2007-03-21
Libros sin dueño
Libros sin dueño (1)
Andrés Neuman


Somos muchos los convencidos de que un autor no se estrena hasta que se topa con sus libros en una librería de viejo. Habrá quien considere melancólico este hallazgo, pues lo primero que evidencia es que a alguien nuestro libro no le ha gustado precisamente una barbaridad. Al reconocer a su autor, a veces al libro se le sonroja la tinta o se le desprende una disculpa de las páginas. No hay por qué inquietarse: la segunda evidencia es que alguien, en alguna parte, tuvo la ocurrencia de comprar nuestro libro. La tercera evidencia es casi feliz: ese paciente lector se ha molestado incluso en leerlo con atención, hasta el punto de tomar la decisión de expulsarlo de su biblioteca. Siempre me han caído bien los lectores exigentes.

Cuando pesco un título propio en un mar de segunda mano, me divierte abrir el ejemplar y consultar sus anotaciones. Este espionaje se me antoja mucho más perverso que rebuscar entre lencerías ajenas. Aunque también pueden darse casos rocambolescos. En una ocasión visité una librería de viejo con un escritor amigo. Tras bifurcarnos entre los anaqueles, distinguí el lomo de cierto poemario que mi amigo había publicado no hacía mucho. Para mi sorpresa, al hojearlo descubrí que no se trataba de un ejemplar cualquiera: estaba dedicado de su puño y letra a su mismísima novia. Miré a mi alrededor con embarazo y cerré el libro discretamente. Hoy sigo preguntándome si debí revelarle aquel oscuro secreto a mi amigo, que enseguida llegó iluminado de dicha por haber encontrado una primera edición que llevaba años rastreando.

Está comprobado lo gentil que queda, entre colegas, intercambiar ejemplares dedicados de nuestros respectivos libros, aun sospechando que jamás serán leídos. Uno tiende a conservar esos regalos por una humana mezcla de pudor, afecto y cobardía. Recuerdo sin embargo el curioso correo que un día recibí desde Argentina: una muchacha llamada Casiana, natural de Tierra del Fuego y cantante folclórica, me informaba de cuánto había disfrutado de un libro mío que acababa de comprar usado. La amable lectora añadía que el ejemplar llevaba una dedicatoria para alguien, cuyo nombre familiar leí con una sonrisa: se trataba de un célebre poeta que el año anterior me había invitado, entre incontenibles y esdrújulas alabanzas, a dar una conferencia. Casiana me enviaba también sus canciones: resultaron ser hermosas. Y bastante más sinceras que las desopilantes amistades entre escritores.