2005-11-02
El cuentista y el mar (Medardo Fraile)
El cuentista y el mar
Andrés Neuman


Hace un par de semanas se le brindó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un feliz homenaje a Medardo Fraile, componente único y postergado de la generación del 50. Autor de pequeñas y oblicuas maravillas como los libros de relatos ‘A la luz cambian las cosas’ o ‘Cuentos de verdad’ (además de dramaturgo y pionero del teatro de ensayo en la posguerra española), Fraile se expresaba en moderno cuando la mayoría de sus contemporáneos narraban con la grandilocuencia de los tiempos pasados. En lugar de escribir con corbata, el hombre salía al cuento en mangas de camisa y se quedaba contemplando el porvenir con una sonrisa jocosa. Quizá por eso nuestra literatura haya tardado tanto en reconocerlo.

Al cuentista Medardo Fraile (Madrid, 1925) uno le envidia todo menos la edad. Si a mí se me hubieran ocurrido el título y los relatos de ‘Cuentos con algún amor’, me quedaría tranquilo y me dedicaría a pescar por las tardes, aunque no sé pescar. A semejanza de su definición del género breve, el viejo Fraile nos hace "meditar con suavidad" y nos persuade de cualquier cosa, incluido lo invisible. Lejos del costumbrismo clásico, el suyo es un realismo travieso. Como señalaba Ángel Zapata en el prólogo a la necesaria edición de sus cuentos completos (publicada en 2004 por Páginas de Espuma), cuando Medardo Fraile describe un bar nos ofrece más bien la ausencia del bar, todo lo casual, aéreo y contingente que puede haber alrededor: todo menos el bar. Su obra es el desarrollo de un minucioso plan de distracción: desviar la vista del centro de las cosas, que suele ser tan evidente como pretencioso, para atender a esas "naderías que todos hacemos". La mirada tierna y elusiva de Fraile podría resumirse en esta mínima observación: "La estuvo mirando tres minutos; dos de ellos los dedicó a la nariz".

Desde hace medio siglo, Medardo Fraile insiste en asombrarse militando de palabra contra la monotonía. Ambiguamente triste o sigilosamente contento, Fraile nos llena a sus lectores de luz amable y de perpleja sabiduría. Hay un viejo cuentista remando en el inmenso mar de las pequeñas cosas. Que el tiempo le sea propicio. Y buena pesca para los futuros cuentistas.