2008-03-22
Do you speak Borges?
(El Borges de dos mundos)


ANDRÉS NEUMAN



1. Oh New York Times! O mores!

No pude evitar regocijarme con la noticia (por llamarla de algún modo) del New York Times que reprodujo hace unos días El País. El titular empezaba bien, con una paradoja que no hubiera disgustado al aludido: «Desde su anticuado punto de vista, Borges tuvo una visión del futuro». Con motivo de la publicación del volumen 'Borges 2.0: from text to virtual words', unos cuantos expertos descubrieron una bonita idea que a Umberto Eco (¿desde su anticuado punto de vista?) ya se le había ocurrido hace años: por su manera hipertextual de concebir la lectura, Borges en cierta forma inventó, o al menos imaginó, Internet.

Mi mayor sonrisa no la causó ese jolgorio adánico con que en Estados Unidos tienden a descubrir (y patentar) lo que ya estaba inventado en otros lugares. Ni el irónico cumplimiento de otra profecía borgeana: si Kafka inventó a sus predecesores, la escritora de 'Borges 2.0' inventó a Eco. Ni tampoco el fantástico nombre de la autora, Perla Sassón-Henry, o la casi improbable institución donde enseña, el departamento de estudios lingüísticos de la Academia Naval, ambos dignos (sin maldad alguna) de las ocurrencias apócrifas de Georgie o de Bolaño.

Lo que terminó de maravillarme fue otra cosa. Al final de la noticia se reproducían los cuatro primeros versos del "Poema de los dones". Como el texto estaba escrito por Noam Cohen, la redacción de El País tradujo por error la versión inglesa del poema original, o sea el "Poem of the Gifts". En otras palabras, tradujeron a Borges al español. El resultado era desopilante, además de cacofónico: «Nadie debería leer autocompasión ni reproche/ en esta declaración de la autoridad/ de Dios, que con tanta espléndida ironía/ me concedió libros y ceguera con un único toque». Milagrosamente, aún sobrevivía una rima: reproche-toque. Poco después el periódico rectificó y citó los versos auténticos en una oportuna fe de erratas: «Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche». En realidad fue una pena, porque ni Herbert Quain hubiera ideado tan divertido embrollo. Claro que todo esto, demonios, ya lo había inventado Borges: según le gustaba mentir, de niño leyó el Quijote primero en inglés, de manera que la novela original le pareció una versión traducida a la lengua de Cervantes.

Dicho sea de paso, la traducción al inglés también dejaba bastante que desear. Empezaba bien, igual que el titular de la noticia. «No one should read…», nadie debiera leer, es una solución ingeniosa para el primer verso, teniendo en cuenta que hablamos de bibliotecas y de libros. No puede decirse lo mismo de «self-pity», autocompasión, que vaya a saber por qué vino a reemplazar a la lágrima original, desplazando una liviana metonimia hacia el terreno de la psicología moral y además explicándola innecesariamente. Por desgracia el cuarto verso guarda proporción con la traición anterior: Dios ya no le «dio a la vez» los libros y la noche al bibliotecario ciego, fórmula sencilla y no por casualidad neutra, sino que presuntuosamente se los concede, y para colmo con una especie de pase mágico («granted me books and blindness at one touch»). Ese toque divino sugiere un Dios casi físico, mucho menos abstracto que el original de Borges. Y quizá más acorde al creacionismo en boga.


2. Poeta apátrida

Resultaría curioso reflexionar sobre la muy distinta consideración que merece Borges como poeta a uno y otro lado del Atlántico. En España, que fue precisamente donde estalló el Boom latinoamericano, el umbral que cruzó aquella nueva literatura en castellano, la poesía en apariencia tradicional de Borges fue y sigue siendo muy valorada. Pero en Latinoamérica, y particularmente en Argentina, la faceta poética de Borges siempre ha sido discutida. Me atrevería a decir que hoy la mayoría de jóvenes poetas argentinos la subestima, por no decir que la omite. Lo que se impone, lo que todo lector latinoamericano aplaude, es su prosa. Digo prosa y no narrativa, porque ningún lector atento se molestaría en diferenciar sus ensayos de sus cuentos. El mayor argumento de Borges fue quizá la prosa misma, su lenguaje. Nunca destacó como narrador de personajes ni tampoco trató de serlo, entre otras cosas porque sabía muy bien cuáles eran los verdaderos protagonistas de sus narraciones: la construcción y el estilo, que recorre ubicuo toda su obra, al menos desde mediados de los años 30 hasta su muerte. Durante ese medio siglo, los gestos de la prosa de Borges fueron tan identificables como el carácter del príncipe Bolkonski o los ademanes de Emma Bovary.

Lo extraño es que ese estilo, esa misma prosa por la que Borges se ha convertido en el monstruo benefactor y acaso demasiado absorbente que hoy es para la literatura en español, están hechos del mismo material lingüístico que su poesía. De hecho, el poeta que fue Borges casi desde niño interrumpió de pronto sus versos al empezar a destacar como prosista (como si los ensayos y cuentos se hubieran nutrido vampíricamente de su poesía) y sólo los retomó cuando sus prosas mayores ya habían sido escritas.

Abro 'El oro de los tigres' y recito, omitiendo a propósito las pausas versales:

«Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue, la venturosa o la de triste horror, esa otra cosa que pudo ser la espada o el escudo y que no fue? ¿Dónde estará el perdido antepasado persa o el noruego, dónde el azar de no quedarme ciego, dónde el ancla y el mar, dónde el olvido de ser quien soy?»

Este pasaje, que corresponde nada menos que a un soneto endecasílabo de rima consonante, suena asombrosamente parecido a cualquier prosa de Borges sobre el tema del doble o la repetición del destino de un hombre. Salto a El otro, el mismo y leo:

«Zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado (…) Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho…»

Además de su marcado tono narrativo o su recreación de un monólogo histórico, estos versos que acabo de citar prosificados, ¿no comparten el tono épico, enumerativo y apócrifo de buena parte de la narrativa borgeana? Y este último ejemplo poético, tomado de 'Elogio de la sombra', ¿no evoca los mejores pasajes de "La biblioteca de Babel", "El jardín de los senderos que se bifurcan" u otros relatos geométricos?:

«No habrá nunca una puerta. Estás adentro y el alcázar abarca el universo y no tiene ni anverso ni reverso ni externo muro ni secreto centro. No esperes que el rigor de tu camino que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin…»

Pero este experimento ni siquiera es nuevo: por algo el propio Borges organizó sus últimos libros alternando indiscriminadamente poemas, reflexiones, microrrelatos. Y sin embargo, por alguna razón que no termino de explicarme, la prosa de Borges permanece en lo más alto del pabellón hispánico moderno (y posmoderno), mientras su casi idéntica poesía sigue siendo juzgada con recelos, reparos y prejuicios. Esto Borges lo supo pronto. En el prólogo de 'El hacedor', Borges le suplica al fantasma de Lugones su venia poética: «Si no me engaño, a usted le hubiera gustado que le gustara (…) Pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz…» En aquel libro figuraban un buen número de cuentos breves e importantes prosas. Pero en el prólogo Borges sólo menciona la poesía.


3. El idioma de los extranjeros

Borges siempre se sintió extranjero de su propia poesía. Y fue esa sensación de extranjería poética lo que, tras algún rodeo nacionalista y más de un ataque folclórico, logró inyectarle a su prosa. Esa prosa que renovó el idioma apropiándose de giros sintácticos de otras lenguas, que reinventó la literatura nacional acarreando materiales foráneos. La paradoja aumenta si pensamos que lo que los lectores latinoamericanos suelen reprocharle a la poesía del multinacional y forastero Borges es su apego a las formas clásicas, es decir, su supuesta lealtad a la tradición poética española. Lo dejó escrito él mismo en el poema "España": «podemos olvidarte/ como olvidamos nuestro propio pasado/ porque inseparablemente está en nosotros,/ en los íntimos hábitos de la sangre». Texto curiosamente escrito sin métrica regular ni rimas fijas, lejos de su costumbre y del acerbo hispánico que en efecto cuidaba.

Creo que a todos nos divierte perversamente imaginar al Borges maduro arrepintiéndose de sus primeros libros, presa de un ataque de pánico juanramoniano. Arrepintiéndose no sólo de los remotos tanteos ultraístas que el tiempo se ha encargado de sepultar con naturalidad. Sino también de aquellos libros en los que un joven Borges recién venido de Europa, de una infancia migratoria, del bilingüismo de Ginebra y de las vanguardias españolas, culturalmente inadaptado pero ansioso por adaptarse, intentó fabricarse de inmediato una lengua nacional confundiendo la intención con los temas y la patria con el dialecto. Es conocida la antipatía que Borges les profesó a 'El tamaño de mi esperanza' o 'El idioma de los argentinos' (publicados cuando su autor rozaba ya los treinta años), libros que excluiría de sus obras completas, de los que renegaría hasta su muerte y que, no tranquilo con eso, se dedicó a refutar siempre que tuvo ocasión. Semejante insistencia no puede más que despertar nuestro interés.

En 'El idioma de los argentinos', el joven Borges celebraba la supremacía de «la heterogénea lengua vernácula de la conversación porteña». Más allá de su entusiasmo centralista (que para colmo pretendía combatir otro centralismo lingüístico, en este caso el de España), esta breve declaración estaba llena de significativas contradicciones. Es difícil concebir una lengua realmente «heterogénea» limitándola a la capital. Por otra parte, en términos rigurosos, el habla de una ciudad puede ser cualquier cosa menos una «lengua». Si además consideramos que Borges se estaba refiriendo a la «conversación», o sea al habla coloquial, el resultado es un caldo donde se confunden lenguas, dialectos y registros. Pese a todo, este libro primerizo no era vano ni gratuito: respondía a un conflicto lingüístico que el joven Borges todavía no se encontraba en disposición de resolver, pero que ya había detectado con precoz lucidez.

Más estridente es el caso de 'El tamaño de mi esperanza', cuyo vocabulario y ortografía criollistas desesperanzarían grandemente a su autor, inquietándolo como ninguna otra obra de juventud. A la luz del cosmopolitismo que lo haría mundialmente leído, o recordando sus pasiones anglosajonas, este espanto es comprensible si se repasan las declaraciones que hacía entonces Borges con la boca llena de cuchillos y Palermos:

«A los criollos les quiero hablar; a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están siempre en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre y con ellos no habla mi pluma (…) Ya Buenos Aires, más que una ciudá [sic] es un país y hay que encontrarle la poesía y la música y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen (…) No quiero ni progresismo ni criollismo en la acepción corriente de esas palabras. El primero es un someternos a ser casi norteamericanos, o casi europeos…»

Es revelador comprobar que, en realidad, estos principios de defensa regional no diferían tanto de los argumentos con que veinte años más tarde Borges destrozaría un etnocéntrico y desafortunado ensayo de Américo Castro sobre el habla rioplatense. La razón es sencilla: el Borges maduro no cambió tanto de objetivos como de estrategia. Para cuando su estilo fue esa prosa elegante, británica, sutilmente retorcida y fascinantemente correcta que todos conocemos, él ya había decidido que la mejor manera de renovar el lenguaje nacional era hibridarlo, en vez de buscarle la pureza. Y que el modo más eficaz de darle una vuelta de tuerca al castellano era extrañarlo cuidadosamente, haciéndolo moverse sin un centro tan fijo. Desde esta perspectiva, y leído en su contexto histórico latinoamericano, El tamaño de mi esperanza sería un libro fundacional de resultados aberrantes.

El punto de llegada de este juego de opuestos (centro y periferia, localismo y universalismo, unidad y heterogeneidad) no podía ser otro que el que Borges encontró: reescribir su lengua materna desde ninguna parte. Cuarenta años después, en el célebre prólogo a 'Elogio de la sombra', él mismo enumeraría con admirable sencillez algunos ingredientes de su pócima lingüística, esa modalidad hispánica extranjera que fraguó tras años de búsqueda, ese invento de una prosa universal nacida del tronco de una poesía en apariencia castiza:

«El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas (…) Por lo demás, descreo de las estéticas (…) En estas páginas conviven, creo que sin discordia, las formas de la prosa y del verso (…); prefiero declarar que esas divergencias me parecen accidentales y desearía que este libro fuera leído como un libro de versos.»

Pese a la deslocalización que su idioma literario había alcanzado por entonces, una breve y jugosa nota al final de aquel prólogo nos retrotrae a la época de 'El tamaño de mi esperanza' o 'El idioma de los argentinos':

«Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo, por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo».

De esta manera cómica, Borges reincidía en sus antiguos debates lexicográficos y ortográficos. Y, tal como le había ocurrido entonces, quizás erraba ese tiro. Hoy los hablantes del castellano amamos a los vikingos porque Borges escribió sobre ellos. Los individuos de la Real Academia lo citan a él y a otros compañeros de continente como autoridades de nuestra norma lingüística. Y las academias de la lengua, en parte gracias a Borges, son tantas como países de habla hispana. Academias que incluso se han puesto de acuerdo para redactar un diccionario panhispánico, donde se recomienda el uso fonéticamente natural de salmo o neuma en vez de las impronunciables formas psalmo y pneuma, que han caído en desuso y evolucionado hacia la sencillez. Como tantas palabras que empleamos en esa oralidad vernácula que defendiera el joven Borges.


4. Lengua, multiplícate

Pienso que la etapa juvenil de Borges, aquellas obras de los años 20 que comprensiblemente son las que menos leemos y las únicas de las que él renegó, resultan fundamentales para apreciar el complejo proceso lingüístico que convirtió a su autor en el maestro de la lengua que es. Como en los juegos de espacios imposibles de sus cuentos, mirando de afuera y adentro, hablando desde una frontera inventada, Borges se acercó a su propio dialecto como un alquimista criollo llegado de Europa. Eso cuentan a contrapelo las exaltaciones porteñas de 'Fervor de Buenos Aires' y 'Cuaderno San Martín', o los alegatos localistas de 'El tamaño de mi esperanza' y 'El idioma de los argentinos'. No nos engañemos: no hay ninguna naturalidad en la prosa fluida de Borges. Más bien hay un discreto, poderoso experimento. Una impostación serena y sostenida que consistió en construir con sintaxis inglesa, adverbios franceses y adjetivos latinizantes, uno de los castellanos más hermosos que nunca se hayan hablado. Y digo nunca literalmente. Porque Borges, que tanta importancia dijo concederle a la oralidad y el monólogo, escribió en un dialecto que nadie, ni siquiera él, llegó a hablar en Buenos Aires ni en Madrid. Escuchado así, el poeta clasicista Borges no fue menos experimental que Girondo, que su maestro Macedonio o Gombrowicz (con quien pese a sus diferencias compartía una visión enriquecida de la identidad de las naciones periféricas: su mayor libertad de búsqueda, su capacidad reinventar su propia tradición). Ni menos experimental que él mismo en los tiempos en que firmaba manifiestos ultramodernos en la revista Proa.

Entre otras muchas cosas, Borges nos enseñó que cada escritor es un vocabulario, una patria aislada en su centro y periféricamente conectada con las demás patrias. Lo traduzca quien lo traduzca, aunque sea The New York Times, el tamaño de nuestro idioma es esperanzador.