© Anagrama, Barcelona,
1999
SINOPSIS
Demetrio Rota, recogedor de basura de un barrio de Buenos Aires, se dedica a dormir por las tardes y a montar puzzles por las noches antes de marcharse al trabajo. Su vida cotidiana, exceptuando alguna peripecia sexual, es mediocre hasta la desesperación y se mantiene en equilibrio por puro agotamiento. Sin embargo, a través de los puzzles que arma pacientemente en un pequeño apartamento junto al cementerio de la Chacarita, Demetrio revisa y encaja su propia memoria, a la que irá asomándose el lector a medida que reconstruya a su vez los fragmentos de la novela. Parábola de la memoria y del deterioro, Bariloche plantea la confusión entre los recuerdos asombrados de la adolescencia y una conciencia escéptica, entre la idealización imposible de la naturaleza y la asfixia de las grandes ciudades, entre el desarraigo y el origen, con un lenguaje fascinado tanto por el lirismo como por la podredumbre. El contradictorio personaje de Demetrio Rota, que pese a su oficio de basurero responde a las características de la clase media, encarna a esa inmensa mayoría de ciudadanos anónimos que siente cómo su vida, sin haberlo decidido y sin intentar impedirlo, pertenece a una mecánica reproductiva y excretora cada vez más degradante. El Buenos Aires evocado en la novela es una ciudad concreta pero, a la vez, un espacio urbano cualquiera identificable con muchos otros del mundo occidental capitalista. El autor (nacido en Buenos Aires y formado literariamente en España) ha recreado la ficción de su ciudad natal a partir de su presente cultural y lingüístico. El libro puede leerse como un ejercicio de mirada doble: la novela de un narrador español acerca de cierto ámbito social y cultural argentino, o una novela argentina narrada, entre otras, por una voz española. Ambas lecturas, al fin y al cabo, harán encajar el puzzle de Bariloche. |
Eran las cuatro en punto cuando Demetrio Rota iluminó débilmente
la noche con su traje fluorescente. Casi sin pensarlo, dejó caer
un escupitajo en una alcantarilla. Se complació en acertar. La
húmeda vaharada del Río de la Plata llegaba desde el puerto
y atravesaba Paseo Colón hasta llegar a la 9 de Julio; a partir
de allí, el aliento invernal de Buenos Aires campaba a sus anchas:
espeso, continuado, corrosivo. El frío era lo de menos.
Pero Demetrio Rota iniciaba la recogida al otro lado de la avenida Independencia.
Junto al camión, que despedía un hedor cálido a
motor y residuos, a cáscaras de naranja, yerba mate usada y gasolina, él
y su compañero tiritaban con esquimal indiferencia. Tirame esa
bolsa, tirámela, le gritó el Negro. Demetrio no escuchaba.
Miraba la alcantarilla y se estaba quieto y con los hombros encogidos
como si se hubiera olvidado de bajarlos. Pero dale, vamos, qué hacés
ahí. Ahora Demetrio sí lo había escuchado, pero
permanecía aún inmóvil, con las bolsas de nylon
negro a sus pies igual que un ejército de sucias mascotas. Mirá que
son y cinco eh, después nos jodemos los dos Demetrio. Entonces él
suspiró y se agachó para darle la primera bolsa al Negro.
La alcantarilla insinuaba un lejano discurrir al fondo. |