2005-07-13
Otros centenarios
Otros centenarios
Andrés Neuman

Pocas cosas tan aburridas como los centenarios, que se parecen a esos aniversarios que algunos matrimonios celebran, más por la proeza de haber llegado hasta allí que por las ganas de ponerse a conmemorar nada. Recuerdo con hastío los fastos lorquianos del 98, que no sirvieron para que ‘El público’ o ‘Diván del Tamarit’ dejaran de ser obras maestras poco leídas.

El centenario del ‘Quijote’ se me ha vuelto antipático. Me agota esa obsesión por hacer del caballero andante el símbolo de un país, de una lengua que hoy habla medio mundo o de una cultura determinada. Es como si, con las grandes obras, no supiéramos hacer otra cosa que convertirlas en banderas. Tampoco entiendo el empeño por conseguir que en las aulas (donde la mayoría de los alumnos cree detestar los libros) niños de 12 o 14 años se inicien en la lectura con clásicos complejos. Para seducir a un joven reacio, valdría más el pavoroso insecto humano de ‘La metamorfosis’ de Kafka que el honor medieval del Cid, e impresionaría más la fatal indolencia contemporánea de ‘El extranjero’ de Camus que la paródica y paradójica figura de un lector de las extintas novelas de caballería. Opino como amante del ‘Quijote’, libro del que sólo pude maravillarme cercano a la edad adulta.

Hay otros centenarios más interesantes: los de aquellos autores que, de no ser por el accidente de los números redondos, los medios no mencionarían ni muchos lectores descubrirían. Además del segundo centenario del argentino Esteban Echeverría (autor de ‘El matadero’), del danés Hans Christian Andersen (maestro del cuento popular moderno) o del francés Alex de Tocqueville (liberal que nuestra derecha debería estudiar), este año valdría la pena releer a un clásico alemán fallecido en 1805: Friedrich Schiller. En una época invadida por sangre real y por ficciones sangrientas, sería saludable repasar su ensayo ‘Sobre lo patético’, que comienza diciendo: "La representación del sufrimiento como tal, sin más, no puede ser jamás la finalidad del arte". No es que el mundo ande alegre; pero, por eso mismo, consuela regresar a la ingenuidad de aquella oda que, fíjate por dónde, resulta ser la letra del himno europeo: "¡Abandonad, amigos, esos tonos!/ ¡Entonemos mejor cantos gozosos...!/ ¡Quien haya conocido la fortuna/ de gozar la amistad de algún amigo,/ quien haya conquistado algún amor,/ que una su alegría con la nuestra!" Lo intentaremos, Schiller. No te prometo nada.