2006-07-12
¡En japonés! (Murakami, Oé y las malas traducciones)
¡En japonés!
Andrés Neuman


Me he llevado una decepción al leer ‘Tokio blues’, la famosa novela de Haruki Murakami publicada por la excelente editorial Tusquets. Y lo digo apenado, porque todo conspiraba para que me gustase: desde mi predisposición hasta los elogios de otros lectores, pasando por el guiño beatle del título original. Así que si no me ha enganchado, y si además la he encontrado inesperadamente trivial y ramplona, debe de ser culpa mía.

Aun así, me sorprende que una narración que comienza calificando de ‘gigantesco’ un Boeing, de ‘espesos’ los nubarrones, de ‘fría’ la lluvia invernal y de ‘melancólica’ la pintura flamenca, haya merecido semejante admiración literaria. Al pasar la página, comprobé que la lluvia era “fina y pertinaz”, que el viento “agitaba suavemente los cabellos”, que “las copas de los árboles susurraban”, o que un ladrido que parecía “de otro mundo” sonaba “tenue y apagado”. Extrañado por la acumulación de redundancias, tópicos y cursilerías, seguí avanzando para toparme con que el tiempo se alargaba “como las sombras en el crepúsculo”, y con que aquel paisaje volvía “una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película” (el símil es lamentable, pero lo de simbólica ya es el colmo). Podríamos seguir con esos gestos “cálidos y dulces” que hacen que los corazones dejen “de latir por un instante”, con esas “gotitas de agua que reflejaban los rayos del sol”, pero supongo que me explico.

Ahora bien, lo que ya no es capricho mío son las imperfecciones de la traducción, que más allá de su dudoso gusto para los adjetivos nunca acierta a decidir si alguien mueve ‘la’ o ‘su’ mano, y que cae en errores de bulto como “el más absoluto silencio”. Precisamente venía de dejar la novela de otro japonés (‘La presa’ del grandioso Kenzaburo Oé, en Anagrama) a causa de su traducción, mucho peor que la anterior. La irregularidad del tono, las cacofonías y los continuos dislates (“ciertos puntos determinados y precisos”, “anonadado por la sorpresa y el pesar”, “teñidos por el crepúsculo purpúreo”, “atrapados en aquel estruendo”, “el estómago gritando sin ambages”, “levísimos achuchones”) me hicieron insufrible su lectura. ¿Es que a nadie le importa? Si las editoriales de prestigio no contratan a traductores literariamente competentes, o si no les pagan mejor a los que sí lo son, ¿qué será de nosotros? Por eso quisiera terminar recomendando la maravillosa traducción de Kobayashi Issa, a cargo de Orlando González Esteva, que nos brinda Pre–Textos.