2006-10-04
Historia universal de las antologías
Historia universal de las antologías
Andrés Neuman


El señor Quién, hombre tenaz, quiere una antología. En los últimos tiempos no piensa en otra cosa, y se pasa día y noche imaginándola. El señor Quién está convencido de que sería más feliz, de que la vida le sería muchísimo más fácil, si tuviera su propia antología.

En un arranque de franqueza, el señor Quién le revela sus planes a su esposa. Ella sopesa la idea. Luego tuerce el gesto y opina que no pueden permitírsela, al menos por el momento. Él le asegura que se trataría de una antología sencillita, clásica, sin grandes lujos, y si fuera preciso incluso sin prólogo. Pero su esposa insiste en que antes que una antología les haría falta por ejemplo cambiar la instalación eléctrica, que ya va siendo hora, o comprarles unos uniformes nuevos a los niños.

Sin caer en el desánimo, el señor Quién le comenta el asunto a su hijo mayor. Su hijo lo escucha pacientemente y dice: Hombre, papá, las antologías ya están pasadísimas, no me seas carroza. ¿Y ahora qué se lleva?, pregunta azorado el padre. Ahora la gente tiene ‘collections’, contesta el hijo, o a veces ‘compilations’, dependiendo del gusto. Si vas por ahí con una antología, todo el mundo se reirá de nosotros y mis amigos te señalarán con el dedo.

Pese a las advertencias, el señor Quién no piensa desistir. Él también tiene un dedo, y suele utilizarlo para subrayar. Esa misma tarde se encuentra con un amigo y no puede evitar confesarle su empeño antológico. Su amigo se pone muy serio y le desaconseja de todo corazón seguir adelante con eso de la antología: Figúrate que yo tuve una hace tiempo, le explica, y terminé divorciándome. Y encima resultó que la antología ni siquiera era tan buena como me habían dicho.

Pero el señor Quién, qué vamos a hacerle, siente que tiene un destino. Una misión selectiva. Que todo es demasiado complejo, y múltiple, y confuso. Así que el señor Quién cierra los ojos, aprieta los dientes y se lanza. Y hace una antología. Y, nada más terminarla, desaparece. Así, como si nada. Y queda sumergido para siempre en el inmenso mar de las historias que vale la pena recordar. Y se convierte apenas en un punto en el infinito, en una letra en el diccionario, en un pequeño antólogo en una biblioteca.