2010-03-01
Rimbaud, el póstumo precoz
ANDRÉS NEUMAN



Cuesta leer a Rimbaud. No porque su poesía sea oscura: de hecho, es bastante explícita. Sino porque está tan interferida que casi todas nuestras opiniones sobre la poesía de Rimbaud son recuerdos de opiniones ajenas.

Se ha citado hasta el hastío «Je est un autre». Frase que no procede de ningún poema de Rimbaud, sino de una carta que le envió a Demeny, poeta cuya pervivencia se debe al hecho de haberla recibido. En un acto de fe, aceptemos que dicha frase no fue un desliz, fruto del apresuramiento con que el adolescente caligrafió las cuartillas. Aceptemos también leer la Carta del Vidente como un ensayo donde, según Pierre Michon, las ideas poéticas que pululaban desde hacía tiempo se exponían «de forma más convincente, más juvenil, más belicosa». Bueno. ¿Y qué demonios significa «Yo es otro»?

La idea, ciertamente, tiene su tradición. Que va desde el Quevedo de «soy un fue, y un será…» hasta la saga Alien, pasando por la fantasía del Doppelgänger o el Dr. Jekyll. En Una temporada en el infierno, único libro que Rimbaud vio publicado, el desdoblamiento se convierte en recurso absoluto. Su desdoblamiento es temporal, espiritual y espacial: el poeta era y sigue siendo, cree y descree, está pero se ha ido. Rimbaud siempre fue otro porque su discurso se basa en la negación interna, la autocontradicción permanente. Su obra entera es de ida y vuelta. Como el alumno 10 que provoca su expulsión, sus textos plantean combates entre un modelo sagrado y su parodia salvaje. Más que «un ángel en manos de un barbero», según el memorable autorretrato de Oración de la tarde, Rimbaud fue ese barbero que rapaba, o degollaba, las más delicadas herencias.

Pero «Yo es otro» también es un inteligente procedimiento narrativo. Pese a los mitómanos, el joven prodigio era de una autoconsciencia apabullante. En el monólogo de El esposo infernal, Rimbaud es retratado por un Verlaine travestido, que a su vez es retratado por el propio Rimbaud. «Yo le prestaba armas, otro rostro». Rimbaud habría podido ser un brillante narrador. Su poesía tiene una desafiante coloquialidad. Tiende a crear personajes y reproducir sus puntos de vista. E incluso a provocar efectos sorpresa. Ahí esta la calculada maravilla de El durmiente del valle, su sobresalto final: «con dos boquetes rojos en el lado derecho». Rimbaud poseía una capacidad de observación tan fabulosa como su don visionario. La precisión descriptiva está desde el principio en sus poemas.

Otro malentendido confunde el alegato “Hay que ser absolutamente moderno”, perteneciente al libro donde anuncia su deserción. Descontextualizadas como lema de vanguardia, esas palabras no eran un manifiesto poético ni una declaración estética. Eran más bien lo contrario: una profecía sobre el fin de toda estética. «¡Debo enterrar mi imaginación!», proclama el poeta, «¡me veo devuelto al suelo, obligado a buscar un deber y abrazar la realidad (…)! Hay que ser absolutamente moderno. Nada de cánticos». La modernidad de la que habla Rimbaud, con más seriedad que ironía, se refiere a la productividad, la riqueza y la ciencia. Artista mercúrico, Rimbaud empezó ofreciendo tesoros y milagros que nadie le compró. «¡Atención!», pregonaba en Noche infernal, «¿Queréis? Fabricaré oro, remedios». Primero fue la alquimia del verbo. Después fue la del oro y el marfil.

Gracias al investigador Charles Nicholl hoy sabemos que Rimbaud jamás comerció con esclavos en África, sino con diversos productos, entre ellos armas e instrumentos de precisión. Allí siguió dedicándose a negociar con lo inexplorado. Precoz incluso para ser póstumo (la primera edición de las Iluminaciones lo consideró difunto cinco años antes de su muerte), es imposible releerlo sin sentir que el genio de Rimbaud llegó demasiado temprano a sí mismo.


(revista Mercurio, nº 119, marzo de 2010)
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