2006-04-19
Ecosistema estético
Ecosistema estético
Andrés Neuman

Como la filosofía va un par de siglos por delante de las costumbres, puede decirse que, pese a todas las posmodernidades, aún impera en nuestro gusto el monoteísmo estético. En el fondo, seguimos opinando como si sospecháramos que hay estéticas realmente equivocadas.

Los debates literarios suelen seguir basándose no tanto en el cotejo de argumentos, como de verdades enfrentadas. Si uno repasa las críticas que a lo largo de la historia literaria las generaciones consagradas dirigieron a las generaciones emergentes (o viceversa), es fácil advertir que, al margen de la calidad de los autores, dichas críticas parten de una idea de verdad sagrada que se opondría a un supuesto error esencial. Naturalmente, hay propuestas con mayor sentido histórico que otras, pues una forma artística aporta algo a su sociedad en la medida en que sepa dialogar con el lenguaje del presente. Pero no es en esta conciencia histórica donde suelen apoyarse las discusiones, sino más bien en una concepción excluyente: se trata de conquistar para sí la ‘razón’ estética que los demás no tienen o no merecían. En general, nos cuesta aceptar que nuestro gusto y el contrario puedan convivir con el mismo grado de prestigio. Los escritores admitimos, porque no queda otro remedio, que existen gustos como colores. Pero luego reaccionamos como si esperásemos que alguna tendencia (la que más nos gusta o se nos parece) obtenga la aprobación hegemónica.

Tal vez sería hora de buscar un marco de debate más acorde con los tiempos, un paradigma teórico en el que estuvieran previstas (sin anular jamás esa discusión eterna que es la lectura) una estética y la contraria. Pienso que sería saludable entender la literatura como un ecosistema, y desde esa noción de convivencia múltiple ponerse, sí, a juzgar la calidad de sus frutos. De ese modo la salud de una comunidad literaria no radicaría en la potencia y características de su tendencia hegemónica, sino en su capacidad para generar simultáneamente estéticas distintas y mantenerlas vivas. Vista así, la fuerza de una literatura no dependería de este u otro autor sino del mosaico desplegado, del conjunto diverso resultante: por ejemplo, del equilibrio entre buenos autores barrocos y coloquiales, entre interesantes poetas experimentales y clasicistas, entre meritorios narradores metaliterarios y psicologistas. La alarma literaria saltaría cuando una especie estética amenazase con extinguir a las demás. ¿Por qué no? Cazadores sagrados, abstenerse.