VII
No escapes a tu senda, no refrenes
la hora que conoces
y vela por cumplirla: estás aquí por eso.
La luz se desintegra
en otro líquido
que mueve -sin fluir- la imagen de las cosas.
Tu lanza es el temor
a un tacto más directo, a la cosquilla
de un sensual accidente: esfera
blanca
como el pensar perfecto de un cadáver.
¡Empújate en la bola!
Si vales cuanto dicen tu pausa,
tu sigilo,
asume la derrota
saliéndole al encuentro,
con la grandeza insomne de los equilibristas.
IX
Ruedan las cifras como peces
de marfil que buscasen
su orden en el musgo vuelto escarcha.
Ruedan las cifras lentas, rápidas.
Las ves superponerse.
No entiendes ya tu empeño por guiarlas.
Cuando la bola negra golpea
en la amarilla,
te hiela el pensamiento
un ruido a cubilete
derramado.
XI
Desde luego la suerte
finge una compostura de ajedrecista amnésico
que ha extraviado la
vista en el tablero.
Desde luego tampoco has advertido
cuánto de mal sorteo hay en el
nombre
que aún mantiene unidas las endebles
costuras de tu personaje.
Mejor no busques objetivos.
Mejor cierra los ojos
y fía a tu memoria -mapa en blanco-
el penúltimo turno del
acierto,
la justeza de un tiro que hiere a quien dispara.
XIX
No tienes ni siquiera talento para el roce.
Te conmociona más
un cuerpo liso
que otro en carne viva. Eres el hielo.
Tus pies se han estancado en la paciencia.
Cuando un hombre no vale
abandona su antorcha, su carrera
y empieza a preocuparse del milímetro.
Mejor
no mires el trayecto cansado de la bola
porque dará de lleno, o tal vez no dará;
(nunca sabrás
del hilo que juega en su contorno
y no traspasa, o la noción de pétalo
que vive en lo profundo
de una mano.)
No tienes ni siquiera talento para el roce.
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