2009-10-24
Hueso memoria (la fosa de Lorca)
ANDRÉS NEUMAN



Vivo en Granada, donde todos los días se menciona (o se calla intensamente) el asesinato de Lorca. Una ciudad que se enorgullece y se avergüenza al pensar en su hijo ilustre. Una ciudad llena de referencias lorquianas, que tardó medio siglo en dedicarle un parque y todavía le debe una calle. Quizá Lorca se habría reído de esa calle. O habría llamado a sus amigos para mear en ella, como hicieron con una pared de la Real Academia. Pero para reírse, o para mearse, hace falta tener cuerpo.

Escribo como España lleva viviendo 70 años: sin saber todavía qué pasó exactamente. Por aquí se debate si remover fosas abre viejas heridas o las desinfecta. Priscilla Hayner acaba de publicar el libro Verdades innombrables, donde narra su experiencia internacional en rescatar memorias de la represión. Pienso en un valioso ensayo argentino, Nombrar lo innombrable, de Fernando Reati, y en cómo hay silencios que ocupan el lenguaje. Las dictaduras siguen hablando cuando se cambia de tema. Eso lo sabe mi generación: casi no nos acordamos de la infancia que nos tocó.

Antes del alivio, explica Hayner, se negocia con el miedo. Miedo a un dolor aplazado y a unos ausentes que no son muertos, sino fantasmas. El recuerdo de Lorca es dos veces fantasmagórico: no tenemos sus huesos ni tampoco su voz, insólitamente perdida en los archivos sonoros. La familia del poeta se opone al desentierro, entre otras razones, por temor a que después las demás víctimas del barranco de Víznar sean olvidadas. Pero nada impide que, tras cumplir la voluntad de las familias que piden identificar a los suyos, los restos de Lorca se mantengan donde están, recordatorio colectivo incluido.

En realidad, objetan sus descendientes, no hay certeza total de dónde lo enterraron. Precisamente ese podría ser otro motivo para comprobarlo. Saber que no se sabe me parece más una tortura que un descanso. Ni queremos, añaden, espectáculos morbosos. Por desgracia, el mayor espectáculo está sucediendo ahora: las dudas, los recursos legales, las especulaciones sin fin. Si la fosa de Lorca no se abre, algún día las circunstancias de su fusilamiento se convertirán en remota leyenda, en versión opinable. Y entonces alguien podrá decir que el hecho jamás se demostró. Que las cosas no pasaron necesariamente así. La ciudad necesita esa catarsis. Granada, escribió Lorca, no puede salir de su casa. Algunos muertos tampoco.


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