2005-12-28
Vigilante de palabras (José Emilio Pacheco)
Vigilante de palabras
Andrés Neuman

La semana pasada el maestro mexicano José Emilio Pacheco recibió en Granada el premio Federico García Lorca, que se concede a la trayectoria poética de toda una vida. Aunque conocía algunos libros suyos, como una reciente antología publicada en Visor, nunca lo había escuchado en persona. Lo primero que me llamó la atención fue su peculiar manera de recitar poemas, cosa que no le agrada demasiado. Ya lo decía él mismo hace más de treinta años: "Si leo mis poemas en público/ le quito su único sentido a la poesía:/ hacer que mis palabras sean tu voz,/ por un instante al menos". Es el pretexto más elegante e ingenioso que he leído para justificar la timidez.

Además de recitar con cierta desgana irónica, Pacheco tiene una costumbre que según todos los cánones resulta aberrante y que a él, sin embargo, le queda de lo más normal: sin variar la cadencia ni el tono, interrumpe la lectura en cualquier momento y se pone a comentarla, a aclarar el sentido de una palabra o a contar alguna anécdota. Pacheco hace eso con sus poemas, los descuelga como un cuadro y los vuelve a colgar cuando le apetece, y el público no se extraña porque el mexicano es un conversador de alma, un hablador reflexivo, y los textos son sólo una parte de su flujo verbal. Acotador brillante, al aterrizar en Granada sufrió una descompostura. Mientras iban en la ambulancia, Pacheco miró al concejal de cultura y le dijo: "Me estoy muriendo, Juan, perdón por las molestias".

Vigilante de palabras, incluso durante los homenajes Pacheco le dedica más tiempo a la poesía que al protocolo. Después de uno de esos recitales que tanto lo incomodan, tuve ocasión de conversar con él y, al referirnos a un precioso poema inédito que acababa de leernos, le susurré al pasar que no estaba seguro de si una mecha ‘aloja’ la llama, o si más bien la ‘sostiene’. Grande fue mi sorpresa cuando, tras atreverme a decirle esto y arrepentirme de inmediato, Pacheco empezó a dar saltos y exclamaciones y corrió a buscar una bolsa donde guardaba cientos de folios en desorden. Entonces los representantes del Ayuntamiento, que lo había invitado a cenar en un lujoso mirador, tuvieron que esperar a que Pacheco, escribiendo sobre la pared como un niño de casi setenta años, terminara de revisar la metáfora de la llama. Contemplando su luminoso entusiasmo, aquella noche pensé que ojalá todos sepamos –como él– hacernos mayores siendo cada vez más curiosos.