CUENTOS DE EL QUE ESPERA
© Anagrama, Barcelona, 2000

SYNOPSIS

According to Andrés Neuman, “the short story is the genre that best knows how to keep a secret”. Based on this principle, and written from an estranged and troubling perspective, El que espera offers the reader a mysterious window, a hospital where the visitors fall ill, premonitory dreams and a variety of strange characters (a beetle-hunter, a hysterical violinist, a Don Juan of the telephone, a man afraid of heights, a taxi driver who hands over the steering wheel to his passenger, a beachboy intellectual, an autistic king, a songloving vampire, a postoffice robber...) who tend to have problems in their relationships with other human beings, as well as with standard logic. If hope, the waiting for death and despair are time’s matter, this collection is, among other things, a homage to restlessness, patience and searching. Divided into miniatures and brevities, all the stories have a characteristic in common: their internal tension. The epilogue-manifesto that closes the collection, besides being an outspoken defence of the short story, attempts to reveal some of the genre’s elements of construction, techniques and perspectives, and distinguishes the very short story from other short texts. The very short story, although it overlaps with the prose poem, the brief reflection and the diary, is a subgenre with its own personality. The reading experience, parallel to that of poetry in its intensity and concision, in its cyclical nature and its sense of openness, encourages the reader to come to his o her own discovery of the text’s enigma. The very short story is, in short, a form of narrative that contains the ingredients of our time: speed, condensation and fragmentation.

 

DESPECHO

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.   

 

 

PRIMERA PIEDRA

Buscó y me dio una de color salmón. Me quedé mirándola y, aunque ya sabía, examiné perezosamente la piedra. No, no deben ser así, ¿cómo se te ocurre? Las húmedas, son mejores las húmedas. El mar ofrecía una sensación dócil, uniforme: un gran ser extendido temblando de frío. La tarde se iba acabando y la brisa generaba pequeños desórdenes. La mejor hora para reconocer piedras. Los colores tal vez pudieran confundirse, empeñados en un difícil mestizaje. Pero, precisamente por eso, se distinguía su carácter.

También había una como de cristal, y otra junto a ella de color rubí, un trozo de carne viva milagrosamente conservada... Ella interrumpió mis indagaciones para tenderme un tímido mármol pulido con la indiferencia del tiempo, una de esas tantas viejas piedras que agonizan en silencio sepultadas bajo más piedras. ¡Tampoco, tampoco! Qué has aprendido en estos años.

El color verde es el alma de las algas transferida a las rocas, sus justas herederas; aunque se las ve duras, es sólo su apariencia. Blanca ya se había ido, y lo cierto es que ahora iba más lento pero trabajaba mucho mejor. Aunque ella me esperaba, yo no tenía pensado volver a casa hasta que la luz cayera del todo. Ella no entiende nada de lo que hago, pero qué haría yo sin Blanca... Descarté definitivamente las que me recordaban al roquefort y las de color ámbar, por imprecisas. Estaba un poco inquieto. Algo no marchaba. Demasiadas verdes. Un verde obstinado, maldito, como el de los bosques cuando ya no sirven. Guardé algunas piedras y me puse a escuchar. Nada. Luego seguí escarbando, pero ya no pude volver a concentrarme. Encontré un grupo de piedras alarmantemente amarillas que parecía pequeños limones momificados, una delicia, aunque torpes, demasiado generosas. Las típicas piedras que fascinaban a Blanca, ah neófitos, tan impresionables... Cuando se buscan piedras, cada cual termina escogiendo la que le corresponde.

 

Todo el desánimo. Necesité llevarme tres o cuatro a casa para sentirme seguro, aunque no traté de engañarme: no eran. Decidí dar un paseo, ya que había desistido antes de lo previsto. Observé la orilla, las rocas mojadas dejándose convencer, arrastradas poco a poco por las olas cuando se replegaban. Se rendían tan pronto. Ahí estaba la desgracia: el océano, qué mezquino y qué sabio. Y las piedras. Eran parte de sus facultades, detalles de grandeza; las piedras son gritos que arroja el mar. Y yo tan pobre... Caminaba. Estuve seguro de estar vagando irresponsablemente, pero cuando reparé en mi situación vi la casa a lo lejos. Decepcionante. Iba pisando piedras (¡pisándolas!) y sin embargo anochecía.

 

Era inmoral estar buscando piedras al mediodía, con el sol en el centro como una calcomanía, mintiendo los colores y quemándoles la piel. Pero transigí y bajé a la playa: horas extras. Las palpaba con desagrado, ardían, y pese a todo se dieron dos casos dignos de atención. Una estaba bastante abajo y era fresca, de dibujos concéntricos y serenos, color fruta madura; la otra resultaba aún más interesante, de contornos imperfectos como los de las piedras jóvenes y, no obstante, me la había encontrado a una profundidad similar a la de la anterior. ¡Qué caso extraordinario!, y llamé a Blanca, que llegó enseguida y después de contemplarla preguntó por qué me alborotaba tanto, a lo cual contesté elevando la palma de mi mano hasta sus mismas narices, y entonces ella pareció oler la piedra, y yo me puse furioso y le dije lo de siempre. Ella no respondió; ni siquiera aparentaba enojo, pero en cambio me miró con unos ojos insólitos, de tristeza ancestral, y se alejó distinta, impregnando su partida de una dignidad que yo jamás le había conocido.

Gran crepúsculo, hombre pequeño. La playa había crecido, el horizonte desaparecía. Ahora. Me arrodillé y acaricié el sólido huerto. Era el momento nítido. Lentamente fui apartando la mayoría gris y, entornando los ojos, divisé colores. Hice entrechocar unas cuantas y pude oír los chasquidos, cerré los ojos, palpé, supe imaginar la espuma en la orilla, su burbujeante devenir. Respiré, verdaderamente. Las yemas de los dedos fueron reuniéndose hasta dibujar un puño que apretaba las piedras. Llevé la mirada hacia atrás y rastreé el infinito. Había un punto, un punto. Entonces vi una tarde, unos destellos, una playa con piedras, vi a un niño, a su madre que lo llamaba por su nombre, y al niño tirando una piedra, aquella piedra suave, hermosa, esa piedra que tan bien recordaba.