2007-07-28
Sexo real (la viñeta de El Jueves)
ANDRÉS NEUMAN



Españoles. Nuestra amada monarquía, y esperemos no tener que volver a debatir tan infamante cuestión, no tiene sexo. Ni un poquito. Nada. Carece tanto del mismo como Blancanieves, Heidi o Margaret Tatcher. La monarquía española no tiene anatomía, sino estructura. No tiene deseos, sino misiones. Sus órganos no son reproductivos, sino oficiales. Y sobre todo, válgame Luis XVI, jamás se ha reído con un chiste verde. Porque el humor de mal gusto, españoles, debe tener lugar donde le corresponde: en el Congreso de los Diputados. Una cosa es llamar frente a todas las televisiones nacionales, por poner un ejemplillo, cómplice terrorista o traidor de muertos a un presidente del Gobierno, que eso vaya y pase, porque tampoco es nada del otro Jueves. Y otra cosa bien distinta es que una revista de caricaturas subversivas dibuje a los Príncipes de Asturias sin sus respectivos atuendos oficiales. Ahí ya sí, españoles, que pasamos de castaño oscuro. Menos mal que todavía hay jueces con sentido de la proporción.

Que quede entonces claro. O nítido, que es esdrújula. Los miembros de la realeza (y no se me malentienda, que también hay jueces malpensados) nunca practicarán posturas indecentes: sólo buscan equilibrios institucionales. Jamás comparten carne ni flujos en el lecho: intercambian preocupaciones por la estabilidad de la Nación. La monarquía española, no me canso de decirlo, está tan por encima de los comentarios soeces que, de vez en cuando, aterriza encima de ellos y los aplasta sin querer. Pero esos accidentes ocurren, cómo expresarlo, por su propia grandeza. O sea, por la natural dimensión de sus miembros.

A la realeza, por poner un ejemplillo, no la vulgarizan la compra y venta de cotilleos familiares, los programas basura de la tele, los documentales hortera, el espionaje de los paparazi, los primeros planos de sus lágrimas íntimas. Todo eso podemos tolerarlo, porque además es publicidad gratis (para ellos). El prestigio de la monarquía española no lo rebajan las revistas del corazón, pues como es bien sabido el corazón se localiza de cintura hacia arriba. Lo que denigra a la primera institución de nuestra democracia no son tampoco las caricaturas en sí mismas, porque ya se le han dedicado millones. Lo que realmente denigra a la monarquía, españoles, es que se nos insinúe que sus integrantes hacen a solas lo mismo que los millones de plebeyos que los admiramos. Por eso no toleraremos que ningún maleducado retrate a Sus Altezas haciendo algo tan privado en público. O, según cómo entendamos el contenido de la canalla viñeta, haciendo en privado algo tan público.

Hemos leído por ahí a algunos incautos objetando: «pero es que la realeza está compuesta de personas públicas que, además, viven precisamente de serlo, que viajan en loor de multitudes o hasta se casan en directo por televisión. Y como tales, por lo tanto, deberían estar expuestas a las mismas vicisitudes propias de la libertad de prensa y expresión que afectan al resto de las grandes figuras políticas de nuestro país, incluyendo a diputados, ministros o presidentes, siendo todos ellos tan o más importantes que la familia real para nuestra democracia». Pero estos argumentos son tan necios, tan poco sensibles hacia la esencia de nuestro Estado, que preferimos dejarlos sin respuesta. Hay cosas que el buen gusto aconseja silenciar.

Nuestra monarquía, compatriotas, es un bien común que debemos subvencionar, venerar y proteger entre todos, séase conservador o comunista, monárquico o republicano. Que para caricaturas guarras ya están los líderes de ciertos partidos, o en su defecto sus guiñoles. Así que prudencia, españoles, y esperemos que estos deslices no vuelva a repetirse. Censúrese y archívese. Viva el Rey.