2007-03-10
Derechos y censuras (igualdad, sexismo y helados)
ANDRÉS NEUMAN



Uno de los razonamientos más peregrinos de nuestra sociedad seudo igualitaria es ese que dice: ¿y para qué va a haber un día del orgullo gay, si jamás ha existido el día del orgullo heterosexual? O, sin ir más lejos: ¿y por qué un día de la mujer trabajadora, cuando nadie ha pedido un día del hombre trabajador? Estos argumentos son doblemente falsos. No sólo porque en efecto los hombres, los heterosexuales, los blancos o cualquier grupo social hegemónico nunca hayan necesitado una reivindicación específica, precisamente porque no han sido discriminados en bloque por su naturaleza. Sino porque, además, esos grupos hegemónicos sí que tienen sus días de promoción, aunque no nos demos cuenta. El 14 de febrero, por ejemplo, suele ser un día donde el concepto ‘amor’ aparece pública y exclusivamente asociado a la pareja hombre–mujer, convirtiéndose de hecho en una fecha de confirmación implícita de la identidad hetero. El 1 de mayo aspira a ser el día de todos los trabajadores, pero a nadie se le escapa que la lucha original por los derechos del proletariado o la dignidad laboral no contaban con la igualdad de género entre sus objetivos principales, y se originaron en un contexto donde la función básica de la mujer era la doméstica.

No todos los grupos sociales parten de cero ni en igualdad de condiciones a la hora de buscar su espacio. Por tanto, exigir la abolición inmediata de cualquier forma de discriminación positiva equivaldría a disimular u ocultar el problema. A propósito, ‘discriminación positiva’ me parece una manera atroz de nombrar un concepto noble. Sospecho que esa es la primera batalla que perdió esta compleja causa: quizá debió llamarse ‘compensación positiva’, ‘política de reequilibrio’ o de otra manera que no confundiese la discriminación con la compensación histórica, la nueva exclusión con el desagravio. ‘Somos todos iguales’ (en derechos, se entiende) es un lema que invoca un objetivo, pero no una realidad que se materializa con sólo pronunciarla. Por eso, mientras la realidad no confirme del todo ese lema, ciertas distinciones seguirán siendo oportunas. Como es lógico, el objetivo de toda compensación positiva es y debe ser autodisolverse con la máxima rapidez. Una de las responsabilidades de las políticas compensatorias es ser conscientes de su carácter provisional y sujeto a continua revisión, según vayan verificándose los progresos. En este sentido, días como el de la mujer trabajadora sirven para hacer balance del estado de la cuestión, así como para crear una unanimidad informativa y mediática que difícilmente se conseguiría de manera espontánea.

Todo lo expuesto merecería formar parte del contexto desde el que se juzgan los anuncios sexistas. Los cuales continúan abundando, y cuyo penúltimo ejemplo ha sido la campaña de una firma italiana de diseño acostumbrada a recibir denuncias. La fotografía en cuestión (técnicamente muy buena) muestra a una chica boca arriba en el suelo y rodeada de cuatro chicos, uno de los cuales la inmoviliza por la muñecas mientras los otros tres, especialmente uno de ellos, la vigila en actitud chulesca y dominadora. Los creadores de la foto se preocuparon de que la chica mantuviera un gesto de relativa serenidad, y de que en su forcejeo flotase cierta ambigua suavidad. Lo suficiente para que los responsables pudieran defenderse argumentando que se trataba de un juego sexual. El mensaje inmediato de la imagen, sin embargo, ofrece pocas dudas: lo primero que uno ve no es un cuarteto lúbrico, sino un sofisticado abuso, una violación simbólica.

Tras retirar la imagen, la firma italiana acusó a España de haberse «quedado atrás», sugiriendo que en un país más evolucionado nadie se habría ofendido. Esto me deja perplejo, porque no es precisamente Italia un paraíso de igualdad entre sexos ni de superación de los roles tradicionales. Por lo demás, no es que en Suecia nadie se hubiera escandalizado: es que a ningún publicista sueco se le pasaría por la cabeza hacer un anuncio como ese, donde la sensualidad se confunde con la agresión sexual. En esto no puedo más que estar de acuerdo con las denuncias. Lo mismo diría de aquel anuncio de motocicletas donde se mostraba un trasero femenino y, en primer plano, unas manos midiéndole las caderas como si fueran un mueble. O de aquella propaganda de ron, cuyo lema «este oscuro objeto de deseo» aparecía sobre una mulata semidesnuda que, por si no nos había quedado claro, abrazaba con vehemencia el tronco de una palmera. Lo zafio no era tanto la obvia distracción del cuerpo de la señorita, cuando lo que se vendía no tenía ninguna relación con ella. Sino sobre todo el uso ofensivo de la palabra «objeto», rematado por el juego verbal de «oscuro», que bromeaba con la etnia de la modelo objetualizándola por partida doble.

También se han denunciado otros anuncios que a mi entender no incurrían en semejantes atropellos. Aunque sea difícil, convendría no vivir a la defensiva ni sobreactuar las reacciones. Una campaña de helados que protagonizó Paz Vega fue acusada de mostrar a la actriz haciendo «ostentación de su sexualidad con la finalidad de proponer un estímulo erótico, dirigido al público masculino». Dicho así, no parece que el asunto fuera tan grave. Y esa misma observación sería aplicable a la mayoría de anuncios dirigidos tanto a hombres como a mujeres. Quizás el límite no se sitúe en la ostentación erótica en sí, sino en las posibles connotaciones suplementarias que la volvieran incívica: la violencia, el escarnio, la humillación, el sometimiento. Por lo demás, confieso que esos helados están riquísimos.