2007-01-13
Reflexiones alrededor de la soga (Sadam ahorcado)
ANDRÉS NEUMAN



La soga alrededor del cuello de Sadam nos ha mostrado lo fácil que resulta reemplazar los juicios por las venganzas, la justicia colectiva por la culpa individual. Han colgado por fin al dictador, y medio Irak lo celebra mientras la otra mitad se declara agraviada, y mientras tanto Bush (acostumbrado a identificar la libertad con el derecho a matar) saluda la nueva democracia iraquí. Me pregunto qué tribunal juzgará ahora ambas cosas: el agravamiento de la división entre los iraquíes, y la destrucción sembrada por el ejército estadounidense. Por no hablar, claro está, de aquellos otros crímenes de los que un muerto nunca podrá responder. Pero ya se sabe: un buen culpable siempre importa más que mil víctimas.

La soga alrededor del cuello de Sadam nos ha mostrado cómo un minuto basta para hipotecar los años siguientes. Ahora unos tienen el mártir que justificará cualquier atentado futuro, y otros tienen el chivo expiatorio que disimulará las injusticias pendientes. Si la sentencia ha sido tan repudiable como contraproducente, incluso más atroz resultó el juicio. Jamás un procesamiento irregular cerrará ninguna herida, porque cuando la ley no respeta las formas devalúa su auténtica autoridad, e invita a que más tarde otros la utilicen en sentido contrario. Es muy fácil impartir demagogia entre agraviados, venderles a las víctimas los intereses propios al precio de su dolor. Pero en los asuntos de sangre resulta fundamental tener clara una cosa: el verdadero objetivo consiste en ser capaces de definir a favor de qué principios luchamos, y no en contra de quiénes estamos. En el caso iraquí, lo importante era estar a favor de los derechos humanos, las libertades individuales, la justicia imparcial, y no en contra de Sadam mismo. Por eso cuantas represalias recayeran sobre él debían haber cumplido escrupulosamente los principios anteriores. Esos que Sadam no respetó, porque era un despreciable dictador (y por haberlo sido fue juzgado).

La soga alrededor del cuello de Sadam nos ha mostrado cómo, con el pretexto de alimentar el estómago insaciable del derecho a la información, cada día se asfixia un poco más la garganta de la ética periodística, el pulmón de la deontología. Los canales que divulgaron las imágenes de la ejecución consideraron de interés político un vídeo que mostraba las vejaciones a un condenado a muerte, que convertía en espectáculo mundial una tortura a un ser humano. Alguien replicará que no fueron las televisiones quienes humillaron al reo. Cierto. Pero tampoco fueron los verdugos quienes decidieron difundir sus torturas. A cada cual su exacta responsabilidad. Así como no existen los puntos de vista absolutamente objetivos, tampoco existen las informaciones puras: toda imagen o contenido divulgado tiene un cómo, un cuándo, un por qué, un para qué y un para quiénes. Dejar de plantearse esas preguntas equivale a lavarse las manos, los ojos, la boca y la conciencia.

La soga alrededor el cuello de Sadam nos ha recordado el tramposo refrán de matar al mensajero, con el que los medios de comunicación se excusan sistemáticamente cada vez que publican cualquier contenido discutible o dudoso. Cuando le contamos algo terrible a alguien, ¿estamos transmitiendo sin más, de manera inocente, una determinada información? ¿Acaso para contarlo no hemos decidido antes que esa información debía ser transmitida, y que nuestro receptor (nos preguntase o no) debía conocerla? Todo mensajero tiene parte de responsabilidad en los mensajes que transporta, en especial si conoce su contenido (y la prensa jamás informa a ciegas). Naturalmente, idéntica responsabilidad tiene quien abre esos sobres sabiendo qué contienen. Por ejemplo: si algún día recibiéramos en nuestro buzón un vídeo anónimo con abusos sexuales a un menor, ¿sería igual de legítimo que, en nuestra condición de receptores, nos sentáramos a verlo tranquilamente, se lo copiáramos a un amigo o lo denunciásemos a la policía? ¿Estarían en juego solamente el supuesto derecho a la libertad de expresión de quien filmó ese vídeo, el supuesto derecho a la libertad de información de quien nos lo envió, el supuesto derecho a la privacidad de quienes lo contemplen? ¿O estaría algo más (y alguien más) en juego?

La soga alrededor del cuello de Sadam nos ha mostrado, en fin, cuánta ceguera puede haber en millones de ojos abiertos. Lo que ya hemos entendido sobre la pornografía infantil, merecería ser aplicado a otros ámbitos de la ideología adulta: asusta pensar lo delgada que es la frontera (o la línea, o la cuerda) entre un testigo y un cómplice. La mirada pasiva es una traicionera forma de voluntad. Tan pernicioso resulta cerrar los ojos ante una tragedia como asistir a ella sin siquiera parpadear. No se trata de reivindicar la censura informativa, sino de combatir la anestesia de emisores y receptores. La indiferencia también es un modo de actuar. Lo vemos todo y ya no vemos nada.