la calle
sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días
para siempre.
No creas que, en el fondo, no soy un optimista;
si no lo fuera, entonces
no estarías allí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.
(LA PALABRA SIN PATRIA)
Desapareceremos
y ése es el sentido.
No basta, sin embargo, con callarla:
debemos detenernos para oírla.
Diré su nombre, entonces.
(¿Qué sucede?)
Hay un cerrojo negro en la conciencia
que vive resistiendo hasta la hora;
si se abre antes de tiempo, nos devora
el vacío.
La muerte es un idioma contra el que se ha nacido.
Aunque nadie
jamás podrá enseñármelo,
no quiero llegar mudo
hasta el final.
Nombrarla es la renuncia y es el éxito.
Digo morir y soy
el primer extranjero de mi lengua.
(EL JARDINERO)
Aprendí con mi abuelo a plantar árboles.
Los sauces necesitan
beber más agua, Andrés, que tú o
yo,
y sus raíces
no deben, al principio, ser demasiado hondas;
en ocasiones crecen muy deprisa
y otras veces quisieran estancarse
en la tierra, temerosos del aire.
Hoy no existe ni abuelo ni país
ni tampoco ese niño, pero
queda
aquel sauce encorvado al que -me digo-
Andrés, hay que cuidar,
estas raíces frágiles,
este miedo a la altura de la vida.
(HALLAZGO DE LA LUZ)
Eres plácida y diurna; yo, noctámbulo
hasta la resistencia.
Has preferido
dejar que el sueño selle la luz que guarda el ojo
mientras me atrincheraba
en esta lucidez
de párpados hundidos. Ya respiras
como quien custodiase un secreto
minúsculo.
Te vuelves: pasa página, más allá del balcón,
la
luna llena. El piano del silencio
mantiene sus acordes. Entre sombras
salgo a buscar un jarro de aire fresco
y en tu pecho palpitan hermosos animales.
Caeré rendido cuando el
sol se vuelva urgente;
tú despertarás pronto. En piel de sábana
moverás el calor. Yo buscaré cobijo
para mi madrugada. Acaso
entonces
podamos encontrarnos, amada solamente,
en un amanecernos compartido.
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