2007-07-21
27 caprichos sobre la Generación del 27
ANDRÉS NEUMAN



A la célebre meada grupal contra los muros de la Real Academia no acudió Cernuda, pero sí Dámaso Alonso. Esto demuestra que el primero era un auténtico inadaptado, y que el segundo era un serio candidato a dirigirla.

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Los poetas del 27 entendieron tan bien la vanguardia, que hicieron muchas metáforas y no cometieron casi ningún caligrama.

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Entre Kavafis y Lorca resumieron todos los viajes: hacia Ítaca se viaja, a Nueva York se llega.

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Gerardo Diego nació para el video–clip, Alberti para el cine y Lorca para el teatro. Curiosamente, su vigencia estética (igual que su talento) sigue el orden inverso.

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Jorge Guillén escribía demasiado bien como para confiar en lo que dicen sus poemas.

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Los del 27 fueron verdaderos patriotas: llenaron la poesía española de autores extranjeros.

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Que para varias generaciones de lectores Pedro Salinas haya sido el gran poeta del amor, por encima de Cernuda o Lorca, es algo de lo que la poesía en lengua española todavía no se ha repuesto.

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Lorca y Gerardo Diego firmaron la diferencia entre la audacia de la imagen y el empacho de la imagen. Lo mismo cabría decir (y que Alfred Nobel me perdone) de Emilio Prados y Vicente Aleixandre.

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Somos ya tantos licenciados, que hemos convertido a la Residencia de Estudiantes en una residencia de estudiantes.

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¿Quién sería nuestro Ortega y Gasset? Ay.

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Guillén sustantivo, Aleixandre adjetivo, Alberti adverbio, Salinas pronombre.

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Sólo al final de sus días, Emilio Prados escribió los mejores poemas de su vida. Será por eso que tantos poetas jóvenes se resisten a quererlo.

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A Lorca le tocó Lennon, y a Alberti McCartney.

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Como poeta, a Gerardo Diego le interesaban la mística y los chismes. ¿Cómo negarle la universalidad?

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Valéry mediante, Guillén demostró que traducir bien poesía consiste, muchas veces, en prescindir amorosamente del original.

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Juan José Larrea es el secreto más atrozmente guardado de su generación.

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Si el cónsul hubiera sido Vallejo en vez de Neruda, otro gallo hubiera cantado en la poesía española.

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Aventurándonos un poco, el peor verso del 27 podría ser: «donde chillan unánimes los escrupulillos de los cascabeles áureos». Y el verso menos erótico de su generación: «Mi corporeidad –mínima y acicular– es apta». Como es natural, ambos versos le pertenecen a Juan José Domenchina.

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Salinas se pasó media vida queriendo ser un poeta puro, y la otra media vida arrepintiéndose.

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Lorca y Cernuda, ellos solitos, le regalaron a España el romanticismo que llevaba cien años esperando.

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Al 27 le sobró Francia, no le alcanzó Inglaterra y le faltó Alemania.

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¿Por qué, siendo Quevedo bastante más que Góngora, los jóvenes poetas llevan casi un siglo tendiendo más a Góngora que a Quevedo? «¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde?»

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Si se es joven o esnob, resulta muy peligroso pasar de Cernuda a Guillén.

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Si uno lo piensa dos veces, la cita más radical del exilio español es esta de Cernuda: «o sea el deslizarse de unos versos a otros, que en castellano creo que se llama encabalgamiento».

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El canon poético, que es profundamente esotérico, prestigiará siempre a Lorca por haber sido un mal ensayista, y penalizará a Dámaso Alonso por haber sido un crítico excelente.

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En general, los poetas del 27 fueron mejores sufriendo que gozando. Eso es casi lo único que sus descendientes podríamos hacer mejor que ellos.

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El 27 nos legó diez grandes líricos y ningún buen político. Sospecho que eso explica muchas cosas.