2006-12-16
Roles y ganancias (violencia de género, y III)
ANDRÉS NEUMAN



La Ley de Igualdad aprobada en el Congreso, y muy en particular la novedad del permiso de paternidad por quince días (duración que se duplicará de aquí a ocho años), me parece una excelente noticia por varias razones. La primera de ellas es obvia, y quizá no sea la más importante: las familias podrán beneficiarse de un pequeño respiro laboral tras el feliz, pero siempre agotador, nacimiento. Incluso más interesante es el efecto desmitificador que irá teniendo esta medida en la estructura de las familias. En general, la maternidad se ha considerado desde siempre más ‘profunda’ que la paternidad. Este prejuicio, que identifica el rol biológico con el rol social (criterio mediante el cual los hombres deberíamos limitarnos a ser inseminadores–cazadores, las mujeres paridoras–amamantadoras, y los viejos y enfermos deberían ser sacrificados por pura selección natural), ha sido sostenido por muchos hombres y también por muchas mujeres.

No son sólo ellos quienes, en muchos casos, se niegan a revisar los fundamentos tradicionales de su educación de género. Cuando una mujer afirma o insinúa que sus hijos son más suyos que del padre, está contribuyendo a perpetuar una ideología que la privilegia como madre para marginarla como ciudadana, que la arrincona en su papel doméstico y lo legitima con argumentos antropológicos que han sido superados o matizados en otros ámbitos. ¿Cómo defender otro reparto de roles, cómo reclamarnos a los hombres una mayor implicación doméstica o familiar, si se nos sigue dando a entender que en el fondo esas cosas son territorio ajeno? La igualdad ha de llegar en ambas direcciones, igual que la autocrítica. La opinión pública y la justicia misma también han incidido en esta dirección, tendiendo a concederle las custodias a las madres antes que a los padres, más allá de su disposición, aptitudes o situación personal. Por eso, desde un punto de vista ejemplarizante, se me antoja tan decisiva la nueva baja por paternidad. Ahora sólo queda esperar que el Gobierno impulse además un complemento muy necesario: la mejora urgente de los servicios públicos preescolares.

Podría pensarse que el nombre mismo de la ley suena algo paternalista, tanto como podría parecerlo el hecho de imponer una igualdad entre géneros que debería darse por sentada y ser el medio natural de selección. O tanto como la cláusula de paridad en las listas electorales, o la obligación de negociar el reparto de cargos en las empresas. Sin embargo, admitiendo todo lo que en efecto tiene de ambigua y compleja la discriminación positiva (conozco a bastantes mujeres que contemplan las cuotas femeninas como una paradójica manera de minar su autoestima: ¿cómo saber si me han elegido por mis capacidades o por mi sexo?), pienso que aun así se trata de un mal menor. Supongo que la discriminación positiva no es más que una intervención urgente para corregir una postergación histórica, una ausencia forzada, y provocar una visibilidad masiva que las mujeres profesionales no habían tenido. Y quiero suponer que, una vez conseguida dicha visibilidad y logrado el correspondiente efecto pedagógico en nuestra sociedad, el siguiente paso de la discriminación positiva será autoabolirse para dejar paso a la libre competencia. Concebida así, como necesario artificio de transición, será mayor el bien que siembre que las contradicciones que provoque. Resultaría ingenuo clamar contra la discriminación positiva o reivindicar una igualdad a priori entre hombres y mujeres, cuando la aplastante realidad demuestra que las oportunidades que se les conceden nunca han sido, y siguen sin ser aún, las mismas.

Por lo demás, la baja por paternidad no sólo les vendrá muy bien a los hombres, que ya no necesitarán suplicar un permiso cuando nazca su hijo ni exponerse a vergonzosas represalias. Sino que además les vendrá de perlas a las mujeres, que con frecuencia han sido vistas como trabajadoras menos competitivas o ‘sospechosas’ de poder quedarse embarazadas. Si poco a poco se igualan los derechos de baja por nacimiento, las empresas no tendrán más remedio que acostumbrarse y no acogerse a parámetros sexistas para mejorar sus beneficios. No es ético (ni debería ser legal) planificar un negocio o un presupuesto contando con las condiciones indignas de sus trabajadores. Eso no se llama libre mercado, sino abuso o atropello. Leo que en Japón, ese país económicamente tan avanzado y tan desarrollado tecnológicamente, sólo uno de cada 200 hombres gozaron de licencia por paternidad durante el año 2004. ¿Es eso progreso? ¿Acaso los otros 199 se abstuvieron de pedir un permiso por simple y llana libertad? ¿O lo hicieron para evitar despidos como el que sufrió hace poco en Lleida Miquel Mitjans, cuando tras seis años de servicio (y un ascenso) su empresa lo despidió «por bajo rendimiento», justo después de haber solicitado una baja por paternidad? La empresa de hierros donde trabajaba Miquel se dedica, entre otras cosas, a la cerrajería. Lógico: la cerrazón mental siempre ha necesitado, además de una moral débil, un material duro.