2010-07-17
El equipaje de Saramago
ANDRÉS NEUMAN



Pienso en Saramago, en las contradicciones que me despierta. Tenía el don de narrar con la avidez del habla, como si cada libro saliera de una conversación, y unas ambiciones sabiamente matizadas por el humor. Es difícil leer Ensayo sobre la ceguera sin quedarse impresionado. Difícil no aplaudir el primer cuento de Casi un objeto, malabarismo cuyo único argumento es una silla que cae, que no termina nunca de caer. La silla de un dictador. Un dictador como otro con el que, durante décadas, simpatizó Saramago. Hasta que tuvo la integridad de escribir un artículo rechazando los atropellos del castrismo. A otro brillante Nobel de su generación ni se le ocurriría.

Pienso en la admirable vitalidad de su vejez, en el respeto que inspiraba. Saramago es uno de los autores preferidos de mi padre. Y me pregunto si en mis reparos no habrá algo profundamente generacional. Profundamente político. Que no tiene que ver tanto con las adhesiones a determinadas causas, sino con algo menos contingente. Con el lugar del discurso. La perspectiva de la voz. Saramago era un escritor pedagógico, admonitorio. Tenía una certeza y sentía la misión de transmitirla. Alguien dirá que eso se llama compromiso. Otros opinamos que comprometerse implica dudar, no estar seguro. Desconfiar, como ciudadano, de las grandes proclamas. Incluidas las propias.

Muchos jóvenes autores, me parece, no desean huir de la política, sino de la superioridad moral. Eso nos llevaría a discutir la función pública del escritor, que hasta hace poco tendía al mesianismo. Al intelectual alzando la voz desde un púlpito laico y a sus lectores feligreses dejándose guiar. Jamás he creído que los escritores deban ser apolíticos. Al revés: ojalá a todos los gremios se les supusiera una opinión, unos deberes cívicos. Lo cual impediría la existencia de minorías especializadas en el compromiso.

Una vez vi a Saramago en un aeropuerto. Hacía cola, erguido. Me llamó la atención que en ningún momento apoyara su maleta en el suelo. La levantaba como una cuestión de principios. Saramago fue un hombre que no soltaba su equipaje. Pero que tuvo la fuerza para sostenerlo.