2007-07-07
Nacionalismo, papanatismo
Nacionalismo, papanatismo
Andrés Neuman

«Como en mi pueblo no se está en ningún sitio» puede ser, en teoría, el resumen de la experiencia de un viajero o el tópico al que se aferra quien no ha salido, ni quiere salir, de su pueblo. En la práctica, me temo que esta idea la repiten casi siempre estos últimos.

Chrétien de Troyes, el gran narrador y viajero francés, dijo hace casi mil años que quienes creen que su lugar de origen es su única patria sufren grandes desengaños. Que los que en cambio saben que cualquier lugar podría ser su patria, aprenden grandes cosas. Pero que los más sabios eran quienes comprendían que la patria nunca está en un lugar único. Por eso, cada vez que escucho un razonamiento político basado exclusivamente en las bondades de lo local, tengo la sensación de que intentan engañarme.

Hace unos días, Rodrigo Rato anunció que dejaba su cargo de director gerente del Fondo Monetario Internacional. Manipular todo el dinero del planeta debe de fatigar bastante. El caso es que el hombre (aunque me consta que en Latinoamérica es visto como un hombre antipático, inflexible y poco solidario con la situación económica de los países pobres) se marcha con el prestigio personal intacto, y eso ya es mucho decir. Pues bien, nada más anunciar Rato que se marchaba del no muy patriótico FMI, algunos miembros del Gobierno se apresuraron a lamentar su renuncia con extraños argumentos nacionales. José Blanco, que es un señor tan inquieto como Chrétien de Troyes pero bastante menos imaginativo, explicó conmovedoramente cómo «a los socialistas, como patriotas españoles, nos hubiera gustado que Rato cumpliese con su mandato, puesto que no hay tantos españoles en cargos de responsabilidad en el ámbito internacional». Pero ni Blanco, ni la vicepresidenta de la Vega, ni en realidad ningún portavoz político que yo sepa, se detuvo a hacer un balance de la buena o mala gestión de Rato al frente de tan importante organismo. No. Lo que les daba pena a todos, lo que más importaba del asunto, era que renunciase siendo español. Intuyo que, si algún día Rato gana las elecciones, a Blanco se le olvidará lo españolísimo que es.

Al mismo tiempo que Rato nos dejaba patrióticamente desconsolados con su renuncia, el paladín Ibarretxe exigió el traslado a Euskadi del Guernica de Picasso. El argumento de Ibarretxe era (por decirlo de alguna forma) asombroso: «las llamas del cuadro», dijo, «son las llamas de las casas de Guernica». No se pidió el traslado del delicado lienzo porque pudiera conservarse mejor o peor que en Madrid. No era tampoco porque el cuadro atraería a muchísimos turistas, aficionados al arte y electores. Qué va. Era porque el cuadro se llama ‘Guernica’, y Guernica está en Euskadi. ¿Promoverá Ibarretxe el traslado de ‘Las damas de Avignon’ a Avignon? ¿Cuántos cuadros tendrá ilegítimamente el Guggenheim, es un decir, con paisajes franceses? ¿Le darán a Ibarretxe una cátedra de teoría del arte en Deusto? Por lo visto, Picasso no pintó un símbolo universal o un alegato pacifista. Lo que pintó Picasso, a ver si nos enteramos, fueron las casas de Guernica, con direcciones, nombres y apellidos. No tomó aquel terrible bombardeo como pretexto para reflejar el dolor humano y la monstruosidad de las guerras. No se inspiró en un trágico acontecimiento reciente (el cuadro fue colgado por primera vez en la Exposición Universal de París en el 37) para mostrarle al mundo una imagen permanente de la destrucción, la muerte y la injusticia. No: Picasso estuvo en Guernica mismo, fotografió lo sucedido, copió las fotos pincelada a pincelada, y en ningún momento pensó en otra cosa que no fuera Euskadi, ni quiso que nadie que contemplase el cuadro setenta años después pensara en nada más.

Ahora bien, ¿podía un malagueño pintar un símbolo vasco y compartir patria estética con Euskadi? Según Ibarretxe (y en eso estamos de acuerdo), sí. Entonces, ¿podría el pueblo de Guernica sentir su memoria sublimemente representada a través de una obra maestra expuesta en Málaga o Madrid? Según Ibarretxe, eso jamás. La única duda que me queda es si, según estas teorías estético–locales, Picasso fue completamente vasco mientras pintó el Guernica, o si como malagueño logró ser hasta cierto punto vasco sin ser español al mismo tiempo, o vaya usted a saber. Semejantes delirios demagógicos no los entendería ni Dalí.

Mario Vargas Llosa (gran maestro literario de cuyas apreciaciones políticas suelo discrepar) declaró esa misma semana que «el nacionalismo es la cultura de los incultos». Es un honor poder coincidir con él. Una cosa es sentirse orgulloso de la propia tierra, y otra distinta es ser incapaz de hacer autocrítica o de reconocerse en las virtudes de los demás lugares. Al menos eso pienso. Claro que, si yo hubiera escrito este artículo en mi pueblo, me habría explicado muchísimo mejor.