2009-12-12
Ventana y ventanilla
ANDRÉS NEUMAN



La actitud de Andahazi, que renunció a viajar a la feria de Santiago tras unas ignorantes declaraciones del embajador argentino, me pareció coherente y admirable. Lo que escribe Andahazi me resulta menos admirable y a veces contradictorio.

En la revista española Mercurio, Andahazi se lamenta de ser tan traducido y tener que viajar tanto. Más allá de su estilo (que tiende a confundir la elegancia con la perífrasis), el artículo narra la llegada del autor a Zagreb y su viaje en tren por Croacia. Su editor accede a acompañarlo, conjetura Andahazi, «tal vez porque le resultó una suerte de oasis en medio de su rutinaria existencia». Lo extraño es que el autor comenzaba el artículo con un elogio de su propia rutina: «soy dueño de un sedentarismo kantiano. Si de mí dependiera, jamás me movería de Buenos Aires».

Tras contemplar por la ventanilla del tren los horrores que la guerra ha dejado en el país, Andahazi llega a Karlovak. Viendo el estado ruinoso de las viviendas, le pregunta a su acompañante «para qué me llevaba a una ciudad destruida, a quién podía importarle un libro en medio de semejante devastación». Presentar una novela ahí, concluye, «me parecía un acto de frivolidad». Esta idea bien intencionada contiene una peligrosa poética: la literatura como pasatiempo, como ocupación amable para tiempos de bonanza. Lo frívolo sería pensar que un país destruido no necesita, entre otras cosas, del arte para reconstruirse. Berlín es un buen ejemplo. Al acto de Karlovak acudió mucha gente: la librería estaba llena.

El gran poeta bosnio Izet Sarajlic, que sufrió el bombardeo de Sarajevo, perdió a sus hermanas y enviudó, escribió desde su casa asediada que lo que más quería era escribir «poemas amorosos de posguerra». El dolor deja huecos acuciantes que la palabra ayuda a identificar. A veces creemos denunciar la miseria y, sin darnos cuenta, la simplificamos. Para eso también sirve la literatura: para tratar de entender la compleja amplitud de la realidad, en vez de reducirla. Para abrir la ventana, y no para mirar por la ventanilla.