2005-10-05
Yesterday mañana (Paul McCartney)
Yesterday mañana
Andrés Neuman

Paul McCartney ha vivido midiéndose con el pasado. Su precoz legado le aseguró la atención (y manutención) perpetua del público, pero también lo ha hipotecado de por vida: si suena beatle, le reprochan que viva de las rentas; si se renueva, lo acusan de hacerse el moderno. McCartney compuso la mayoría de sus obras maestras con veintipocos años, se sintió como un artista retirado tras la diáspora de los escarabajos, recuperó su prestigio en 1973 con ‘Band on the run’, pareció pasar de moda en los 80 y resucitó en la década siguiente. Hoy disfruta de su enésima juventud.

McCartney nació nostálgico. Sin sospechar que él mismo sería memoria, desde muy joven lo tentaron los estilos antiguos, como demuestran ‘Honey Pie’ o ‘When I’m 64’. En los títulos de sus baladas asoma una ecuación de tiempo: ‘Yesterday’, ‘Tomorrow’, ‘Here today’... Su nuevo disco trae una foto de un imberbe McCartney tocando la guitarra en el patio de su casa, y una canción que dice: "Mirando el patio trasero de mi vida/ es tiempo de barrer las hojas caídas”.

Y ya lo creo que las barre. Escuchado sin prejuicios, ‘Chaos and creation in the backyard’ es uno de sus tres o cuatro mejores trabajos como solista. E incluso nos presenta una faceta desconocida de su meloso autor: salvo un par de arrebatos, suena oscuro e inquietante. Es posible que esto no guste a los puristas. Pero, en una leyenda viva de 63 años, esa extrañeza me parece una buena noticia.

‘Chaos’ muestra a McCartney intentando imponer la alegría sobre la angustia. El clima del disco es el de un vitalista salvado por la campana. Si en la portada de su penúltimo álbum se veía a un luctuoso McCartney tras un cristal mojado, ahora canta: "no está bien/ en una vida/ demasiada lluvia". Su inesperado cruce con Nigel Godrich, el productor de Radiohead, no pudo ser más oportuno. Aunque se reconozcan ecos de viejos himnos, el sonido tenso de ‘Chaos’ no es tan amable. Lleva unas cuantas audiciones acostumbrarse, pero termina creando una melancólica adicción. El disco ofrece cinco o seis canciones antológicas y ninguna de relleno.

Aunque digna, la voz de Paul no es la que era: suena suplicante, vulnerable, ronca de vivir. Afortunadamente, este desgaste es aprovechado como recurso expresivo, como parte de la resistencia. Cuando McCartney se marche, se levantará del ataúd para cantar un último single. Será una balada–epitafio. Y será un éxito.