2007-07-14
Modos de despedirse

Modos de despedirse
Andrés Neuman

El verano es el tiempo del descanso, aunque no necesariamente del alivio o la alegría. Recuerdo por ejemplo un par de paradójicos veranos en mi adolescencia, cuando las ganas de acabar el curso se confundían con el temor a que el paréntesis vacacional rompiera algún fugaz noviazgo. Me recuerdo en julio o agosto despidiéndome, despidiéndome varias veces de esos frágiles amores que se intercambian promesas con la boca inocente de los quince años, o de esas amistades que sellan hermandades eternas que duran lo que duran los exámenes. Me recuerdo no solamente yendo a piscinas de carnes misteriosas, a partidos de fútbol abrasadores o a playas familiares. Sino también escribiendo las largas cartas con las que todo joven descubre asombrado su ombligo, o planeando la manera de visitar a los amigos o amores de los que el calendario me había separado.

Por razones personales, tengo la sensación de que buena parte de mi vida ha consistido en aprender a despedirme. Aunque, bien pensado, en eso se resume el aprendizaje de cualquiera vida: en darles a las cosas la bienvenida que merecen, y despedirlas más tarde con la debida gratitud. Sospecho que nadie logra esa maestría antes de la vejez, que es el tiempo en el que ya nada importa demasiado y todo importa más que nunca. Si hago memoria desde mi infancia emigrante hasta la actualidad, puedo reconocer una hilera continua de despedidas, unas mayores y otras minúsculas. Y, en esa sucesión de adioses cuya longitud se parece al rastro de lo andado, distingo cuánto he cambiado a la hora de despedirme.

Antes, cuando volvía a mi ciudad natal y a la gente con la que había crecido, sentía que era yo el que terminaba siempre despidiéndose de todos. Ahora, no sé muy bien por qué, tiendo a tener la impresión de que son los demás quienes se despiden de mí. Eso me ha hecho más resistente, o más acostumbrado, para las despedidas. Ignoro si tal cosa es buena o mala. Uno pierde cierto temor a soltar la maleta, pero también la agradable certeza de que su contenido le pertenece.

Los aeropuertos son el escenario aséptico de las más desgarradoras separaciones. Si pienso en cómo se ha modificado mi actitud en los aeropuertos a lo largo de los años, me doy cuenta de que el viajero que sigue facturando con mi nombre no transporta el mismo equipaje. Al comparar los primeros regresos a mi ciudad natal con los regresos más recientes, se me ocurre que he pasado –por así decirlo– de despidiente a observador. De arrebatado protagonista de mis propias despedidas, a testigo curioso de las despedidas ajenas. Esto lo descubrí la última vez que pisé el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, cuando en lugar de conmoverme con mi propio adiós, me sorprendí a mí mismo observando con verdadero interés las despedidas de otros pasajeros que se hallaban a punto de pasar a la zona de embarque y se abrazaban, lloraban, intercambiaban bendiciones con los suyos.

Es cierto que en aquella ocasión yo iba solo, lo cual me inclinaba a la siempre fascinante contemplación del prójimo. Pero aquella no era la primera vez que me encontraba a solas en el aeropuerto, y nunca antes había sentido una ligereza semejante y tan tranquila disposición a detenerme en las emociones vecinas. Dudando todavía acerca de estas conclusiones, accedí a la zona de embarque y pronto obtuve una confirmación involuntaria: siguiendo mi costumbre, me dirigí a un teléfono con el propósito de consumir las últimas monedas locales en una llamada a algún ser querido. Hasta aquel viaje siempre, sin excepción, esa llamada había sido a algún teléfono de la ciudad que estaba a punto de dejar. Eran, en definitiva, llamadas para decir adiós. Entonces, sin pensarlo, como un acto reflejo del que sólo después me haría cargo, marqué un número de la ciudad en la que vivo ahora. Acababa de hacer, sin darme cuenta, una llamada para decir hola. Las maneras de irse cambian tanto como los que se van.