2007-05-26
Utilidades del voto
Utilidades del voto
Andrés Neuman


Como en cada víspera de elecciones, en los últimos días viene hablándose del llamado voto útil. A bote (o voto) pronto, más allá de las coyunturas electorales, cabe señalar que semejante denominación es una sospechosa redundancia. Que sugiere, además, que en una democracia existen los votos inútiles. Si de verdad estamos convencidos (yo por lo menos sigo estándolo) de que la izquierda se define entre otras cosas por su sensibilidad hacia las minorías y los sectores menos favorecidos, entonces el razonamiento que divide los votos en útiles e inútiles sería más bien de derechas. Nadie que vote en conciencia por un partido minoritario está opinando en vano, sino defendiendo su legítimo derecho a discrepar y a creer en otra política, en otros principios diferentes a los de las siglas dominantes. Esa es la esencia misma de la democracia: la creación de espacios, discusiones y alternativas. Si un gran partido quiere atraer a los simpatizantes de otras agrupaciones más pequeñas, el camino es muy sencillo: incluir desde un principio, en sus programas y acciones públicas, aquellas ideas, propuestas e inquietudes por las que luchan dichas agrupaciones. Esgrimirlas con convicción. Dejar claro que forman parte de sus objetivos reales. E incluir a personas y colectivos que las defiendan rigurosamente. No me cabe duda de que, entonces, el electorado sensible a esas reivindicaciones mostrará un interés legítimo: nadie vota por capricho a un partido que no gana o que carece de concejales. Es bonito ganar. A todos nos encanta. Pero, en una contienda política seria, uno aspira a que ganen sus ideas o lo más parecido a sus ideas. Por eso las propuestas políticas deben acercarse al votante, y no viceversa.

En una democracia madura todas las decisiones ciudadanas son útiles. Incluso la abstención lo es, porque hace las veces de termómetro político y mide en cada momento la capacidad de convocatoria de los partidos teóricamente más representativos. Desde luego, en un país que no siempre ha gozado del privilegio de las urnas, no acudir a votar podrá ser una lástima, una oportunidad perdida o un frustrante acto de silencio en el momento de tomar la palabra. Pero no es inútil, porque significa algo. De igual modo, cuando un ciudadano deposita en las urnas un voto minoritario, lo que está haciendo es algo tremendamente útil: fomentar las opciones, expresar una voluntad de cambio, contribuir al ecosistema ideológico, advertir a los grandes partidos de las nuevas preocupaciones y necesidades del electorado. Penalizar esa postura sería resignarse a un bipartidismo radical, a una bipolarización asfixiante.

Claro que sé, o me temo, quiénes ganarán mañana en muchas capitales españolas. No será con mi voto. Pero, si así sucede, habrá que aceptarlo con deportividad y respeto democrático (valores que el PP nacional no ha sabido mostrar en esta legislatura). A mí me apena que las ciudades estén en permanente y delirante construcción para beneficio de unos pocos; que se destrocen árboles, campos y playas con toda impunidad; que se especule incansablemente con los presupuestos urbanísticos; que no se fomente más la vivienda protegida y el empleo joven; que se siga expulsando a las clases medias del centro de las capitales y se encarezca su suelo hasta que sólo puedan pagarlo los amigos del constructor o del partido que más construye. Tampoco se me escapa, como es obvio, que la fragmentación del voto que va del centro a la izquierda beneficia electoralmente a los mismos de siempre, pues muchos de sus votantes suelen apoyar a priori a sus candidatos sean quienes sean y hagan lo que hagan, como si la autocrítica o la discrepancia interna fuesen un problema, en lugar de una virtud y una libertad. Allá cada cual. Yo prefiero que el voto sea una idea, no un asentimiento. Que simbolice la ilusión por cumplir unos principios, no la costumbre de sumar una cifra. Al fin y al cabo eso es lo que dignifica el sistema del sufragio universal, que sigue siendo el menos imperfecto de todos, y lo que hace que uno acuda orgulloso a depositar su papeleta, sea cual sea, en cada cita electoral.