2007-01-24
Pop del XVIII (Sofia Coppola)
Pop del XVIII
Andrés Neuman

Sofia Coppola es una de las directoras más literarias del cine actual. No literaria en el sentido verbal, sino estético. ‘Las vírgenes suicidas’ mezclaba, un poco al modo de ‘American Beauty’, el tono lírico del cine americano independiente con el de cierta narrativa crítica que adopta la forma de crónica sociológica. Las historias a medias de ‘Lost in translation’ (a mi gusto su mejor película) presentaban ángulos carverianos, o mejor dicho chejovianos. Ahora en ‘María Antonieta’ Coppola experimenta con el kitsch, aplicándolo al formato histórico y evocando la erótica del arte que postuló Susan Sontag: entrar, ver y sentir sin teorizar a priori.

Hablar de la película es hablar de Kirsten Dunst, que para mí sigue siendo un misterio. No estoy seguro de que sea una gran actriz (más bien diría que no), aunque conserva intactas las dos virtudes que la hicieron famosa de niña: un inquietante carisma mayestático, y una extraña mezcla de víctima y vampiro, de fragilidad y sardonismo. Su atractivo sexual es idéntico a su temperamento dramático: nunca se sabe si domina o es dominada, si seduce o es seducida, si la situación la sobrepasa o más bien ella está siempre por encima. Lo mejor es el opio permanente en sus ojos, que parecen mirar desde el fondo de un estanque. Por decirlo a la francesa, Kirsten Dunst tiene el don de la ‘langueur’. Y esa languidez es la cualidad y el riesgo de la película, que resulta sugestiva, aunque falta de tensión.

La película asocia un lenguaje cinematográfico actual con un contenido argumental muy clásico. Mientras asistimos a los protocolos dieciochescos, el montaje cambia de ritmo, la banda sonora pasa del neoclasicismo al rock, la cámara se vuelve subjetiva o la luz se hace extraña, como de peluca. No se trataba de adaptar la corte de Luis XVI a nuestros días, sino (más interesante) de acercarse a sus atmósferas con los ojos de hoy, de que una mirada contemporánea se deslizase por las alfombras de Versalles. ‘María Antonieta’ es una especie de video–clip, de transcripción pop del mundo versallesco donde la protagonista es presentada como una ‘star’ caída, una reina glam. Y sobre todo, por encima (o por debajo) de la época, es el retrato íntimo de una soledad.

Muy deliberadamente, ‘María Antonieta’ es una película histórica desideologizada. Aborda la frivolidad de sus ambientes hasta las últimas consecuencias. Es frívola, no banal. Y consecuente consigo misma. Mientras una absurda muchedumbre de cortesanos la despierta para vestirla, la protagonista exclama: «¡esto es ridículo!». La respuesta que recibe vale para explicar toda la película: «Esto, madame, es Versalles». Aunque no fue una reina demasiado preocupada por su pueblo, cabe recordar que María Antonieta despertó intensas misoginias y xenofobias en la sociedad francesa. En lugar de ocuparse grandilocuentemente de ellas, Coppola ha preferido mostrar comprensión y una sutil empatía femenina ante la cotidianidad de su personaje. Quizás el problema de la película estribe en la radical elipsis que propone: no vemos absolutamente nada de la Revolución Francesa y sus prolegómenos, pero sabemos (debemos saber) que está ahí fuera, sucediendo. Sólo así cobra sentido la ironía subterránea de todo lo demás, de lo que sí vemos, el día a día de la corte. La apacible demora de la película parece proponer un contrapunto invisible entre la frivolidad del argumento y la trascendencia de todo aquello que ni María Antonieta ni nosotros llegamos a ver. Aunque la idea es excelente, es fácil que el espectador sienta que se ha quedado a medias.

Al margen de su interés formal, la película contiene más simbolismos históricos de lo que parece, y es posible extraer de ellos pequeñas tesis de fondo: la aristocracia como burdel elegante, la riqueza como mundo aparte, las alianzas políticas como espectáculo para proteger el patrimonio de unos pocos. En las antípodas del compromiso político, ‘María Antonieta’ molestará a los puristas de la ideología. La película se absorbe en su propia sensibilidad estética y, más que derribar clichés históricos, parece prescindir de toda conciencia histórica. O quizá no: nada más alejado de la realidad social de su tiempo, al fin y al cabo, que la vida de una reina.