2006-12-02
Roles y ganancias (violencia de género, II)
ANDRÉS NEUMAN



Estimado señor José Díaz Herrera: sé que es usted periodista, que fue jefe del equipo de investigación de ‘Diario 16’ y que incluso, lo felicito, recibió el premio Ortega y Gasset. Caramba, no está mal. Por eso me dirijo a usted, señor Díaz Herrera, porque es una pena que un hombre de su trayectoria se encuentre tan asustado. El miedo, ya se sabe, agarrota la inteligencia. Y lamentaría mucho que, a causa de ese miedo, vaya usted a malgastar su valía en asuntos poco rectos.

Me he enterado de que acaba usted de publicar un frondoso volumen que se titula ‘El varón castrado’. Consideraciones estéticas al margen, convendrá conmigo en que el título tiene huevos. A lo largo (o ancho) de sus casi ochocientas páginas, sostiene usted que la ley integral contra la violencia de género está propiciando un fenómeno que usted denomina, muy creativamente, «nueva Inquisición». Según sus teorías, dicha ley funciona «como un revólver» y «aniquila a los hombres sin atender a razones». Asimismo defiende, y le alabo el afán solidario, que los hombres denunciados pierden su derecho a la presunción de inocencia, sufriendo condenas sin ser escuchados y causando la impresión de que «un alto porcentaje de los varones son maltratadores genéticos y que hay que darles caza, sin tregua ni cuartel». Como varón humanista que es, abarca usted tantísimos campos del conocimiento que no sabe uno con cuál quedarse: urología, teología, derecho penal, cinegética, teoría militar, cetrería y estadística. Dudo que yo esté a la altura de semejante compendio, pero haré lo que pueda y le pido disculpas por mis femeniles limitaciones.

Observo que, para criticar lo que entiende como una represión injusta, utiliza usted un preocupante número de metáforas violentas: caza, revólver, inquisición, tregua, cuarteles. Si el objetivo era reivindicar la paz de género, y que dejase de haber agresores o agredidos, yo hubiera recurrido a un léxico más pacífico. Pero no me haga caso, que no todos los poetas somos tan machos, y algunas ni siquiera son varones. Me llama la atención que se alarme tanto por la supuesta persecución a la que nos someten. Habla usted como si se sintiera sospechoso. Ninguno de los hombres que conozco sale a la calle temiendo ser arrestado por un falso maltrato. Aunque puede que andemos bajos de testosterona, y que no hayamos olido el peligro. Por lo demás, me inclino ingenuamente por pensar que es difícil condenar a una persona, y ya no digamos encarcelarla, sin antes probar que ha agredido a otra. Más bien cada semana ocurre lo contrario: que un individuo libre, que debió ser condenado o ir a la cárcel antes, acaba reincidiendo en sus ataques hasta el asesinato. Sostiene usted que haría falta distinguir entre asesinos o violadores, y «maltratadores ocasionales». Yo le sugiero, en cambio, que hagamos lo posible por que nadie pueda maltratar más de una vez a nadie.

La ley contra la violencia de género, afirma usted, no ha hecho sino aumentar el índice de maltratos; estadística que, según su autorizado razonamiento, demostraría su inutilidad o, peor aún, su naturaleza contraproducente. No es que uno ande sobrado de lógica, pero le propongo una lectura distinta: ¿y si antes esos índices eran más bajos porque la violencia de género estaba monstruosamente normalizada? ¿Y si la nueva ley estuviera dándole un cauce específico a una siniestra realidad que antes permanecía oculta puertas adentro? Esta sospecha mía la corrobora un comentario suyo: hoy existe una «tendencia a judicializar los conflictos familiares». Si no deduzco mal, eso quiere decir que usted admite que la violencia conyugal era y es un hecho cotidiano, sólo que antes se consideraba un asunto estrictamente privado, mientras ahora se ha convertido en un problema público. Como por ejemplo el maltrato contra los niños o la drogodependencia, que suelen suceder en casa, lo cual no impide que se elaboren leyes para remediarlos. Las familias (perdone la obviedad) están compuestas de seres humanos, y esos seres tienen unos derechos fundamentales, como su integridad física y moral. Y si alguien vulnera esos derechos, aun dentro de la familia, está atentando contra valores públicos universales. Cabe la posibilidad, claro, de que el movimiento de emancipación de la mujer excite la violencia de determinados varones. Pero eso no me parece una razón para consentir la violencia conyugal como antaño, sino para redoblar las precauciones. Según su criterio lógico, lo mejor hubiera sido dejar a los esclavos como estaban para no cabrear a los amos, o perseguir menos a los terroristas para no herir su orgullo.

Señor Díaz Herrera, yo no temería tanto por las falsas denuncias y las encarcelaciones injustas. En el último año, los juzgados de violencia sobre la mujer han atendido unos 150.000 casos, casi la mitad por lesiones físicas. Cerca de 40.000 mujeres han solicitado protección, y sólo la cuarta parte de esas peticiones se resolvió con la prohibición de volver al hogar (o sea que tres cuartas partes de los denunciados han seguido viendo a sus hijos) y apenas un 11% de los denunciados terminó en la cárcel. Así que calma. La castración también es un concepto patriarcal, tanto como reducir la identidad de los individuos masculinos a sus genitales. Esto no es, señor Díaz, un problema de cojones. Por eso los suyos, descuide, están a salvo. Tanto como usted en su casita. Se lo digo sinceramente. O, si lo prefiere (que seguro que sí), de hombre a hombre.