2010-01-09
Lento epitafio (para José Viñals)
ANDRÉS NEUMAN



Últimamente hablamos sobre muertos. Pero leer es eso: conversar con la muerte, escuchar a gente que ya no habla. No sé cuántos recuerdan en Argentina al poeta José Viñals, que nació en Corralito, Córdoba. Sí sé cómo lo recuerdan. Quienes lo conocieron podrán evocarlo con una intensidad parecida a la de su voz resonante, con el mismo fulgor de sus metáforas.

Viñals fue mi primer maestro. Yo tenía 15 años, esa edad a la que uno no le hace caso a nadie pero tanto necesita consejos, referentes. Los fines de semana viajaba hasta Jaén para visitarlo. Esos sábados para mí eran una fiesta. Madrugaba lleno de ilusión, temor y expectativa, como quien va a entrevistarse con el misterio. Él revisaba mis mamarrachos y me aconsejaba libros que yo iba a buscar corriendo. Me enseñó a corregir cada coma, a preguntarle al personaje, a ser respetuoso con la gramática y atrevido con la forma. El primer día me dijo: «más importante que los textos que traigas es el hombre que los vaya escribiendo». Yo asentí confundido.

Además de su formidable poesía, Viñals publicó cuentos como Ojo alegre y viejísimo, o novelas como Padreoscuro, que valdría la pena reeditar. Este año en Pre-Textos aparecerá un libro póstumo, Pan. Siempre hizo vida nómada, en parte por violencias de la historia y en parte por una vocación itinerante que lo llevó a alquilar innumerables viviendas en Buenos Aires, Bogotá, Madrid, Jaén, Valencia, Málaga. Pienso que se mudaba para empezar a escribir de cero. La última vez que lo vi me recibió con sus ojeras de oso, su irrenunciable copa de coñac y su máquina de oxígeno. Le pregunté cómo se sentía. Viñals me contestó que a veces se sentía atado a diez metros de cable. Pero que, otras veces, pensaba en la ecuación del radio y la circunferencia y le salían más metros. Nos despedimos con un abrazo que ambos percibimos como significativo y ambos procuramos desdramatizar. Yo le dije: «¡Descanse, general!». Él exclamó: «¡Descanso general, eso voy a tener!». Mientras salía a la calle, me acordé de un verso suyo: «con lenta prisa escribo mi epitafio». Pero haber escrito tanto es haber muerto un poco menos.