2006-12-30
Los Simpson, familia normal
Los Simpson, familia normal
Andrés Neuman

Encuentro divertido que, coincidiendo con unas fechas tan edulcoradas y obligatoriamente familiares como estas, se haya anunciado en todo el mundo una película sobre la familia más incorrecta, catastrófica y querida de la historia de los dibujos animados: los Simpson. Su estreno en Estados Unidos tendrá lugar dentro de seis meses, y en el primero de los tráileres que servirán para ir creando expectativa podemos ver a Homer en plenitud de facultades (o, lo que es lo mismo, carente de cualquier facultad): «He olvidado lo que tenía que decir», se excusa torpemente ante las cámaras, pillado en calzoncillos. Todo esto y mucho más… en riguroso y elemental «2–D». Cómo me gustan las promociones millonarias que se ríen del glamur: dejan en el mayor de los ridículos a todos los Tom Cruise de pacotilla, a sus sinfónicos aterrizajes en aviones privados, sus estelares paseos por las avenidas y sus extravagancias en las suites.

Anteayer mismo, el idiota, cruel y paradójicamente noble Bart cumplió años. Según cuentan los evangelios simpsonianos, el primogénito Bart (anagrama de ‘brat’, que en inglés significa «malcriado») vino al mundo un 28 de diciembre, como no podía ser de otra forma. De hecho toda la familia Simpson (apellido que, por cierto, viene a querer decir «hijo de un simple») es un monumento a las disfunciones familiares contemporáneas. El cabeza de familia, Homer, no resulta precisamente un padre ni un esposo modelo: es todo negligencia, imprevisión e impotencia afectiva. Trabaja en una sospechosa central nuclear, y su cargo es el de inspector de seguridad: un puesto completamente contrario a sus cualidades, lo que no deja de ser una inquietante metáfora que denuncia en manos de qué clase de personajes está la seguridad colectiva en nuestro mundo. Ella, Marge, acumula los tópicos y frustraciones del ama de casa: pese a poseer más sensibilidad y sentido común que su marido, Marge es una mujer de edad mediana cuyos empleos nunca pasan de ocasionales, y cuyas únicas responsabilidades permanentes son las domésticas. Pudo aspirar a otra vida, pero tiene la que tiene. El célebre Bart, lejos de parecer el futuro sostén de la familia, es el hijo que nadie desearía haber tenido. Su hermana Lisa representa la infaltable rara, la disidente interna, el miembro alternativo. Y Maggie es un feo bebé escasamente atendido que maneja armas desde la cuna. Entonces, ¿por qué los queremos tanto? Quizá porque no pretenden, ni pueden, ser perfectos. O quizá porque, de alguna forma, reflejan grotescamente nuestras propias lagunas, permitiéndonos reírnos de ellas y desdramatizarlas. En este sentido, los Simpson son una especie de familia catártica.

No estoy seguro de por qué tienen tanto éxito los Simpson, pero me parece un fenómeno esperanzador. La legendaria serie de Matt Groening desempeña una importante función de autocrítica del imperio, del ‘american way of life’, lo que convierte a los Simpson en parientes de Michael Moore (que además, admitámoslo, se les parece un poco). O sea, de esa América valiente, progresista y consciente de sus falacias, de la que tendemos a olvidarnos. Aún recuerdo, en uno de los episodios, la frase que pronunciaba alguien (creo que unos policías) cuando los niños se encaraman a la valla del colegio para observar una representación teatral en la calle: «¡Detenedlos!», se oía, «¡intentan aprender gratis!» Pronunciado en un país que se precia de ser el más democrático del mundo, y que sin embargo tiene salvajemente privatizadas (y encarecidas) la educación y la sanidad, aquel grito era un dardo en la frente del sistema.

La pregunta sería de nuevo: ¿y por qué gustan tanto? ¿Por qué esta serie ha batido todos los récords de audiencia, lleva 17 años seguidos en antena y fueron los únicos dibujos emitidos en ‘prime time’ desde los Picapiedra, su reverso ideológico? El éxito de los Simpson merecería un detenido estudio sobre la relación entre calidad y audiencia televisiva, entre contenido y entretenimiento. Para justificar la telebasura suele argumentarse que el público demanda lo fácil, lo ligero, la evasión de las duras realidades. Pero hete aquí que los Simpson se han hecho popularísimos ofreciendo todo lo contrario: inteligencia, sentido crítico y politización. Será que hay un gran público más deseoso de calidad de lo que algunos creen. O será que, por desgracia, no tenían demasiada competencia.