2006-12-23
Loterías
Loterías
Andrés Neuman

Vivimos esperando que nos llegue la suerte, que nos toquen los hados, que baje la varita. Y, mientras aguardamos cualquier clase de casualidad o milagro, el auténtico premio nos pasa delante de los ojos. Un premio millonario, incalculable, repetido a manos llenas cada vez que se vuelca el bombo gordo del sol: la vida, sus destellos de fortuna, sus gratuitas monedas. Si nos diéramos cuenta de lo fácil, lo frecuente, lo probable que es dejar de estar aquí pisando el mundo, correríamos a abrir todas las ventanas y nos declararíamos vencedores del mayor de los sorteos. Por cada cruz que dibujamos en los indiferentes casilleros de una lotería, cada mañana crecen cien repentinas cruces en tierra vecina. En casilleros que no son los nuestros, porque tenemos suerte. Porque alguien parecido a nosotros ha perdido.

Llevamos un saco repleto de dádivas casuales, de regalos ajenos. Y con ese valioso cargamento a las espaldas caminamos en dirección opuesta, sin contemplar el equipaje que transportamos. Leo estos días un conmovedor librito de Christian Bobin, ‘Autorretrato con radiador’, donde se reflexiona mucho acerca de los dones invisibles: «todo lo que tengo me lo han dado», escribe, «no caigo en la insensatez de creer que me lo debían (…) Desde siempre todo me ha sido dado, a cada instante (…) Entonces, ¿por qué a veces una sombra, una pesadumbre, una melancolía? Y es porque a veces me falta el don de recibir». Quizás en eso consista la suerte: en reparar en todo lo recibido.

Por supuesto, durante el reparto también se sufre. Y se pierden apuestas. Pero me atrevo a asegurar que la mayoría de quienes se quejan de su suerte han recibido de la vida más de lo que le han dado. Esta misma semana, por ejemplo, una encuesta ha revelado que el 60% de los universitarios de Granada considera que en su entorno hay demasiados inmigrantes. Es curioso, porque uno (que al fin y al cabo no es más que un inmigrante con suerte) tiene la sensación de que en su entorno hay demasiados universitarios sin vocación, sin causa. Mientras los estudiantes preparan los exámenes comiendo polvorones en sus casas, miles de analfabetos hambrientos atravesarán la improbable lotería del Estrecho. Dudo que esos desventurados se lamenten mucho más que nosotros: no tienen tiempo para darse el lujo de quejarse.

En estos días de frío, dudas con adornos y dolor disimulado en los escaparates, me acompaña también el poeta Antonio Gamoneda, que acaba de ser galardonado con el Cervantes, aunque sabe que el verdadero premio a su trayectoria ya lo había ganado: ha conseguido llegar a viejo y continúa lúcido, escribiendo. Encuentro en Gamoneda unos versículos cargados de verdad: «Huelo los testimonios de cuanto es sucio sobre la tierra y no me reconcilio pero amo lo que ha quedado de nosotros (…) No he de responder sino reunirme con cuanto está ofrecido». Aquello que se ofrece y que rara vez tomamos, o tomamos pensando en otra cosa.

Las navidades son un tiempo de promesas de otras cosas. Quizá por eso simpatizo tan poco con las navidades. Parecen llenas de vida, pero en realidad tienden a suspenderla durante varios días. A esperar, a invertir, a invocar el futuro. Pero el mañana, como bien sabía Quevedo, nunca llega. Todo sucede hoy, incluidos los premios, la esperanza y el destino. En estas fechas de loterías, la mayor dicha sería levantar la vista del incierto décimo y mirar a nuestro alrededor: todo lo que tenemos, a todos los que amamos. Le deseo, cómplice lector, que acepte todos los premios posibles: diviértase, viaje, lea, haga el amor, juegue al presente. Son apuestas imposibles de perder.