2010-09-11
El pichifogwill
ANDRÉS NEUMAN



A Fogwill se lo puede valorar desde la axiología o la axilogía. Desde el juicio riguroso (que demandan sus libros) o desde la ocurrencia frívola (que provocan sus gestos). Solemos leerlo a la luz del personaje, lo que no deja de ser una tentación romántica. Y una contradicción: pocos personajes tan contrarrománticos. La seducción irritante de su figura nos distrae de la seriedad de su obra. Sobre todo en una literatura como la argentina, que tiende a construir su iconografía con las poses más que con los textos.

Mejor hacer algo infrecuente: traicionarlo para bien: omitir al personaje: concentrarse en su obra. (Siempre me ha fascinado cómo puntuaba Fogwill.) Existe un sonido pichifogwill. Que brilla en su sintaxis de abstracción oral. En su coloquialismo con destellos lujosos. En su atención quisquillosa a las cosas. En ese ruido interior que detiene la acción y atraviesa los espacios del texto. Un recurso de cuentista, muy presente también en novelas como En otro orden de cosas, que exagera y explicita el control obsesivo del lenguaje. Su narrador padece la compulsión del cálculo. Y, claro, la alienación política. Al otro extremo de sus tonos, vuela esa maravilla de poesía, humor y autoexégesis llamada Muchacha punk.

Recuerdo mi sorpresa al leer Los pichiciegos, después de tanto oír sobre ella. Me extrañó encontrarme con una magistral novela realista, cercana a todo eso contra lo que, más tarde, su autor se declararía. Los diálogos de la novela suenan fidelísimos, un poco vargallosianos. La narración es de un costumbrismo oscuro y sólo ocasionalmente alucinado, como en la impresionante escena donde los pichis celebran los bombardeos ingleses como una atracción de circo. Todo lo demás, incluidas las descripciones del frío, el dolor o el miedo, es de una compasión y una sobriedad apabullantes. Por eso Los pichiciegos es una de las mejores novelas de guerra (o en guerra) escritas en español. Porque, como explica el narrador al final de la primera parte, «esas cosas, de la cabeza, en una vida, no se borran así nomás». Un escritor tan grande, tampoco.