2007-02-17
Evidencias cósmicas (Bush, Darwin e Irak)
ANDRÉS NEUMAN



A punto de cumplirse dos siglos del nacimiento de Darwin, un rebrote del creacionismo se extiende por Estados Unidos, y de allí (thanks, boys) continúa irradiándose hacia el resto del mundo. Basado en respetables presupuestos religiosos sobre el origen sobrenatural del planeta, y no conforme con mantenerse en el ámbito de la doctrina, este nuevo creacionismo (que más coloquialmente podríamos llamar cretinismo) aspira a la verdad científica. Manipulando datos provenientes de diversas fuentes y adaptando determinados descubrimientos científicos según sus intereses, su última meta es irrumpir en los libros de texto, en reemplazo de la fea y sacrílega teoría de la evolución darwiniana. Según predica el Instituto Discovery, liderado por un grupo de cristianos conservadores, los ciudadanos de este mundo padecemos la urgente necesidad de «una total integración de la ley bíblica en nuestras vidas». Empezando, claro está, por los tiernos y desprevenidos escolares. Que el cielo los perdone.

Con la misma vehemencia con que algunos defendieron la intervención norteamericana en Irak, los nuevos creacionistas defienden la intervención divina en la Tierra. La misma fe que guió a unos en contra de cualquier proceso pacífico en el Golfo Pérsico, ahora guía a otros para oponerse a cualquier proceso evolutivo en el origen del ser humano. Hace ahora un año, los profetas del Consejo de Educación de Kansas aprobaron una reforma en los criterios de enseñanza de las ciencias en las escuelas públicas. La evangélica teoría que postularon se denomina ‘diseño inteligente’. Para entendernos, el diseño inteligente (que cuenta con el fervor de George Bush y que ha despertado simpatías en el Vaticano) viene a ser algo así como el correlato pedagógico de la ‘paz preventiva’: igual que la amenaza terrorista aparece allí donde se la necesite, el mensaje divino se aparece en la ciencia que convenga. Ello no debe extrañarnos: si Bush ya había intentado apropiarse del lenguaje democrático con fines colonizadores, nada impedía que sus referentes intelectuales pretendieran apropiarse del lenguaje científico con fines evangelizadores. En realidad, esta estrategia no es nueva: ya la había utilizado el emperador Felipe II, que conquistó medio mundo por puro amor divino. La especie humana evoluciona muy, muy lentamente. En esto, al menos, habría que darle la razón a Darwin.

Tratemos de ponernos en su lugar. Al fin y al cabo, todo es cuestión de saber interpretar las evidencias. Por ejemplo: según la ONU, las armas de destrucción masiva iraquíes no existían. Y, según Darwin, el origen sobrenatural del mundo tampoco. Muy bien, pero, ¿dónde estaban las pruebas? Las pruebas llevan su tiempo. Lo explicó muy bien Aznar el otro día: «ahora sí lo sabemos», pero antes no podíamos estar seguros de su inexistencia. No bastaba con las hipótesis de los inspectores de la ONU. Hacía falta invadir Irak, emprender una campaña bélica con fines científicos y experimentar con carne civil para demostrar empíricamente que, en efecto, allí no había una sola arma de destrucción masiva. Y, ahora que lo sabemos, estamos más tranquilos. ¿Se ha disculpado Aznar con todos aquellos que defendieron la teoría opuesta a la suya? Todavía no, pero hay tiempo de sobra. Apenas han pasado tres años y pico. Las evidencias no siempre son claras. Que se lo digan a Galileo, que tuvo la chulería de anunciar una verdad que la Santa Sede tardó en corroborar (eso es rigor, no lo de Darwin) tres siglos y pico.

«¡Pero eso fue hace mucho, coño!» Algo así pensó Rajoy esta semana cuando unos pesados le recordaron el temita de Irak. ¿Qué habrá pensado Juan Pablo II cuando en 1992 le recordaron el temita de Galileo? La diferencia está en que el Vaticano y el Papa se retractaron urbi et orbi, y la Casa Blanca y Bush, no. Últimamente el PP (que entró en Irak por las Azores y salió de allí por las urnas) se pasa el día exigiendo disculpas ajenas, mientras desprecia a quienes aún aguardan las suyas. «Yo estoy en otras cosas, ¡este es un país civilizado, coño!», declaró textualmente Rajoy sobre la evidente guerra de Irak, en la que España participó sin la autorización de la ONU ni del Congreso de los Diputados. Vivimos en un país civilizado, sí. Y en una Tierra redonda. Y en un universo heliocéntrico, coño.