2010-12-24
Fazer software
ANDRÉS NEUMAN



Los cambios nos dan miedo. Y cierta pereza (el monárquico diccionario también admite fiaca). Por eso solemos preferir las normas a las que ya estamos acostumbrados, aunque no todas sean razonables. Mucha gente se horroriza ante los cambios ortográficos propuestos por las academias de la lengua. Sin embargo, algunos me parecen atendibles. Pasar de quórum a cuórum, por ejemplo, continúa una evolución que viene dándose desde el latín vulgar. De hecho, si no seguimos escribiendo en latín es por miles de transformaciones como esa. La desaparición de las tildes en los monosílabos tampoco es nueva: nuestros abuelos escribían y fué. Simplificar y unificar, más que un capricho académico, es una tendencia interna de la lengua. Habrá quien eche de menos (el monárquico diccionario también admite extrañar) la exótica -q de Irak, como hace añares alguien pudo lamentar la desaparición de la bonita -ç. En fin, hablantes, ¿qué le vamos a fazer?

Un idioma no es un conjunto de reglas que permanecen estáticas al alcanzar la perfección, sino un sistema perpetuamente en marcha. Conviene mantener la perspectiva histórica. Y geográfica. El alemán acaba de reformar drásticamente su ortografía, causando trastornos mucho mayores. El francés padece una ortografía retorcida, tan apegada a sus etimologías que pocos franceses logran escribirlo correctamente. El español supo simplificarse, y no le ha ido tan mal. Pienso en la lengua como un milagroso software que, un par de veces por siglo, se actualiza levemente. Me sorprende que eso nos moleste tanto, mientras pagamos fortunas por utilizar sistemas operativos que se actualizan todos los días, y sin debates previos.

Eso sí, y aquí protesto: ¿qué hacemos con las tildes del adverbio sólo? ¿Las dejamos solas? Me acuerdo del verso de Machado: «Quien habla solo espera hablar a Dios un día». Sin tilde, el verso es irónico. Con tilde, el pobre Machado se nos vuelve religioso. ¡Qué distinto es hablar solamente y hablar solos! Lo primero lo hacemos cada día los hablantes. Lo segundo ojalá no lo hagan nunca los académicos.