2005-11-30
Cuento y veneno
Cuento y veneno
Andrés Neuman


Cuando el poeta japonés Daibai empezó a componer haikus, sus compañeros de estudio le reprocharon tan sucinta elección. Daibai no les contestó con un largo ensayo sino, naturalmente, con un haiku: "No se puede explicar/ el sabor del pez globo/ a quien no lo ha probado".

En Japón el pez globo se considera una exquisitez, pero para un comensal ajeno a su tradición no vale la pena probarlo: si al cocinarlo no se le extrae el veneno con total precisión, puede ser letal. Es comprensible la emoción del que se lanza a degustarlo y su euforia cuando, si ha tenido suerte, puede contar la historia. Pero también son naturales los reparos de quienes excluyen este bocado de su dieta, preguntándose si tiene sentido jugarse la memoria en un instante. Con el cuento sucede lo mismo. Hay narradores ansiosos que morirían por el filo de una historia mínima, por el suspiro de una contracción perfecta. Otros narradores prefieren entregar la salud poco a poco, poniendo a prueba su resistencia en una artesanía de largo aliento. El poeta Daibai murió en 1841, mientras Poe escribía ‘Los crímenes de la calle Morgue’. No nos consta que la culpa la tuviera un pez globo.

El cuento no es difícil. Pese a la buena intención de quienes –para resarcirlo de su inferioridad comercial– mitifican su complejidad técnica, cualquier cuentista sabe que un relato breve puede escribirse de una sentada y sin excesivo esfuerzo. El cuento no es difícil, sino peligroso. Y en ese riesgo reside su sigiloso arte. Tampoco es que cueste trabajo terminarlo: es sencillamente que, si en el camino se ha dado un mal paso, la historia llegará muerta al final. Un cuento no tiene rectificación posible. Por supuesto, en un primer borrador pueden corregirse multitud de detalles y el estilo debe ser minuciosamente pulido. Pero, a grandes rasgos, la pieza entera se salva o no se salva.

La escritura de un cuento es tan drástica como la cocción de un pez globo: si el fugaz y elemental proceso no sale bien, será mejor despedirse del asunto. En el cuento está prohibido equivocarse. Y sin embargo muchos, siendo tan falibles, no podemos resistirnos. La tentación es grande. El buen sabor de terminar un cuento sólo es comparable al fatal veneno de empezarlo mal. La receta es arriesgada. La recompensa es seguir aquí, casi en el mismo lugar donde estábamos.