2007-03-31
Tres resurrecciones
Tres resurrecciones
Andrés Neuman

Como si se desplazase en un péndulo desde el todo a la nada, del microscopio al cañón, el futuro de la especie humana parece lleno de muertes tempranas o injustas, pero también de vidas inesperadas o milagrosas.

Hace algunas semanas, un juez autorizó a una mujer de Valencia a ser fecundada con el semen de su difunto esposo, fallecido un año atrás en un accidente de circulación. Antes del accidente, de común acuerdo con su mujer y ante un abogado, él había suscrito un premonitorio testamento de voluntades, entre las cuales se contemplaba la siniestra (pero por lo visto razonable) posibilidad de que al morir se le extrajera el semen y se almacenase congelado. La resolución judicial, basada en aquel precoz documento, constituye uno de los primeros casos de aplicación de la ley estatal 14/2006 (que regula las técnicas de reproducción asistida) y carece de jurisprudencia en España.

Habrá quien considere que el asunto roza la necrofilia. A mí, personalmente, me parece impecable: nadie fuerza la voluntad de nadie. Si se piensa dos veces, es más ético extraer semen de un difunto con su consentimiento previo, que hacerlo con un hombre vivo a sus espaldas. Quevedo lo habría llamado «amor constante más allá de la muerte». Si las familias ejecutan toda clase de instrucciones económicas o profesionales cuando pierden a sus seres queridos, ¿por qué no iba a cumplirse un anhelo tan humano, natural y constructivo como el de la paternidad? Este caso nos lleva a una extraña conclusión: en nuestra sociedad hiperplanificada (donación de órganos, herencias pormenorizadas, pólizas múltiples, hipotecas de medio siglo) empieza a resultar necesario planear nuestro destino póstumo tanto como la vida misma.

No mucho antes tuvo lugar en Roma un caso diferente de inseminación post–mortem. Otra mujer viuda recurrió al semen de su marido, que había perecido hacía tres años, pero en esta ocasión el difunto no había dejado escrita ninguna opinión al respecto. El profesor Cappy Rothman (nombre más de película que de médico real), urólogo de un hospital de Los Ángeles y fundador de un banco de esperma llamado Cryocenter, fue el encargado de supervisar la operación. El doctor Rothman reveló que la extracción se había realizado con algo de retraso (unas 30 horas después de la defunción) y que se había llevado una sorpresa al descubrir que el semen del difunto seguía activo, ayudado quizás por la acción retardante de la cámara frigorífica. Finalmente la viuda, que había intentado sin éxito una inseminación anterior, consiguió quedarse embarazada de su marido tres años después de que este muriera.

El caso generó una comprensible polémica. El monseñor Sgreccia, director del Instituto de Bioética de la Universidad Católica de Roma, declaró que se trataba de «un experimento macabro y aberrante», cuya inmoralidad se veía agravada por «la total falta de voluntariedad y conciencia del hombre». Este último argumento me parece importante: en efecto, no es lo mismo cumplir una voluntad póstuma que improvisar una decisión en nombre de un difunto. De todas formas, cabría preguntarse a quién le pertenece en última instancia el cuerpo de una persona fallecida, si a Dios, a los gusanos o a sus seres queridos. El monseñor consideró inaceptable aquella inseminación, en tanto que carecía de un «acto de amor responsable». Es cierto. Aunque, siguiendo ese mismo criterio, la mitad de las vidas humanas quedarían deslegitimadas. «Ha sido violado un principio fundamental», añadió el monseñor, «la procreación humana se sustenta en un acto personal de los cónyuges, un acto de amor libre y responsable». Si el principio fundamental fuera ese, entonces (además de prohibir este tipo de inseminaciones póstumas) habría que legalizar el aborto, pues un embarazo no deseado (y ya no digamos una violación) tampoco cumple ese requisito.

El tercer caso reciente tuvo lugar en Argentina. Santiago Brugo, andrólogo y especialista en medicina reproductiva, aceptó extraer el semen de un hombre recién muerto a petición de su viuda, para conservarlo en previsión de una inseminación futura. La desdichada pareja era española, acababa de casarse y se hallaba de luna de miel en Buenos Aires, cuando el marido falleció súbitamente. Su desconsolada esposa recurrió entonces al doctor Brugo. Pese a haber aceptado, el doctor reconoce albergar ciertas dudas sobre su decisión. Según él mismo, lo hizo «como acto de misericordia, de caridad hacia el prójimo». Encuentro fascinante que el argumento y el léxico del doctor Brugo parezcan los de un hombre religioso. El doctor confiesa haberse quedado impresionado al observar en su laboratorio a los espermatozoides supervivientes: «siete horas después del fallecimiento, se movían perfectamente bien». Al margen de la complejidad ética del asunto, no es difícil imaginar el conmovido asombro del doctor ante el microscopio, viendo cómo aquellos espermatozoides sin dueño continuaban corriendo hacia la nada y hacia alguna parte, agitándose en busca de un destino imposible, tratando de resistir, por unas frágiles y milagrosas horas, más allá de la misma muerte.