2004-07-14
Recordar lo que no (literatura y memoria)
Recordar lo que no
Andrés Neuman


Unos psicólogos canadienses realizaron un experimento fascinante. Les enseñaron falsas fotos de infancia a una serie de voluntarios y les preguntaron si recordaban esas escenas. La respuesta fue tan sospechosa como imaginativa: la mitad de los encuestados recordó con detalle vivencias inventadas.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria, se declaró perplejo por haber obtenido << un nivel tan alto de falsas memorias >>. La hipótesis de Lindsay es que los recuerdos no se archivan como objetos, sino que surgen del encuentro entre nuestras experiencias pasadas y nuestras creencias actuales. Su artículo, publicado en el número de marzo de ‘Psychological Science’, nos explica cómo leemos.

Cuando leemos una novela somos capaces de comprometernos con un personaje hasta sentir que lo conocemos personalmente. Hay algo conmovedor y desesperado en la manera en que nos identificamos con las ficciones. Así surgió, de hecho, la novela moderna: con Alonso Quijano interpretando el mundo a través de sus libros de caballerías. Lo leído forma parte de nuestra memoria tanto como lo vivido, lo deseado, lo imaginado o lo soñado. Claro que no cualquier relato consigue modificar nuestro pasado. Para eso tiene otra teoría el doctor Lindsay, que tal vez debió dedicarse a la crítica literaria: << el índice de falsos recuerdos depende de la verosimilitud de la historia, de la confianza que inspiremos en el entrevistado (es decir, en el lector) y del poder evocador de la imagen >>.

También el destino es reescrito por la ficción. Cuando Paul Auster publicó su autobiografía ‘A salto de mata’ muchos pensaron que, con la vida que había llevado, no era extraño que luego hubiera escrito esas novelas. Pero me inclino a pensar que Auster, de tanto escribir historias, no supo contar su propia vida de manera distinta a sus novelas. Se puede ser completamente sincero relatando una historia que nunca sucedió.

En literatura la nostalgia tiene trampa: al recordar, el narrador rescata lo que no pudo vivir. Evocar un tiempo perdido no significa tanto regresar al pasado como elegir un sendero distinto, conquistar otra memoria. El milagro es que, en su noble artesanía, esas mentiras con causa pueden incumbirle al lector mucho más que sus diarios íntimos o que un viejo álbum de familia.