2007-06-13
Escéptico de guardia (recordando a Cioran)
Escéptico de guardia
Andrés Neuman


Hace hoy veinte años, un anciano furioso llamado Cioran publicó en Gallimard una colección de brevedades que resumía brillantemente sus preocupaciones. El título de la edición española, ‘Ese maldito yo’ (Tusquets), desobedeció con acierto el título original, que sería más bien ‘Confesiones y anatemas’.

El pensamiento de Cioran parte de la angustia existencialista y desemboca en el remolino del absurdo. Pero ese absurdo, mirando el siglo XX en perspectiva, no era otra cosa que una sofisticada forma de realismo: de haber vivido ambas guerras mundiales, Zola se habría parecido mucho más a Ionesco que a Flaubert. A Cioran se lo ha acusado de ser un filósofo sin sistema. De esta acusación, al autor sólo le habría molestado el calificativo de filósofo. Su pensamiento fragmentario, desarraigado y errante discutió tempranamente con la utopía filosófica moderna de crear un sistema estable, coherente y completo. «La filosofía hindú», escribe Cioran resucitando a Schopenhauer, «persigue la liberación; la griega es decepcionante: no busca más que la verdad». Y apostilla a propósito de Parménides: «su esfera no posee ninguna fractura, ningún lugar para mí». Cioran convierte la contradicción en procedimiento. Dialéctico abismal, no sueña con la síntesis: expone crudas la tesis y la antítesis, la duda descarnada entre A y B. Esto, junto con su salvaje tendencia a la incorrección, lo convierte en un plato nutritivo para el plácido estómago del siglo XXI.

Cioran vivió coqueteando con la idea de la autodestrucción: resulta edificante recordar que murió longevo. Como admite el título de otro libro suyo, existir es una tentación. El insistente victimismo de Cioran puede sonar patético, aunque a menudo su tono apocalíptico revela un inesperado, feroz humor. Igual que a Beckett, a Cioran cambiar de idioma literario le permitió sospechar de las palabras, sus traiciones y lagunas. Cioran hizo con la moral lo mismo que con su lengua: sacrificar su naturalidad materna, exiliarla, forzarla a la extranjería.

Víctima de su propio nihilismo, Cioran no quiso o no pudo tomar partido por nada. Lo estimulante es que, al leerlo, nuestra reacción es justo la contraria: asentimos o protestamos. El inmovilismo de Cioran (a veces zen, a veces cínico) tiene la gran virtud de espolearnos. «Escéptico de guardia de un mundo agonizante», lúcido forense de nuestras maldades, sus preguntas hacen falta. Sus estados de ánimo, bastante menos.