2007-06-02
La encuesta de la encuesta
La encuesta de la encuesta…
Andrés Neuman


... de la encuesta. ¿No tienen ustedes la sensación de que vivimos en permanente estado de sondeo? En teoría, los estudios de opinión sirven para reflejar la realidad ciudadana. Pero, como hace tiempo que hay más encuestas que opinión ciudadana, empiezo a sospechar que los ciudadanos existimos para reflejar la realidad virtual de nuestras estadísticas.

Desde las últimas elecciones generales, que tuvieron lugar hace apenas tres años, hemos soportado estoicamente las interminables campañas y precampañas de la Constitución europea, el Estatuto andaluz (¡y el catalán, collons!), las elecciones municipales en toda España, las elecciones en comunidades como la de Madrid... y agárrense, que ahí vienen otra vez las generales. Semanas antes del inicio de las campañas municipales, las empresas encuestadoras comenzaron a chorrear datos sobre nuestra hipotética intención de voto. Finalizada la campaña, antes de que se iniciara el recuento de papeletas, los medios se apresuraron a difundir los resultados de los sondeos a pie de urna, que vienen a ser el absurdo intento de adivinar muy aproximadamente lo que sucederá de forma exacta e inexorable sólo cuatro o cinco horas después. Durante el recuento mismo, todos nos sentamos a escuchar como zombis las cifras provisionales, que iban modificándose según avanzaba el cómputo. Ahora, a la semana siguiente de haber ido (o no ido) a las urnas, en plena resaca poselectoral, el CSIC acaba de obsequiarnos con una nueva estimación de lo que se supone que votaríamos en las próximas elecciones presidenciales. Si a ello le sumamos las continuas encuestas de opinión que se han sucedido a lo largo de la presente legislatura (constitucionalidad o no del Estatut, verdades o mentiras sobre el 11-M, negociación con ETA bien o mal, prisión atenuada para De Juana correcta o incorrecta, trasvases fluviales justos o injustos, etcétera, etcétera), la conclusión es clara: las estadísticas abusan de nosotros. No nos orientan: nos vigilan, nos presionan, nos impiden respirar. Los estudios estadísticos ya no son una herramienta de comprensión y análisis de la realidad, sino incansables instrumentos publicitarios cuyo objetivo es influirnos, condicionarnos según los intereses de quien los encargue.

Hoy en día a los manipuladores se los reconoce por su tendencia compulsiva a justificar sus puntos de vista afirmando: «no lo digo yo, lo dicen las estadísticas». La paradoja es que cualquiera que intente seguir con atención las distintas estadísticas sobre el asunto que sea, se topará casi siempre con su capacidad para confirmar al mismo tiempo esto y lo otro, una idea y la contraria. Lo mismo ocurre con los balances electorales de los partidos. La clase política lleva tiempo preocupándose por la abstención y preguntándose por las razones del hastío de los votantes. Mientras los señores políticos dan con la fórmula de la coca–cola, mi humilde sugerencia sería la siguiente: pónganse ustedes a régimen. Prueben a abstenerse de encargar encuestas o de hacer campaña por algo durante un añito. Sólo eso. Ya verían cómo aumenta nuestra curiosidad. Hasta no hace mucho, las campañas electorales venían a interrumpir la verdadera acción política. Ahora la acción política verdadera parece un paréntesis entre campaña y campaña.

Encuestas. Proyecciones. Sondeos. Barómetros. Termómetros. Pulsómetros. El mayor marketing del presente es la política–ficción. Como si se tratase de un Gran Hermano a escala masiva, el estado de sondeo permanente nos empuja a no hacer nada mientras contemplamos, anestesiados, las proyecciones de lo que se supone que haríamos o haremos. Las encuestas son un invento democrático que, utilizado con sensatez y honestidad, contribuye a dar voz a los ciudadanos y a orientar a los gobernantes. Utilizadas a la velocidad y el ritmo de hoy en día, en cambio, las infinitas encuestas circundantes nos dejan sin intimidad para pensar, sin espacio para que se gesten las opiniones que en teoría las nutren, sin tiempo material para que se produzca la realidad que supuestamente ha de ser retratada. Como una cámara enfocando día y noche el vacío, o enfocando a otra cámara. Cuando se le ocurrieron a Andy Warhol, esas cosas tenían su gracia.