2006-11-29
Bobin y las librerías
Bobin y las librerías
Andrés Neuman


De vez en cuando, uno se encuentra libros sin querer. Libros que de algún modo le pertenecían, o a los que uno les pertenece, incluso antes de conocerlos. Estos encuentros, además de hacernos inesperadamente felices, tienen la virtud de recordarnos por qué las librerías son insustituibles. De viaje en Zaragoza, visité una exquisita librería que ha abierto (¡y no cerrado!) bajo el nombre de ‘Los portadores de sueños’. Rondé las estanterías, curioseé por costumbre entre las novedades, conversé con los amables libreros, me dispuse a marcharme. Entonces, un segundo antes de enfilar la puerta, clavé la vista en un breve ejemplar distraído en una esquina. Como si el libro hubiese susurrado mi nombre, me acerqué y reconocí el diseño austero de Árdora Ediciones. El título del libro me intrigó, ‘Autorretrato con radiador’. De su autor, Christian Bobin, nada sabía. El enamoramiento sucedió como debe: abrí el libro al azar, me recité en voz baja un pasaje y quedé estremecido. Sus palabras me cautivaron con esa mezcla de asombro y familiaridad con que reconocemos a un alma cómplice en un tren, la misma con la que comprendemos que un autor forma parte de nuestra familia. Conmocionado por la hondura y belleza de aquel párrafo, me volví hacia la librera con gesto interrogante. Ella se encogió de hombros, sonrió y dijo: «No lo conozco. Lo he traído porque el otro día un lector llegó entusiasmado y me contó que acababa de enamorarse de un libro. Me dijo que lo abrió, leyó unas líneas y se quedó pasmado. Igualito que usted».

No sé qué es ‘Autorretrato con radiador’. Desde luego no es una novela, tampoco son relatos, tiene forma de diario, quizá sea un ensayo, aunque yo diría que está hecho de temblorosa poesía. Una voz va anotando observaciones diarias sobre el matiz de los objetos con los que convive, lo que le despierta la visión de un semejante o el momento de las flores que se inclinan junto a la ventana. Y con estos materiales, minúsculos como un vaso e infinitos como el agua que contiene, Christian Bobin levanta un mundo, una filosofía entre humilde y sagrada: una mística de andar por casa. Su tema es el acontecimiento de estar vivos. La frágil búsqueda de la alegría. El amor a todo lo que dura muy poco, apenas lo justo para celebrarlo. La primera página declara: «Lo que ayuda, es lo pasajero. Lo que aspira a lo eterno no resulta de ningún consuelo». Libros como el de Bobin, o las buenas librerías, son el mejor consuelo para nuestra falta de eternidad.