2007-09-01
15 asuntos sobre el Señor Mercado
ANDRÉS NEUMAN



1. Literatura y mercado: Pues sí. Pues no. Pues no lo sé. ¿Por qué hoy en día, tan frecuentemente, se nos preguntará a los escritores sobre cuestiones propias de editores o sociólogos?

2. Hay dos maneras fáciles de opinar sobre el Señor Mercado. Una consiste en adorarlo cada día, creer que hace justicia y desvivirse por él. La otra consiste en repudiarlo sin matices, viviendo contra él o incluso viviendo de repudiarlo. La primera manera tiende a considerar que el Señor Mercado sabe hacer las cuentas mejor que nadie, recibe a todo el mundo en su despacho y, tarde o temprano, termina otorgando a cada uno lo que se merecía. La forma opuesta de verlo considera que el Señor Mercado es un usurero déspota, cierra las puertas en las narices de quienes no lo adulen y es la fuente de todos nuestros males. Para unos, entonces, vendría a ser el Dios Mercado. Para los otros, el Diablo Mercado. Pero, como sucede en la religión, lo divino y lo satánico provienen del mismo empeño y son las dos caras de la misma moneda. Moneda que, por cierto, guarda celosamente en su bolsillo el astuto Señor Mercado.

3. El comportamiento casquivano del Señor Mercado nos lleva en ocasiones a pregonar catástrofes y apocalipsis. Quien anuncia un apocalipsis, ¿no está en el fondo postulándose como superviviente? Despreciar públicamente al Señor Mercado, ¿no puede ser acaso una forma suprema de publicidad?

4. El impaciente Señor Mercado reclama escuelas, tendencias, corrientes: bienes empaquetables. Y la literatura no debería dejarse empaquetar con facilidad. Lo contrario de las escuelas son las estéticas, lo contrario de las tendencias generales son las inclinaciones personales, y lo contrario de las corrientes son las orillas, los meandros, las aguas escondidas. No sé si al Señor Mercado le interesan demasiado estas hidrologías.

5. Propiedades acústicas en la casa del Señor Mercado: con el tiempo, los escritores se suben el volumen para que los vecinos los oigan.

6. Costumbres de intendencia en las imprentas del Señor Mercado: los editores tienden a elegir entre admirar una barbaridad a sus autores, o pagarles una barbaridad.

7. Tan importantes como sus inquilinos son los huéspedes del no siempre hospitalario Señor Mercado. El huésped, el lector. Por muchos escaparates que nos asedien, los lectores inteligentes no se dejan engañar: en ninguna época han sido demasiado numerosos, y dudo mucho que en la nuestra vayan a desparecer. En este sentido, a veces el Señor Mercado seduce a sus rivales puristas sin que ellos se den cuenta, llevándolos a esperar que los lectores cualificados sean una multitud, o indignándose porque no lo sean. Por supuesto, no todos los huéspedes tienen el mismo gusto a la hora de sentarse con un libro. Son muchos más los lectores con ansias de información que con sed de lenguaje o de emoción. Resumiendo mucho, podríamos hablar de tres tipos de lector en la casa del Señor Mercado: 1) Los lectores informados, aquellos que buscan sobre todo enterarse, estar al día de la actualidad como quien lee el periódico. 2) Los lectores intelectuales, que analizan la información del libro, la subrayan e incluso la comparan con otras fuentes. Aunque estos segundos lectores son más disciplinados que los primeros, tal vez ambos estén unidos por una limitación: no modifican los libros que leen. Por eso sospecho que quienes escasean son: 3) Los lectores artísticos, esos que recorren las páginas con los sentidos en vilo, la intuición expectante, la memoria abierta. Creadores a su modo, los lectores artísticos leen para interrogarse acerca de su propia identidad y ven en la literatura una existencia. Estos lectores merecen especial gratitud porque completan los libros, los salvan.

8. El Señor Mercado tiene abiertas diferentes tiendas. En esas tiendas, unos más, otros menos, todos compramos o vendemos algo. Y todos los escritores, unos más, otros menos, recibimos encargos de esas tiendas: una columna, un reportaje, una crítica, una conferencia, un artículo sobre el Señor Mercado. Podría pensarse que estos encargos convierten al escritor, siempre tan puro, en algo parecido a un mercenario sin escrúpulos. No tiene por qué. Pienso que los escritores que se sumergen en cada pequeño encargo con auténtica pasión, con entusiasmo, pueden atravesar el techo de las tiendas, llegar a la azotea y respirar aire fresco: entonces todo es obra, todo es pregunta, todo es lenguaje. Y lo sublime, el acto mismo de escribir, de estar escribiendo aquí y ahora.

9. El problema de la cantidad, o la aritmética en casa: hay quien opina que el Señor Mercado obliga a demasiados escritores a producir (palabra horrible y errada: la literatura, incluso la literatura mala, no se produce, se escribe) una determinada cantidad de libros para no perder su lugar en la familia. Es posible que haya casos; aunque no creo que por ese camino se hayan frustrado grandes talentos. El mercantilismo, entonces, ¿significaría alta cantidad o baja calidad? Ambas cosas no son la misma ni se explican mutuamente. Si la cantidad fuese por fuerza en desmedro de la calidad, o viceversa, entonces Bach sería peor que Bruckner. Los prolíficos Tolstoi, Quevedo, Goethe o Sor Juana serían mucho peores que los parcos Rimbaud, Garcilaso, Camus o Tsvietaieva. Andahazi sería mucho mejor que Aira. Y Picasso sería un pobre diablo al lado de Vermeer (bueno, esto último dejen que lo piense). Creo que más bien se trata de una cuestión de necesidad íntima, de ritmo interior, una especie de frecuencia cardíaca. Por otra parte, la literatura de consumo rápido no es nueva y de hecho existe casi desde la imprenta: en el siglo XVII fueron las novelas de caballería, en el XIX fueron los folletines por entregas en los diarios, y hoy se llama best–seller. Pero, ¿cómo se reconoce un best–seller? ¿Por lo que vende? Entonces 'Cien años de soledad' sería lo mismo que 'El Código da Vinci', o Saramago y Paul Auster (que arrasan en las listas de ventas) compartirían habitación con Paulo Coelho y Pérez Reverte. O, más paradójicamente, pensémoslo a la inversa: si un novelón edulcorado de execrable prosa fracasase en conseguir las ventas esperadas, ¿dejaría por eso de ser literatura de consumo?

10. Costumbres cinematográficas en la casa del Señor Mercado, al que tanto le gusta retozar en las butacas: intuyo que, a estas alturas de la imagen, la narrativa del siglo XXI tiene con el cine un reto parecido al que afrontó la pintura del XIX con la fotografía: mudarse de habitación o dejarse expulsar. Naturalmente, un narrador contemporáneo necesita conocer –y suele conocer– el maravilloso arte del cine. Y, precisamente gracias a ese conocimiento, le conviene aprender a desplazar su mirada para contar historias desde dentro de las imágenes. A diferencia del cine, la literatura es una narrativa visual de segundo grado. El filtro de su ojo no es una cámara, sino una conciencia. Flaco favor al lenguaje literario sería escribir novelas directamente para el cine. A mí me gusta pensar que, cuando la gran pantalla aprovecha el relato de un libro (y bien está que eso suceda), lo hace resolviendo el problema de su escritura, y no invitado por ella.

11. ¿Quién nos guía por las vastas propiedades del Señor Mercado? ¿Hace falta que nos guíen? Los medios de comunicación nos desorientan porque tratan de orientarnos. Pero sin suplementos, sin revistas, sin ningún mapa de carretera, seguramente no sabríamos ni por dónde empezar el viaje. Son demasiados libros cada día como para prescindir de los mapas. Si hubiera menos libros, ¿perderíamos libertad o ganaríamos claridad? ¿Cuántos más libros mejor? ¿La libertad es un número? ¿Hay libertad sin números? Y sobre todo: ¿hay cultura sin industria? Todos deseamos una crítica independiente, pero, ¿es posible una crítica rigurosa y asidua sin ningún dinero de por medio? Y cuando falta el dinero, ¿no son el tráfico de favores, el intercambio de poderes simbólicos o el acaparamiento del espacio público del prestigio una forma paralela, sutil y nada inocente de mercantilismo? Y al mismo tiempo: ¿es realmente posible una crítica independiente del capital que la mantenga, o incluso capaz de oponerse a los intereses de dicho capital? ¿Son más libres los lectores y escritores de países en los que se publica poco? ¿Era más culta España cuando se publicaba menos? ¿Era menos culta Argentina cuando su brillante industria editorial estaba en su culmen entre los años 60 y 70? ¿Es mejor la industria editorial norteamericana porque publica más, o pese a que publica más? ¿Es posible evitar, en los países donde se publica muy poco, que las habitaciones de la casa se vuelvan protocolarias o se pueblen de burócratas, de inquilinos oficiales, de guardianes de la casa? Cuántas preguntas. Pero son preguntas que no están en venta.

12. En este asunto, igual que en otros, España atraviesa un momento paradójico. Nunca antes se había vivido en España un estado de histeria mercantil tan acusada como ahora, nunca se había visto había tanto afán y tanta urgencia mediática. Y, al mismo tiempo, quizá ninguna generación anterior había tenido el privilegio de acceder a tantas traducciones, tanta poesía china o portuguesa, tantas ediciones y estudios sobre el haiku, tantas versiones bilingües de Paul Celan, Rilke, Rimbaud o Emily Dickinson, tanta novela inglesa y francesa contemporánea, tantos autores transatlánticos, tanta posibilidad que puede pasar fugaz, desapercibida.

13. Sobre los forasteros de la casa: hoy en España se publican cada vez más autores latinoamericanos, en algunos casos incluso más que en sus propios países de origen. Pregunta malévola: ¿nuestro Señor Mercado está siendo para ellos una oportunidad o un aduanero? ¿Alguien que difunde o fiscaliza? ¿Alguien que une o divide? ¿Un síntoma de curiosidad o un intento de canon? Se acepta toda clase de respuestas educadas.

14. De acuerdo, el Señor Mercado no es en absoluto inocente. Pero nuestras lamentaciones tampoco. Quizás el límite en la convivencia con el Señor Mercado, la raya de tolerancia doméstica, sea esta: que sus inquilinos puedan mantener intacto el derecho a experimentar, a cambiarse de ropa, y hasta a ir en pelotas y a tientas por los pasillos.

15. Última tentativa de resumen: no es lo mismo esto que aquello, ni es lo mismo ocho que ochenta. Todos los libros están en el Mercado, pero no todos ellos son libros mercantiles. Siempre sobran las preguntas y nunca sobra el tiempo. ¿Quién me vendería un poco?


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