2008-11-15
Las tres apariciones de Bolaño
ANDRÉS NEUMAN


«Me hubiera gustado preguntarle
más cosas, de ex virgen a ex virgen.»
R. B.- Los detectives salvajes


1. Casa

Hace poco se cumplieron (y parece que fue ayer o hace siglos) cinco años de la desaparición de Bolaño. Me pregunto si el eufemismo de la desaparición es oportuno para hablar de alguien que supo metaforizar las atrocidades de las dictaduras latinoamericanas o los crímenes de Ciudad Juárez. La sensación, sin embargo, es la de que Bolaño ha desaparecido. Se fue joven, en la cumbre de sus facultades. Casi nadie conocía el alcance de su enfermedad. Y su presencia hoy, tanto en la biblioteca de sus lectores como en la memoria de sus amigos, sigue siendo tan intensa que parece que estuviésemos esperando a que volviera. A Bolaño le divertía la idea de esfumarse, de dar plantones en los momentos más inesperados. Su obra está llena de fugitivos que persiguen la huida misma. Beno von Archimboldi es un espectro literario, una ausencia rastreada durante un millar de páginas. Antes de vagar por el mundo, Belano y Lima pasan su juventud mexicana desapareciendo una y otra vez del DF. Los real visceralistas son prófugos hasta de su propia obra.

Una vez Bolaño me telefoneó desde su casa en Blanes, me pidió que buscara El País y le leyese una noticia sobre la Feria del Libro de Buenos Aires. Hice lo que me pedía y me encontré con una foto enorme de su cara. El texto anunciaba la presencia de Bolaño en Argentina para ese mismo día. «¿Ves?», dijo Bolaño ahuecando la ronquera, «¿ves?, ahora estoy aquí y no estoy allá, ahora no estoy aquí y estoy allá, ahora no estoy aquí ni tampoco allá, esto es una grabación, me largo, este mensaje se autodestruirá en cinco segundos, cuatro, tres, dos, uno…» Y la comunicación se cortó. Al recordar esta anécdota, que parece inventada y no lo es, aunque merecería serlo, me vienen a la cabeza las conversaciones interrumpidas que mantienen X y B, los protagonistas del cuento “Llamadas telefónicas”.

El furor por Bolaño tiene varios motivos. El primero es elemental, aunque conviene subrayarlo: su inmenso talento y su evidente originalidad, capaz de añadirle vísceras y sexo a Borges, músculo narrativo a Nicanor Parra, intimidad lírica a Rodolfo Wilcock. Partiendo de este don incontestable, otros factores contribuyeron a llamar la atención sobre su grandeza. Uno de ellos era la falta de referentes unánimes en la literatura latinoamericana de los últimos años: pasado y casi enterrado el boom de los 60 y 70 (que por supuesto estuvo sembrado de escritores magistrales), evaporadas las vacilaciones de los 80, se respiraba un monótono aire de trono vacío. Bolaño ocupó ese vacío con todo merecimiento. Otro factor es el generacional: nuestro autor poetizó como nadie la trayectoria de rebeldía, búsqueda y desilusión de los jóvenes cuyas infancias y adolescencias transcurrieron entre la revolución cubana y el mayo francés. Queda un tercer factor de orden cultural: la tradición literaria latinoamericana tal como se entendía desde el boom, o sea como una identidad concreta y declarada, necesitaba un broche de altura y a la vez un cambio de tema. Bolaño cumplió esa función inmejorablemente. Hablamos del último escritor que revolucionó la literatura latinoamericana del siglo XX. Esta posición empezó a intuirse con Los detectives salvajes, que aparte de ser el libro más a menudo señalado como su obra maestra (yo quizá prefiera otras), compendia el mundo literario del autor: sus cuentos a caballo entre la intriga literaria y la desgracia íntima, su poesía descarnada que planta un tronco beat en el jardín del surrealismo francés, su forma lúdica y sarcástica de entender el ensayo.

Además de un colosal escritor, Bolaño fue un hombre tremendamente contradictorio, como toda la gente profunda. Era capaz de una ternura de niño o de crueldades hirientes, del entusiasmo más desinteresado o el desprecio más instintivo, de una absoluta libertad al escribir y a la vez de una inconfesada preocupación por los rumores del gremio. En lo personal, a mí me tocó la suerte de conocer lo bueno, lo conmovedor, lo generoso. Apenas lo traté durante tres años. Sin embargo, o por eso, demoro cada momento que me deparó esa amistad como quien repasa un manuscrito incompleto. Me acuerdo de su devoción incondicional por cualquier página de Borges, incluyendo sus peores poemas de senectud, que era capaz de defender como un espadachín que salva el honor de su abuelo. Me acuerdo de su aversión hacia el soneto, estrofa que según él afirmaba, salvo Vallejo o Rilke, no dio ni media docena de poemas decentes en todo el siglo XX. Lo cual es raro, si tenemos en cuenta que Borges escribió sonetos a raudales, y que muchos de los poemas que se citan en los libros de Bolaño son poemas rimados y con métrica, a veces sonetos, como el que figura al principio de Los detectives salvajes. Me acuerdo de una larga partida de ajedrez en su casa, y del estridente rock-protesta de Álex Lora que sonaba de fondo y que Bolaño se encargaba de aullar al unísono: «¡Pero quién le dio el poder para decidir/ el destino de los mexicanos...!» Y me acuerdo sobre todo del estudio que tenía frente a su casa: aquella guarida mohosa, llena de cajas y desprovista de muebles que Bolaño jamás remodeló, la misma en la que urdió sus grandes páginas, y en cuyas demacradas paredes iba pinchando papelitos y recortes de periódico, detrás de un aparatoso 486 que ya por entonces resultaba jurásico.

Bolaño seguía un horario de vampiro: se acostaba al amanecer, se levantaba para comer y se atrincheraba en su estudio por las noches. Las madrugadas en vela le proporcionaban un desfase con el mundo, esa consciencia desincronizada de los noctámbulos que se describe en el cuento “Sensini”: «lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad». Este pasaje me transporta a la única noche que pasé en el estudio de Bolaño, tumbado en un catre incomodísimo. Como debía alcanzar el primer tren hacia Barcelona, me llevé un susto cuando, al acostarme, descubrí que en aquel lugar no había despertador. Aunque hoy parezca raro, yo tampoco tenía teléfono móvil. Bolaño acababa de marcharse, y la posibilidad de cruzar a su casa, tocar el timbre y sobresaltar a su familia a las cinco de la mañana me pareció inaceptable. Decidí concentrarme en mi reloj de pulsera y prometerme que abriría los ojos a la hora indicada, experimento mental que jamás me había funcionado. Para mi sorpresa, al despertar miré el reloj y comprobé que acababa de amanecer. Me levanté y salí a la cafetería donde había quedado con Carolina, la esposa de Bolaño, para desayunar. Me extrañó que ella tardase en llegar, porque madrugaba a diario. Cuando al fin la vi entrar, fue Carolina la sorprendida: «faltan veinte minutos», me saludó, «¿qué haces aquí tan temprano?» Al ver mi cara de pasmo, ella se echó a reír y me recordó que esa misma madrugada los relojes se habían atrasado una hora para ajustarse al horario de invierno. Lo cual quiere decir dos cosas: que esa noche tuvo lugar el tercer domingo de un mes de octubre, y que apenas pegué ojo en el estudio insomne de Bolaño.

Retengo, me retienen, anécdotas personales e imágenes que iluminan su obra. El vuelo vil de los halcones por los claustros, el sótano infernal de Nocturno de Chile. El viaje en automóvil a través de la noche, el diálogo siniestro de los detectives en Llamadas telefónicas. La escritura del aeroplano en el cielo, tan bella como atroz, en Estrella distante. La detestable poeta argentina con la que se inicia La literatura nazi, la habitación de Poe que ella se afana en reproducir. El hospital oblicuo y enfermante de Monsieur Pain, su sala de cine en blanco y negro. La apoteosis vacía, la llegada al desierto en Los detectives. ¿A qué desierto irán los escritores que se marchan dejando una novela inconclusa? ¿Cuánto le faltaba a Bolaño para rematar 2666? Cierto día, por teléfono, me habló de un novelón de mil páginas que llevaba tiempo escribiendo. Una novela, explicó angustiado, «tan larga como ‘Las mil y una noches’». Le sugerí que la dejara en 1001 páginas, cosa que por supuesto no hizo. En un momento de la conversación, Bolaño dijo que quizás abandonaría esa novela. Desconociendo su estado de salud, le pregunté por qué. Su respuesta exacta fue: «Porque no soy Tolstói».


2. Hospital

En las últimas temporadas, a excepción del abrumador edificio multitentacular de 2666 (que se convirtió en libro de culto antes de ser leído e incluso antes de ser publicado), nuestra sed de Bolaño se ha venido saciando con desiguales volúmenes póstumos. El primero fue El gaucho insufrible, un compendio de relatos y conferencias. Aunque no resista una comparación con Llamadas telefónicas o Putas asesinas, El gaucho contiene dos o tres textos de la más alta gracia literaria. Especialmente impresionante es el titulado «Literatura + enfermedad = enfermedad», lección de cómo entreverar una conferencia improvisada, un relato autobiográfico y un comentario de texto. Esas veinte sobrecogedoras páginas hablan de la escritura como una conversación con la muerte, como una lucha desde el centro del malestar. Bolaño vivió durante bastantes años como un moribundo que se despedía. También escribió así: con la furia de las últimas oportunidades, con la melancolía vitalista de los enfermos graves. Pienso que eso es lo que habría que hacer: escribir siempre como moribundos. Como moribundos sanos. “Literatura + enfermedad”, texto legible como un testamento, jocosa y seriamente dedicado a su hepatólogo, traza un alucinado recorrido por la poesía francesa, la literatura de viajes, las ganas de follar (palabra que le encantaba) y las consultas médicas. La conclusión es que la escritura, incluida la maldita, no enferma a nadie, sino que más bien vive en nuestras enfermedades: es síntoma y fruto de nuestro afán por sobrevivir. En un tono cargado de verdad, de risa con eco (como salida del pasillo de un hospital), ese texto formula la salvación poética de «volver a empezar, aun a sabiendas de que el viaje y los viajeros están condenados». Quizá gracias a eso Bolaño consiguió terminar a duras penas el borrador de su última novela, cuyo título apunta a un futuro inalcanzable.

El segundo de los libros póstumos, Entre paréntesis, recopila los discursos, artículos, reseñas y textos de circunstancias que Bolaño escribió en sus últimos cinco años. Y nuevamente aquí, entre teorías estéticas y fobias personales que llegan a confundirse, muy por encima de la contingencia de algunos textos, se eleva la inteligencia rebelde, caprichosa y sagaz de su autor. Además de interesantes lecturas de autores españoles y latinoamericanos contemporáneos, Entre paréntesis contiene piezas reveladoras sobre Chile y su literatura, las consecuencias íntimas del exilio, los regresos y los desencuentros. Mi pieza favorita es “Fragmentos de un regreso al país natal”, serie que narra el primer viaje a Chile tras su largo exilio. Bolaño volaba con su hijo Lautaro y su esposa, ambos españoles y ambos dormidos con absoluta placidez, mientras él no era capaz de descansar en todo el vuelo. Su condición de chileno, ironiza Bolaño, lo obligaba a permanecer despierto para «sostener mentalmente las alas del avión». Esa es la diferencia existencial entre europeos y latinoamericanos: unos confían en llegar a buen puerto, los otros no pueden evitar temerse lo peor. El volumen se cierra con una entrevista publicada en Playboy poco antes de su muerte. En un ping-pong hipnótico, y yo diría que conscientemente, Bolaño se autorretrata por última vez. Cada respuesta es un aforismo cargado de lucidez: ¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá? «No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía en algún curso de Pascal». ¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente? «Las desgracias propias y ajenas». ¿Qué cosas lo hacen llorar? «Lo mismo: las desgracias propias y ajenas». Declaración de principios en forma de diálogo, el personaje que nos deja esta entrevista con Mónica Maristain se parece bastante al hombre conmovido y sin afeitar que fue Roberto Bolaño. A la pregunta de qué cosas variaron en su carácter al enterarse de su enfermedad, él contesta: «Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera». Así era la sabiduría de Bolaño: ruda y a la vez exquisita, mezcla de maestro zen y viejo cow-boy, de vagabundo y ajedrecista. Como leemos en “Sensini”: «si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria». En la escritura de Bolaño todo pasa por el filtro eléctrico de la memoria. Sólo que esa memoria no se limita al testimonio, sino que se comporta como una facultad visionaria. Donde Perec decía «je me souviens», me acuerdo, Bolaño gime «soñé que».


3. Desierto

Si tuviera que destacar uno de los múltiples dones de Bolaño, creo que elegiría la desesperación. Bolaño no narraba las historias: las necesitaba. Su escritura tiene una cualidad profundamente agónica y quizá por eso conmueve tanto, hable de crímenes o enciclopedias, de sexo o metonimias. Uno de sus aciertos consistió en saltar del infrarrealismo a la metaliteratura visceral, a una ficción emotiva sobre el hecho literario. Como se apunta en La literatura nazi en América, la novela contemporánea tiende a la falta de compasión, a la incapacidad «de comprender el dolor y por lo tanto de crear personajes». Bolaño desnuda de golpe la intimidad de sus personajes, mientras estos discurren sobre pormenores literarios. La metaliteratura de Bolaño es más bien una apariencia: su referente último no es la literatura misma sino una moral vital. Esa pulsión vital se echa en falta en la mayoría de autores metaliterarios. No es que vida y literatura sean realidades separadas: es que, precisamente por hallarse tan unidas, lo que uno le pide a la vida es que sea literaria, y a la literatura que sepa ser vital. En esa imbricación Bolaño era un maestro. Nada consta como dato en sus textos, todo está en estertor. El resumen de esta poética podríamos buscarlo en el relato “Otro cuento ruso”, donde un soldado sevillano sobrevive a la tortura gracias a la suerte de su lengua, que está siendo brutalmente retorcida con unas tenazas. Sangrando por la boca, el soldado intenta gritar «coño», pero emite un sonido que sus torturadores confunden con «kunst», que en alemán quiere decir arte. Así es como «la palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte», le salva la vida.

Al principio de La universidad desconocida, recopilación póstuma de su poesía de juventud, leemos la frustración de Bolaño por los rechazos editoriales que hasta entonces había recibido. Los poemas de este tomo funcionan como una autoafirmación en el vacío. Si estoy solo en el desierto, parece profetizar Bolaño, entonces ese desierto es mío. Y así fue: se apropió de un espacio nuevo y gigantesco en el que no estaba nadie. Un siglo después de Virginia Woolf, Bolaño tuvo su desierto propio. Casi todos sus libros se fascinan ante imágenes desérticas (literales o metafóricas, claustrofóbicas o a la intemperie, paredes o paisajes), ante la epifanía del páramo que alguien contempla a solas como un Friedrich canalla: un desierto dentro de otro desierto.

El sentido del desierto en la obra de Bolaño fluctúa. A veces el desierto es contemplado como una forma de exilio, como ese lugar ajeno o vacío donde no se desea estar. Otras veces adopta el carácter ambiguo de un lugar de paso, de un misterio visitable. Y otras veces se sugiere que el desierto podría ser un hogar, el único posible para los desarraigados. Estas tres aproximaciones podrían nombrarse así: lamento del desierto, estudio del desierto y aceptación del desierto. En “Prosa del otoño en Gerona”, del libro Tres, encontramos un trío consecutivo de textos que ilustra estas fases. Lamento del desierto: «El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto». Estudio del desierto: «La pantalla atravesada por franjas se abre y es tu ojo el que se abre alrededor de la franja. Todos los días el estudio del desierto se abre…». Y aceptación del desierto: «Aquello que se aparta puede ser llamado desierto, roca con apariencia de hombre, el pensador tectónico».

Algunos admiradores triviales prefieren imaginar a Bolaño tocado de un incontaminado ascetismo, recluido en el malditismo como si fuera un sacerdocio. En realidad fue un hombre atravesado de pasiones opuestas, ambiciones terrenales y paradojas de conciencia. Sin esa fuerza interior compleja, jamás habría sido el escritor desgarrado que fue. Resultaría ingenuo suponer que Bolaño jamás deseó tener éxito: lo que le sucedió es que, a determinada edad, como muchos de sus personajes, se hartó de esperarlo. Justo antes de obtenerlo a raudales. Bolaño siempre quiso ser reconocido. Y siguió persiguiendo esa meta incluso después de lograrla, como se advierte en la rencorosa (y quizá gratuita) diatriba final de El gaucho insufrible, sembrada de lugares comunes que garantizaban el aplauso complaciente del público supuestamente inconformista. La diferencia entre él y otros escritores no era la pureza, que puede ser un valor cobarde o hipócrita. Ni siquiera la valentía, que el propio autor sobreestimaba con cierto énfasis románticamente correcto. La diferencia fue su singular talento. Y su convicción inquebrantable de que, pase lo que pase, se realicen o no los sueños de grandeza, un escritor de sangre se educa escribiendo, vive escribiendo y se muere escribiendo. Contra viento y marea. Contra todo y contra todos. También contra sí mismo. Esa fue la radical universidad de Bolaño.

Hoy no sólo las universidades o la crítica aplauden su legado. Sino también los escritores más jóvenes, que lo admiran hasta la devoción y lo imitan hasta la equivocación. Bolaño tenía un principio (entre el romanticismo y la estrategia) que cumplía con sarcástico rigor: toda la complicidad para los jóvenes, ninguna piedad para los consagrados. Aunque alcanzase a asistir a los primeros fuegos de su consagración, esa consagración le llegó casi tarde, lo cual le permitía ponerse en el lugar del aspirante, del desconocido. Su literatura genera una corriente de adhesión fanática entre los lectores, que terminan buscando a Bolaño como sus personajes buscan a poetas raros. Claro que el ejemplo de un autor contestatario debería inocularnos tanto el virus bolañista como sus anticuerpos. «Todos los poetas, incluso los más vanguardistas», comenta Maples Arce refiriéndose a Belano y compañía, «necesitan un padre. Pero éstos eran huérfanos de vocación». Sospecho que, más que el gusto por las vanguardias o el mesianismo, la parte del realismo visceral que mi generación suscribiría tiene mucho que ver con esta afirmación.

Cuando un Bolaño joven y enfermo se lanzó a revisar desesperadamente los poemas de La universidad desconocida, no imaginaba el tiempo, los libros y los aplausos que por fortuna le quedaban. Si (como él temía) se hubiera ido entonces, quizás ahora no estaríamos hablando de él: fue sobre todo durante los siguientes años de supervivencia, en titánica carrera contra sí mismo, cuando un Bolaño inmensamente provisional le propinó a la eternidad media docena de obras maestras. Milagro terrenal que, aunque nos entristezca recordarlo, nos deja una lección conmovedora sobre el poder de lo efímero.


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