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| PRIMER CAPÍTULO DE BARILOCHE | |||||
© Anagrama, Barcelona, 1999 Eran las cuatro en punto cuando Demetrio Rota iluminó débilmente la noche con su traje fluorescente. Casi sin pensarlo, dejó caer un escupitajo en una alcantarilla. Se complació en acertar. La húmeda vaharada del Río de la Plata llegaba desde el puerto y atravesaba Paseo Colón hasta llegar a la 9 de Julio; a partir de allí, el aliento invernal de Buenos Aires campaba a sus anchas: espeso, continuado, corrosivo. El frío era lo de menos. Pero Demetrio Rota iniciaba la recogida al otro lado de la avenida Independencia. Junto al camión, que despedía un hedor cálido a motor y residuos, a cáscaras de naranja, yerba mate usada y gasolina, él y su compañero tiritaban con esquimal indiferencia. Tirame esa bolsa, tirámela, le gritó el Negro. Demetrio no escuchaba. Miraba la alcantarilla y se estaba quieto y con los hombros encogidos como si se hubiera olvidado de bajarlos. Pero dale, vamos, qué hacés ahí. Ahora Demetrio sí lo había escuchado, pero permanecía aún inmóvil, con las bolsas de nylon negro a sus pies igual que un ejército de sucias mascotas. Mirá que son y cinco eh, después nos jodemos los dos Demetrio. Entonces él suspiró y se agachó para darle la primera bolsa al Negro. La alcantarilla insinuaba un lejano discurrir al fondo. |
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