2007-02-03
La luz (el ahorro energético)
ANDRÉS NEUMAN



El apagón del jueves fue absolutamente luminoso: nos demostró lo fácil que sería modificar los hábitos de consumo si todos tuviéramos un poco más de voluntad. En los cinco minutos que duró esta pequeña huelga luminosa, el consumo eléctrico en España bajó 1.000 megawatios (de 40.840 a 39.800). Algún pesimista podrá decir que un modesto 2,5% no es una cifra como para lanzar las bombillas al vuelo, que dónde estaba el otro imperturbable 97,5% de energía, que así no conseguiremos nada, etcétera. Pero a esos pesimistas les recordaría, por ejemplo, que la mayoría de grandes potencias planetarias se encuentran aún muy lejos del ínfimo 0,7% de su PIB que hace ya décadas prometieron invertir en cooperación para el desarrollo, y con el cual se daría de comer a países enteros. Precisamente la plataforma del 0,7 (que lucha por cumplir la vieja resolución de la ONU y por los derechos más elementales de los países empobrecidos) reivindica una reducción del 3% de los gastos militares mundiales, pequeño porcentaje con el que se subsanaría buen parte de la gigantesca hambruna del planeta. Creo que en estos casos la estadística puede engañarnos, porque tiende a devaluar los pequeños grandes logros frente a una totalidad teórica que en realidad es inabarcable. Cuando hablamos de grandes riquezas acumuladas, las migajas son suntuosas. Y cuando hablamos de inmensos derroches o colosales contaminaciones, cada leve uno por ciento representa en verdad miles de hectáreas verdes arrasadas, de hectolitros de aguas contaminadas. Y, en definitiva, millones de partículas de dióxido de carbono.

Como en un arrebato de ciencia–ficción, los principales monumentos de España y Europa se apagaron durante cinco minutos, ilustrando metafóricamente que lo impensable es muchas veces una simple falta de voluntad. Imaginen ustedes por un instante volador que el Coliseo de Roma, la Torre Eiffel, la Alhambra, la Catedral de Sevilla, la Mezquita de Córdoba, la Sagrada Familia, oscurecen todos al mismo tiempo una noche cualquiera, en un chasquear de dedos. Eso es exactamente lo que sucedió el jueves, en señal de advertencia sobre el cambio climático. Simplemente porque el grupo ecologista Alianza por el Planeta tomó una iniciativa, y porque a las respectivas autoridades europeas les dio la gana hacerlo. Eso significa que, si muchos ciudadanos se lo pidieran y a las autoridades respectivas les diera la gana, también podrían hacerse otras muchas cosas impensables y ya no tan simbólicas para evitar mayores daños ecológicos. De acuerdo con la asociación Adena, la huelga luminosa era una llamada de atención para que los gobiernos «se pongan las pilas». O para que se quiten todas las que le sobran. O para que las reemplacen por baterías no contaminantes.

De entre todos los alcaldes que se sumaron a la iniciativa, ya fuera por auténtica buena voluntad o por quedar bien haciéndose publicidad gratuita, a Ruiz–Gallardón se le encendió la bombilla más bien tarde: como él mismo reconoció, no tenía pensado hacer nada en especial. Pero, en vista de las circunstancias, el hombre improvisó su decisión de apagar la Puerta de Alcalá durante una rueda de prensa en la que salió el tema. Se conoce que a Gallardón, que suponemos que es un hombre informado, la ecología lo desvela. Semejantes reflejos me conmueven. Y tan poco previsión me asusta.

Hoy más que nunca los países funcionan interconectados, y la energía es un bien común cuya producción y consumo se comparte al margen de las fronteras. El sistema eléctrico europeo, por ejemplo, es el más interconectado del mundo, de manera que un incidente en cualquier punto afecta a otros inmediatamente (como ocurrió en noviembre en Alemania, donde un fallo energético dejó a oscuras a diez millones de personas en nueve países distintos). Si ya sabemos que estamos interconectados para lo malo, sería hora de tomar conciencia de que también lo estamos para lo bueno: un minúsculo 2,5% de ahorro o de inversión en energías renovables, concebido a escala continental, sería un gran alivio para el planeta entero.

Desde el siglo XVIII, la actividad humana ha provocado un calentamiento global cinco veces mayor que el causado por los cambios naturales de la irradiación solar. El siglo XVIII fue precisamente el Siglo de las Luces, época que, en términos filosóficos, suele identificarse con la luz de la razón. Lo curioso es que en ese siglo las casas se iluminaban con velas, y la penumbra era el entorno habitual de las inteligencias más desveladas. Me resisto a pensar que, cuanto más megawatios tienen cerca, más oscuras se vuelven las cabezas pensantes. Aunque a veces lo parece. Ojalá nuestra voluntad y las inteligencias políticas sean igual de veloces que la corriente que solemos dilapidar. Y si no, como decía por las noches el pobre señor Edison, apaga y vámonos.